He escuchado que el amor hacia los animales se enseña desde chicos y que el respeto hacia ellos se aprende en casa, y en el extremo opuesto, el odio también.
Entonces el hecho de que una persona ame u odie a los animales depende de su crianza.
¿Pero será así? Bueno, en mi caso no, y con una pequeña parte de mi historia les voy a contar por qué.
Crecí en una casa violenta donde no existía amor ni respeto por absolutamente nadie, y los animales eran solo la decoración de la casa. Como toda decoración, estos eran reemplazables.
Mi mamá era la única que nos daba amor a mis hermanos y a mí, pero al día de hoy siento que no quería que nos encariñáramos con los animales para no sufrir más ya que ni siquiera eran considerados mascotas.
Mi papá tenía un grupo de amigos que le enseñaron sobre pájaros y así empezó a juntarlos en el patio, en jaulas donde apenas entraban y obligados a cantar para ser útiles.
Además, decía que los gatos eran sus enemigos porque podían comerse a sus pájaros, cosa que jamás nos había pasado.
La solución, según el, vino en forma un rifle de balines con el cual les disparaba cuando los veía en el techo.
Siempre tuvimos perros de raza y, uno tras otro, ninguno duraba más de dos años en casa. Cuando, para castigarme, mi padre me hacía pasar todo el día en el patio, los pájaros y el perro eran los únicos con los que tenía contacto. Les hablaba y, en algún punto, sentía que sí me estaban escuchando.
Ahí fue cuando empecé a sentir que algo estaba mal con toda la realidad que se vivía, pese a que eso era lo que se me había enseñado como «normalidad».
Empecé a defender a las mascotas que teníamos como podía, y cada vez que tenía la oportunidad, liberaba uno o dos pájaros y tiraba los balines del rifle a la basura para que él no los encontrara.
Recuerdo que un día vino con la idea de que tenía que «amansar» al perro con un método que le habían enseñado sus amigos.
Le puso de comer y, mientras el perro comía, él le tiraba de las orejas, de la cola, lo pellizcaba o lo pateaba, con la idea de que así nunca iba a ser agresivo. El perro le tuvo toda la paciencia del mundo, pero después de la patada solo hizo un gruñido y ahí fue cuando él se enojó.
Empezó a darle puñetazos y patadas, le tiró una rueda de auto en la cabeza y ahí me metí yo, intentando separarlo. Nunca se defendió, pero mi papá juraba que había sido sumamente agresivo.
Enojado porque le corté la pelea, entró a la casa y salió con el rifle. Le dio en una pierna y lo único que sentí que podía hacer fue tirarme encima de él para que no le disparara otra vez.
Ese día se enojó tanto conmigo que me hizo pasar el resto del día en el patio de nuevo. Intenté curarlo y ponerle agua en el chichón que le había quedado en la cabeza, y al otro día se lo llevó, sin importar cuánto le peleara, y nunca más lo vi.
No me olvido de las muchas veces que me obligó a tirar animales para «endurecerme. La mayoría eran bebés y los revoleaba por la ventana del auto en movimiento.
Nunca olvidaré las innumerables veces que lloré y siempre aparecían los animales a hacerme compañía. Les contaba mis problemas y, después de darles un abrazo, tenía fuerzas de nuevo. No entendí qué clase de demonio era mi papá, pero yo sabía que no éramos iguales. En vez de endurecerme, como él quería, solo logró partirme el corazón y la mente en miles de pedazos que, hasta el día de hoy, jamás van a sanar. Gracias a eso, aprendí a amar y respetar a los animales.
Me prometí no volver a permitir una escena así y, aunque no pude salvarlos a todos, nunca dejé de intentarlo.
Es por eso que estoy convencida de que la crianza no lo es todo, a pesar de ser importante. También depende de las elecciones de cada persona y del corazón de cada uno. Está bien que no te gusten los animales; lo que no está bien es el nivel de maltrato que existe amparado en esa excusa.
Cuando uno es chico aprende por imitación, y no está bien bajo ningún punto de vista normalizar la violencia y creer que la vida de los animales vale menos que la vida de los seres humanos, así también como no está bien que quien “tiene que cuidarnos” y enseñarnos a vivir ejerza crueldad, normalizando que quien nos quiere nos puede hacer daño si eso justifica “aprender algo”.
Los animales no se pueden defender, ellos no tienen voz, pero nosotros sí. No nos quedemos callados ante actos de crueldad que, para mucha gente “no son para tanto” porque “son animales”.
Mi papá, lamentablemente, pertenece a una generación en donde estaba bien visto tener varias familias, ser cruel, y castigar de formas horribles a tus hijos.
Hoy en día, afortunadamente, esta gente se está extinguiendo, pero no aún del todo.
El tiempo pasa y los animales siguen ahí, siendo mucho más que solo “cosas”. Debemos hacernos cargo de lo que nos toca. Debemos ser compasivos hacia los demás, porque sino, que nos queda como sociedad? La crueldad nunca, va a ser el camino y el cambio empieza por uno mismo.