La puerta

Un error en la construcción de dos edificios permite que una grieta se convierta en un portal.

Me desperté a mitad de la noche, a la hora que asaltan los pendientes, pensando en aquella puerta. Su memoria recordaba una grieta, un espacio entre edificios de no más de veinte centímetros. De niño, adolescente y recientemente en ocasiones se detenía y miraba al otro lado. El cielo, un árbol o las ventanas del edificio que limitaba la playa de estacionamiento a la que se abría aquel espacio. Disfrutaba de las fallas entre las simetrías modernas y las antiguas en la planificación urbana.

Pero aquel día, al pasar y girar la mirada, se encontró con una puerta de metal. Sin cerradura ni picaporte. Sólo las bisagras hacia afuera, de manera que no chocaran con el marco contra el que toparía al cerrarse. Hermético.

Hacia arriba, hasta la altura del Hostel, había una pared con revoque fino. Dos pisos.

Mientras en su cabeza iba hacia la última vez que miró a través, le parecía imposible que alguien hubiese levantado semejante obra en, digamos, dos meses. 

Hizo a un lado todas las tareas de esa mañana y se sentó en una confitería de la esquina, de manera que aquella rareza estuviera en su línea de visión. Llevó una libreta, sacó la lapicera y el celular.

La vereda, la acequia y la calle estaban limpias y la pátina que da el trajín diario de la ciudad no se interrumpía a su alrededor. Parecía como si siempre hubiese estado allí.

Pero lo que más lo inquietaba era que cómo podría haberse generado un espacio de casi un metro, en vez de veinte centímetros… ¿Corrieron los edificios, achicaron las veredas?¿Movieron las calles?

Después de dos horas y otro desayuno la puerta se abrió. La persona que salió era del mismo aspecto que cualquier transeúnte, en esta ciudad conservadora. Antes que se volviese a cerrar, alcancé a ver que la pared interior era blanca, lisa y mate.

Luego de cruzar la calle desapareció de mi rango visual, pero a los minutos pasó del otro del vidrio que me separaba de la vereda. La seguí con la mirada. Entró al café y se sentó en el extremo opuesto. Puse mi vista en el celular. Y algo se me hizo extraño.

Levanté la mirada y la puerta, la pared y el espacio de casi un metro de ancho había desaparecido. Quedando la vieja, familiar y conocida grieta de un palmo. Y sin la necesidad de disimular, miré en dirección a donde tendría que haber alguien sentado dentro del café. Nadie. 

Desde hace varios años que no menos de dos veces por semana paso, en cualquier hora del día por aquella cuadra. De mañana, tarde, inclusive madrugada. Después de un edificio de tres pisos, y antes de un hostel,una rendija de un palmo manifiesta un universo conocido detrás. Un árbol, una playa de estacionamiento y las ventanas del edificio del fondo.

Pasaron los años, los celulares se transformaron en smartphones, y por mi trabajo me movía por la ciudad en bicicleta. Por la mismas razones había parado en la vidriada pared del edificio lindero con aquello. Miré hacia la esquina. Había un café, pero del lado opuesto. 

En la esquina también había una mujer que me resultaba conocida y mi corazón dió un brinco cuando al mirarme la reconcí. Tenía el mismo aspecto y ropa de aquella vez. La misma edad, que quizas coincidía con la mía. Y la misma ropa, sin daño aparente de los años.

Caminaba hacia mí. Miré hacia mi costado y estaba la puerta. Se acercó. Me sonrió, y luego de abrir ingresó al pasillo blanco. Y un segundo después se cerró.

No sé cuanto tiempo estuve allí sin reaccionar. Quizás tendría que haber sacado una foto. No quería desviar la mirada. No podía parpadear. Con mi mano busqué el celular, desbloqueé la pantalla, y ese segundo que mi atención se fijó en el patrón de desbloqueó bastó para que todo volviera a la normalidad.

La grieta mostraba el otro lado, sólo que ahora había una obra en construcción y el árbol había desaparecido.

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