Hay algo maravilloso en Mendoza, somos capaces de mirar una montaña, ver que tiene pendiente, saber que cuando llueve el agua baja hacia algún lado y, aun así, decidir: “Acá va un barrio privado”. Si queda lugar, metemos otro y si todavía sobrevive un pedacito de cerro sin tocar:“¿Hacemos unos departamentos con vista a la Cordillera?”. Total, después vemos que hacemos con el agua.
En Mendoza, tenemos una costumbre bastante particular, urbanizar primero y preguntarnos por dónde pasa el agua cuando ya se vendieron todos los lotes; y no es que nadie haya avisado.
La ciencia viene tocando el timbre hace décadas. El problema es que parece que tiene menos presupuesto que las inmobiliarias.
El piedemonte mendocino no es simplemente tierra con lindas vistas para construir una casa con quincho, pileta y una foto de Instagram mirando a la montaña. Es una gigantesca maquinaria natural de escurrimiento.
Cuando llueve en la montaña, el agua no consulta el Código Urbanístico, no pide permiso al municipio, no mira el plano del barrio, no respeta la medianera, sino que baja… Y cuando baja, lo hace por donde la geografía le enseñó durante miles de años que tiene que bajar. Esos cauces, quebradas, cañadones y corredores aluvionales que durante parte del año parecen absolutamente secos, no están ahí de decorado, son básicamente las calles del agua. Y nosotros tenemos una fascinación inexplicable por cerrarle las calles al agua, marcarles un nuevo camino y después sorprendernos cuando el agua no nos obedece.
LA NATURALEZA NO SE EQUIVOCÓ DE CAMINO
Cuando estudiaba Agronomía en la UNCuyo, los profesores de Ecología Agrícola nos hablaban de esto.
Uno miraba aquellos cauces secos de la precordillera y pensaba: “Qué lindo paisaje con jarillas y coirones”. El profesor miraba lo mismo y decía: “Por ahí pasa el agua”.
Es ahí, cuando uno empezaba a entender que el desierto mendocino no está vacío, está lleno de procesos, el agua tiene memoria, las montañas tienen pendientes, la vegetación frena, el suelo infiltra y los cauces conducen.
Durante miles de años, ese sistema fue haciendo su trabajo sin pedir aumento, ni vacaciones y mucho menos certificado médico. Hasta que apareció el Homo sapiens con una retroexcavadora, una topadora y un folleto inmobiliario. Entonces llega el «progreso»: se desmonta, se nivela, se rellena, se lotea, se pavimenta, se construye y finalmente aparece el cartel: “Barrio Rincón de las Jarillas – Naturaleza y calidad de vida”.
La naturaleza, desde el cerro: “Sí. Esperá que llueva.”
EL AGUA NO DESAPARECE PORQUE LE PONGAMOS HORMIGÓN
Acá aparece ese pequeño detalle que a veces se nos escapa. Cuando una cuenca conserva vegetación, piedras y suelo natural, parte del agua infiltra, otra queda retenida y otra escurre. Pero cuando desmontamos, compactamos y llenamos de calles, techos, veredas y hormigón, la película cambia. Hay menos infiltración, el agua corre más rápido y llega en mayor cantidad.
Un estudio del Instituto Nacional del Agua de Argentina (organismo científico tecnológico dedicado a la investigación, desarrollo y control de los recursos hídricos del país. Estudia el uso correcto, el aprovechamiento y el cuidado del agua, monitoreando el caudal ríos, pronosticando para prevenir sequías o inundaciones, asesora al Estado, dando sustento técnico para manejar cuencas compartidas entre provincias), sobre urbanización del piedemonte encontró algo bastante incomodo: una urbanización convencional podría producir un caudal de escurrimiento 91% mayor, que el de la cuenca en su estado natural.
¡¡¡NOVENTA Y UN PORCIENTO!!! Sí, leíste bien… Pero bueno, nada que un canal, dos máquinas y una inauguración con cinta no puedan solucionar. Hasta que el canal queda chico… Vienen los lamentos y descubrimos que el agua tiene memoria.
Foto: Gobierno de Mendoza
EL PROBLEMA NO ES QUE LLUEVA
Cada vez que ocurre un aluvión, aparece el argumento: -¡Pero cayó una barbaridad de agua!. -Sí.
Justamente, por eso, existen los estudios hidrológicos. No podemos diseñar una ciudad suponiendo que nunca va a ocurrir una tormenta extraordinaria.
