«Esto no está bien», pensaba Angie cada vez que le contestaba un mensaje. Pero, a la vez, sentía que no podía dejar de responderle.

Mario despertaba en ella algo que ni ella conocía, una parte oculta que no sabía que existía, una parte más humana, más primitiva, más… ella. Y no podía ni quería alejarse de eso.

«No podemos estar así», le dijo aquella noche por teléfono.

«Estamos dañando a mucha gente».

«Está bien. Te entiendo, pero no me gusta», le respondió él.

Angie intentó seguir con su vida como si no hubiese pasado nada, como si fuese la misma persona que era antes de la noche del cumpleaños de Ramiro.

Unos días después recibió un mensaje de Mario con una sola frase: «Necesito hablar en persona. Vení a la bodega».

—Mario, esto no está bien. Si es solo para hablar, capaz que sí. Pero no podemos seguir así. Es más, ni siquiera debería estar acá.

Mario giró la copa entre los dedos.

—Y, sin embargo, viniste.

Angie desvió la mirada hacia los viñedos.

—Porque quería terminar con esto.

—¿De verdad?

Ella tardó unos segundos en responder.

—Quiero volver a mi vida.

—No. Querés volver a la vida que tenías antes. No es lo mismo.

El comentario la incomodó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Tengo una relación. Vos tenés una familia.

—Eso ya lo sabemos los dos.

—Entonces ayudame.

Mario sonrió con tristeza.

—Si hubiera querido ayudarte, no te habría escrito.

El silencio cayó entre ellos.

—¿Por qué me llamaste? —preguntó Angie finalmente.

Mario apoyó la copa sobre una mesa.

—Porque esta bodega se vende la semana que viene. Porque probablemente sea la última vez que estemos acá. Porque llevo días intentando convencerme de que no vuelva a buscarte.

—¿Y?

—Y no me está saliendo muy bien.

—¿Y qué hacemos entonces?

—No lo sé —respondió ella.

Mario esbozó una sonrisa y dio un sorbo a su copa de Malbec.

—Sí que lo sabés. Dejate llevar. Una vez más.

Angie bajó la vista. Por más que intentara convencerse de lo contrario, aquella atracción seguía ahí. Persistente. Incómoda. Imposible de ignorar.

—Me voy a ir.

—No. Si realmente quisieras irte, no habrías venido.

Ella no respondió.

—Basta de actuar como si no sintiéramos lo mismo.

El silencio se instaló entre ambos durante unos segundos.

Mario dejó la copa sobre la mesa y se acercó despacio.

—¿Ves? —murmuró—. Ni siquiera podés decirme que no.

Entonces la besó y no fue un beso impulsivo ni desesperado. Fue el beso de alguien que llevaba demasiado tiempo pensando en el mismo deseo.

Y cuando volvió a sentir su boca, Angie comprendió que lo más peligroso no era Mario. Lo más peligroso era lo poco que quería seguir resistiéndose.

El tiempo pasaba y, con Ramiro, todo se iba haciendo más formal hasta que, un día, él la invitó a un fin de semana en la montaña. Acostados en la cama, el domingo por la mañana, él la despertó con el desayuno en la cama.

—Buen día, princesa. Mirá lo que te traje.

En la bandeja había una cafetera francesa llena, dos vasos con jugo de naranja y un lemon pie con dos tenedores.

Ella sonrió. Lo besó suavemente y, después de dar el primer sorbo al jugo, vio cómo a Ramiro se le llenaban los ojos de lágrimas.

«¿Sabrá algo de lo de Mario?», se preguntó a sí misma.

—¿Amor, te pasa algo? —le dijo ella, mientras comenzaba a preocuparse.

—Sí. Vos sabés que antes de vos yo estaba bastante tirado emocionalmente y no sabía si me podía enamorar una vez más de alguien.

—Amor, no seas exagerado —le respondió ella, tratando de sonreír para descontracturar la situación.

—No soy exagerado, es la verdad. Y ahora estoy seguro de algo como nunca lo he estado en mi vida.

—¿De qué?

—De que quiero que nos casemos.

Y, acto seguido, Ramiro buscó en el bolsillo de su pantalón, que estaba en el piso, una cajita pequeña y se la dio. Era un anillo.

—Sí, mi amor. Casémonos.

—¿Sabés qué es lo que más me gusta de todo esto?

—¿Qué?

—Que dentro de diez años me sigo imaginando al lado tuyo. Y pocas veces en mi vida he estado tan seguro de algo como de esto.

Ambos sonrieron. Era el comienzo de una vida a la que Angie siempre había querido pertenecer. Pasaron unas horas. Todavía era un secreto entre los dos y, al otro día, todo el mundo se enteraría de la buena nueva.

De pronto, sonó el celular. Era el sonido que le había asignado exclusivamente a Mario, y nadie más lo sabía.

Solo una frase bastó para derrumbarla por completo:

«¿Ya te lo propuso?»

Angie se quedó mirando la pantalla sin responder. Tenía un anillo en la mano y el futuro que siempre había querido delante. Y, aun así, sintió el mismo nudo en el estómago que cada vez que Mario aparecía en su vida. Cerró los ojos y sintió una culpa devastadora que tenía que ocultar. Cuando se le llenaron de lágrimas los ojos, Ramiro se lo atribuyó a la felicidad, aunque no era así.

Aquello empezaba a ser mucho más peligroso de lo que estaba dispuesta a admitir.

La fecha del casamiento se había propuesto, de forma tentativa, para un año después, coincidiendo con el cumpleaños de Ramiro. Habían elegido esa fecha juntos para que tuviese doble significado, y decir que en la cabeza de Angie todo era un caos era quedarse cortos.

La aventura con Mario no hacía más que incrementarse, y todo era una buena excusa para verse, aunque fuera solo para charlar, aunque fuera solo para escapar del resto del mundo y sentirse los dos una sola cosa, un vínculo que iba más allá de lo físico, y ambos lo sabían muy bien.

La venta del restaurante finalmente se cerró con un grupo chileno. Durante las semanas siguientes, Mario comenzó a viajar con frecuencia a Santiago para terminar los últimos detalles de la operación. La primera vez que le comentó que estaría allí varios días, Angie supo que acababan de recibir una oportunidad que ninguno de los dos debería aprovechar.

Usando el casamiento como excusa, Angie le avisó a Ramiro que se tomaba el fin de semana para una escapada a Chile, para pensar y para disfrutar de los últimos meses de soltería.

«Me lo merezco por haber pasado a quinto año limpia», le dijo ella sonriendo, y Ramiro, aunque le parecía medio raro, solo le dio un beso y le dijo:

«Pasalo lindo, acá te espero cuando vuelvas».

El viaje lo comenzó Angie sola cuando se subió al micro que la llevaría a Viña del Mar, saludando con un beso desde la ventanilla a Ramiro. Pero empezó realmente cuando, al abrir con la llave la puerta del departamento, se encontró con Mario, que la estaba esperando con vino desde el día anterior, porque hacía semanas que habían planeado aquella escapada.

—Este es un Malbec local, pero, para ser honesto, prefiero el de Mendoza. Tiene un gusto más especial, me recuerda más a… vos.

Y, acto seguido, le dio un beso en la boca a Angie, con sabor a vino, mezclado con deseo.

—Decime una cosa. ¿Esto es solamente porque te gusto? —le preguntó Angie.

—No es solo eso. Cuando estoy con vos siento algo que no sentía desde que me recibí de la facultad. Como si todavía pudiera comerme el mundo.

—¿Y qué pasó con esa sensación? ¿La cambiaste por estabilidad o por amor?

Mario se quedó mirando la copa unos segundos antes de responder.

—Por creer que, si conseguía todo lo que quería, iba a sentirme pleno. Pensé que casarme con Marcela iba a resolver mis problemas. Que después podría hacer lo que quisiera.

—¿Y no fue así?

—No. Resultó que los problemas cambian de forma, nada más.

—Bueno, al menos no tenés problemas económicos.

Mario soltó una risa breve.

—Y eso sirve para más cosas de las que la gente cree. Pero no alcanza. A Marcela la quiero, eso no lo dudes. Tampoco me arrepiento de mis hijos. Pero hace mucho tiempo que me limito a existir. Aparecer donde tengo que aparecer. Sonreír cuando corresponde. Emborracharme para pensar menos.

Angie lo observó en silencio.

—Y ahora no querés volver a eso.

—No.

—¿Por mí?

Mario negó despacio.

—Por lo que me pasa cuando estoy con vos.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

—Yo siento mucho —dijo Angie finalmente—. A veces demasiado.

Mario sonrió.

—Mientras te haga sentir viva, nunca es demasiado.

Le sostuvo la mirada unos segundos.

—Ya te dije lo que siento yo. Ahora decime vos. ¿Qué sentís cuando estás conmigo?

Angie bajó la vista.

—Siento más de lo que debería.

—Eso no responde la pregunta.

Ella respiró hondo.

—Siento cosas que no sabía que podía sentir por alguien.

Hizo una pausa.

—Y también por mí misma.

Por primera vez, Mario pareció quedarse sin palabras.

—Entonces dejá de pelearte con eso.

—Está mal.

—¿Qué es lo que está mal?

—Todo esto.

Mario se acercó apenas.

—No sé.

Le acarició la mano con los dedos.

—Lo único que sé es que, cuando estoy con vos, vuelvo a sentirme vivo.

Ese fin de semana Angie solo se dedicó a sentir, a aprovechar al máximo la pasión que vivía cada vez que sentía el tacto de Mario en su piel. Se dejó llevar.

—Con vos he vuelto a sentir el placer de tomar vino. No solo el de buscar emborracharme. He vuelto a sentir el placer. Vos sos mi placer. ¿Y sabías una cosa? Yo sé que la sensación no es solo mía. No es mentira lo que sentís y lo que te pasa cuando estamos en la intimidad.

—No, no es mentira. Por algo estoy acá con vos.

Y, acto seguido, Angie dejó la copa sobre la mesa y lo besó.

Mario no solo le respondió el beso, sino que la atrajo hacia sí con una urgencia que ya ninguno de los dos intentaba disimular. El fuego volvió a encenderse entre ellos y, esta vez, ninguno opuso resistencia. La ropa fue quedando atrás junto con las dudas, las culpas y las promesas que ambos sabían que estaban rompiendo. Durante horas solo existieron ellos, compartiendo el placer y la sensación de estar exactamente donde querían estar.

Todo lo demás quedó afuera.

Ya en el micro de vuelta a Mendoza y sola, Angie quiso intentar entender qué era lo que la hacía sonreír cada vez que, en su celular, veía que llegaba un mensaje de Mario. Y era difícil, porque también quería a Ramiro, lo quería de verdad. Le gustaba su bondad, la tranquilidad que transmitía, cómo se enfrentaba a la vida, la forma en que la hacía sentir parte de algo. Pero lo que sentía por Mario era distinto. Más incómodo. Más intenso. Más difícil de explicar.

Pudo ver claramente cómo la vida que Ramiro le ofrecía podía darle estabilidad, compañía y una familia. Pero también veía otra cosa: el riesgo de terminar como Mario, viviendo una vida correcta por fuera y llena de preguntas sin responder por dentro. No quería llegar a ese lugar. No quería convertirse en alguien que mirara hacia atrás con más arrepentimientos que recuerdos. No podía seguir así, y Angie empezaba a comprender que aquella historia no podía terminar sin romper algo en el camino.

Continuará…

COMPARTIR

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *