Debajo de la Cuarta Sección

Un nuevo tramo de túneles es descubierto en el subsuelo de la ciudad.

Nota: esta es la continuación de dos relatos de la vieja etapa del Mendo. En los pozos sépticos del inquilinato, El hormiguero. Y con La Puerta, de la nueva etapa.

Allá por mis treinta trabajaba de técnico de computadoras.Tenía un servicio en una calle arbolada, cerca de una de las tantas plazas de la Cuarta Sección.

Era un verano húmedo, cerca del mediodía. El bolso con los elementos de trabajo transpiraba mi remera.

Llegué a una entrada enrejada. Hacia adentro se veía un pasillo irregular. Las distintas puertas se disponían en ángulos aleatorios. De manera que el ancho iba de menos de un metro al casi metro y medio. El piso era de baldosas marrones claro. Las paredes del mismo color, pintadas al agua.

Toqué el timbre y desde el fondo del pasillo mi anfitrión vino a saludarme.

-Que raro como están los frentes de los departamentos-dije.

-Si, estuve averiguando. Este lote, hace unos años era un baldío, después playa de estacionamiento de las casas linderas. Luego de a uno fueron construyéndolos. Cada uno según le parecía. Comenzando desde el mío, al fondo. Al final, una inmobiliaria aprovechó el hueco legal, porque no le pertenecía a nadie. Bueno, ahora es del dueño de la casa que está del otro lado de esa enredadera.-dijo señalando una pared cubierta de hojas al final del pasillo.

Llegamos a una puerta que daba a una leonera pintada de negro. Las baldosas eran ocre. Dos ventanales de madera pintados de blanca ladeaban una puerta de madera lustrada.

-Esa enredadera me tiene mal con los mosquitos-dijo mi cliente al ver que no le quitaba un ojo. No la puedo podar ni arrancar.

La habitación donde estaba el equipo era demasiado singular. Las paredes cubiertas de papel tapiz blanco mate, y llena de escritos de distinta antigüedad. Tinta, lapiz. Dibujos. Frases. 

-¿Que loco, no? Yo lo continué, pero parece que viene de los primeros dueños. Le da un toque y es inspirador.

-Está recubierta de una chapa de madera-dije tocando el papel.

-Si, porque detrás de la pared y el de la propiedad de al lado hay un hueco de unos diez centímetros de ancho. La basura y el agua de lluvia hacen estragos. Le pusieron membrana a la pared y un plafón de madera.

Mientras decía eso, prendió la Mac. Luego me senté a testear los problemas que me fue describiendo.

-Te dejo, voy a preparar un café ¿querés?

La casa se sumió en un silencio donde solo se sentía el suave clic del mouse y el ruido en la cocina. 

Pasaron unos minutos y sentí el sonido de una madera golpearse a mis espaldas. Detrás de la pared.

Seguí con mi trabajo, y volví a sentirlo. Pasos que se alejaban. 

Me paré y di la espalda a la mesa. Desde arriba hacia abajo las imágenes y los garabatos. En el piso, sobre las baldosas unas muescas rayadas con alguna herramienta.

Y mi memoria se fue a hechos de mi pasado. En el fondo de la casa donde me críe, y en el baldío cerca del Hospital Central. El inquilinato, que se entraba a través de una pared de una fosa, de un taller mecánico abandonado. Y el hormiguero que encontré bajo la construcción abandonada en la esquina de Garibaldi y Salta.

No podía ser coincidencia.

Puse mis pies sobre las líneas respetando la orientación. Busqué algúna pista en la pared y noté una hendidura vertical que bajaba desde el techo. Empujé con mis manos y después de hundirse unos milímetros, se abrió hacia mi.

La puerta daba a un pasillo sin iluminación. El piso y las paredes de cemento revocado grueso. Antes de entrar miré hacia afuera. No llevaba ni media hora, había llegado cerca de las once de la mañana, pero estaba oscuro. La computadora estaba tal cual la había dejado. Y todo en silencio. Ni siquiera el murmullo de la ciudad.

Puse el bolso para impedir que se cerrara del todo, ya que no encontré ningún picaporte.

Entré y el pasillo se adentraba en la manzana. Di dos pasos y sentí que arrastraban mis cosas y la puerta se cerró sumiéndome en la oscuridad total.

Mi corazón latía en mis oídos. Los sentidos se agudizaron. Olor a humedad, como en las obras en construcción. Abrí los brazos y pude sentir ambas paredes. Empecé a caminar.

Apenas levantaba lospies, y los movía lentamente. Habré recorrido unos metros y de mi lado derecho el pasillo se habría. Al fondo una apenas visible luz de tono amarillento. Y el aire que venía tenía un leve olor ácido. Mi mente me recordó el hormiguero gigante.

Pero la leve brisa iba en la dirección opuesta a donde venía. Opté por seguirla.

Iba descendiendo de a un escalón cada cuatro o cinco pasos. 

Me topé con algo. O alguien. Desprendía calor corporal. Era voluminoso. Más alto que yo. Pero no se escuchaba nada. Ni siquiera la respiración. Mis manos tocaron ropa. Algodón, o lana. Tampoco se sentía algún olor diferente al del ambiente.

Forcé mis ojos para distinguir detalles. Nada. Otra ves la pared solo del lado izquierdo. Caminé de costado hacia la derecha, tratando de no darle la espalda a eso. Y el piso descendía en una pendiente suave. Me estaba alejando de la brisa. Por mis pies supe que el piso seguía siendo de cemento. Un soplo de aire me trajo cierta fetidez. Cómo el del inquilinato. Lo recordé vívido, pese a lo años transcurridos.

Sentí un movimiento en el aire. Un rumor apenas audible de pies que se alejaban. Volví sobre mis pasos. La presencia ya no estaba. Tanteé un poco alrededor y solo el muro del pasillo.

Seguí adelante. 

Empecé a subir. 

Habré estado una media hora caminando. Sin ver ni escuchar nada y con suma cautela. Llegué al final. A una pared de ladrillos, sin reboque..

… Aparecí en una construcción de adobe que daba a un sótano de un lado y escaleras del otro. Arriba de las mismas estaban mis cosas. El bolso de herramientas y la campera que me había sacado. Luego de tomarlas subí y me encontré en la plaza Pedro del Castillo, en la entrada a la fuente del tiempo de la colonia que había en el Centro.

El asombro me duró unos minutos. El Sol pasaba el Cenit. Y el cielo estaba despejado. El tráfico era el de las siestas, no había personas en la plaza, solo las palomas. El clima era ideal, pero sentí que algo me oprimía el pecho. Un pánico que recorría hechos de mi vida. No supe que hacer. Y me quedé esperando, sentado en uno de los bancos hasta el anochecer.

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