Mendoza tiene un promedio de unos 200 mm de lluvia al año, que para una provincia desértica ya es bastante poco. El problema es que nuestra provincia al tener un régimen de lluvias tipo Monzónico (las precipitaciones están concentradas en una sola estación del año, el verano, debido a un cambio estacional en la dirección de los vientos continentales), esas lluvias no se reparten con la amabilidad de un sueldo mensual, y muchas veces, estas tormentas intensas descargan una enorme cantidad de agua en pocos minutos. O sea, no es que Mendoza se pase el año inundada: se pasa el año esperando que no llueva y, cuando finalmente llueve, el cielo decide recuperar todo el tiempo perdido de una sola vez.
Las obras hidráulicas trabajan con períodos de recurrencia: tormentas que estadísticamente pueden ocurrir con distintas frecuencias. Y acá hay otra palabrita que conviene entender: “Una tormenta de 100 años” no significa que tenemos 100 años de garantía. Puede ocurrir mañana, el año que viene o dentro de 80 años. La montaña no recibió el memo que dice que este año no le toca.
Entonces, la discusión deja de ser una clase de Hidrología, porque el piedemonte no queda en Narnia. Está pegado al Área Metropolitana.
Hay barrios, urbanizaciones y desarrollos de todo tipo en esa transición entre los cerros y la ciudad. Algunos barrios privados del oeste de Godoy Cruz, están vinculados a sistemas de drenajes que requieren obras específicas. El colector Los Cerrillos, por ejemplo, cumple funciones de protección para sectores poblados aguas abajo y existen obras destinadas al control de crecidas aluvionales.
Los sistemas de cuencas también involucran sectores de El Challao, Godoy Cruz y otras áreas urbanizadas. Incluso se han realizado estudios hidrológicos sobre cuencas urbanas asociados a barrios ubicados en esas zonas.
¿ENTONCES NO HAY QUE CONSTRUIR?
No, no estoy diciendo eso. Mendoza necesita crecer, pero no como si los cerros fueran terrenos baldíos con buena vista. La gente necesita viviendas y la ciudad necesita infraestructura. Por lo que, hay sectores del piedemonte donde determinadas urbanizaciones sean posibles y otras en las que no. El problema es cómo, dónde, cuánto y que hacemos con el agua.
Construir en estas zonas, no debería significar agarrar una topadora y decir: “Aplaname todo, después hacemos los estudios.”
La propia normativa provincial establece pautas específicas para los emprendimientos en el piedemonte y contempla sanciones frente a alteraciones que afecten la funcionalidad de los cauces aluvionales. Es decir, hasta la ley entendió algo que a veces el hormigón parece no comprender: el agua necesita espacio.
El Plan Provincial de Ordenamiento Territorial reconoce el piedemonte como regulador natural frente a los impactos aluvionales y plantea que su ocupación debe minimizar los efectos aguas abajo.
EL PROBLEMA NO TERMINA EN EL BARRIO
Hay algo todavía más incómodo. Lo que hacemos arriba puede afectar a quien vive abajo. Una decisión tomada sobre una ladera puede terminar modificando el comportamiento del agua que llega a miles de personas en el área urbana. Por eso la discusión no debería reducirse a: ¿Qué hacemos con este terreno? La pregunta es: ¿Qué hacemos con esta cuenca? Porque una cuenca no termina donde termina el plano de mensura del barrio.
El agua, si tiene que atravesar una urbanización para seguir su recorrido, va a intentar hacerlo. Y si nosotros le cerramos el camino natural, buscará otro. El problema es que ese “otro” puede ser una calle, una casa, un estacionamiento o el living de alguien que jamás vio el cerro que provocó el problema.
Y UNA ULTIMA COSA
A quienes creen que esto es una pelea entre «ambientalistas y desarrollistas», tengo una noticia: el agua no milita, no le importa el valor del metro cuadrado, si el barrio tiene seguridad las 24 hs, y mucho menos si el render es en 3D.
El agua cumple las leyes de la física, y esas leyes tienen una ventaja, “no se pueden derogar por ordenanza municipal”. Podemos seguir desmontando, tapando cauces y llenando de hormigón lugares que antes absorbían, frenaban o conducían el agua. Podemos seguir llamando “desarrollo” a cualquier cosa que tenga un cartel de venta. Pero algún día va a caer una lluvia que no estaba invitada y ahí el agua no se preguntará: ¿Por dónde paso?… Ese día, más vale que todavía le quede algún camino, porque si le seguimos hormigonando los recorridos, el camino vamos a ser nosotros.
Ing. Agrónomo Don Brote
NOTA AUSPICIADA POR:
