Mitos y miedos de la Ley de Tierras: por qué la libertad no vende soberanía.

¿Vender tierras a extranjeros es entregar la soberanía o solo un mito que esconde el verdadero problema: la falta de inversión y control estatal?

Cada vez que en la Argentina se debate el régimen de propiedad de la tierra rural, la conversación pública suele descarrilar hacia los mismos clichés de siempre. De un lado, el fantasma del «remate de la patria» y la amenaza extractivista; del otro, una burocracia estatal que durante años pretendió decidir quién, cuánto y dónde podía invertir en el campo argentino basándose en el pasaporte del comprador.

La controversia en torno a la desregulación de la Ley de Tierras Rurales (Ley 26.737) no ha sido la excepción. Sin embargo, cuando se raspa la superficie de la proclama chauvinista y se analiza el marco jurídico real, la narrativa del «despojo» se cae por su propio peso.

La confusión entre superficie y soberanía

El pánico moral agitado por sectores opositores parte de una premisa deliberadamente falsa: asumir que vender un título de propiedad a un privado extranjero equivale a ceder territorio o regalar los recursos naturales. Nada más alejado del Derecho Constitucional básico.

Comprar un campo en la pampa húmeda, en la cordillera o en el oasis mendocino le otorga a un inversor privado el derecho sobre la superficie. Punto. No le da la propiedad del subsuelo, ni del agua, ni del aire. Según el artículo 124 de la Constitución Nacional, el dominio originario de los recursos naturales pertenece de forma inalienable a las provincias.

Si en ese terreno hay litio, cobre, petróleo o un acuífero, el dueño —sea nacido en Villa Mercedes, en Milán o en Texas— no puede tocar una sola gota ni extraer un gramo de mineral sin la correspondiente concesión, los estudios de impacto ambiental y el pago de regalías que exige el Estado provincial. El suelo se vende; las leyes de la República y la jurisdicción provincial no.

El verdadero filtro geopolítico

A diferencia del discurso simplista que acusa una «entrega indiscriminada», la desregulación impulsada por el Gobierno nacional mantiene una distinción geopolítica clave que el viejo esquema proteccionista ignoraba en la práctica: la prohibición expresa a Estados extranjeros.

Un gobierno foráneo, un fondo soberano estatal o una corporación militar extranjera no pueden desembarcar libremente a comprar suelo argentino. La norma bloquea la injerencia estatal externa para evitar enclaves geopolíticos, pero libera las manos al capital privado legítimo. Se le cierra la puerta al control estatal extranjero, pero se le abre al inversor que arriesga su propio capital para poner la tierra a producir.

El fetiche del control nacional vs. la realidad provincial

Durante más de una década, la Ley 26.737 funcionó como un cepo arbitrario de 1.000 hectáreas y un cupo rígido del 15% por municipio que solo sirvió para espantar inversiones en infraestructura, riego intensivo y minería sostenible. ¿Qué sentido tiene prohibir que un privado inyecte millones de dólares en zonas improductivas o de frontera con el argumento de «proteger la tierra», si el propio Estado después es incapaz de asfaltar una ruta o llevar electricidad a esas mismas regiones?

El verdadero riesgo para los recursos de un país nunca fue la nacionalidad del dueño del terreno. El riesgo real es —y siempre ha sido— la corrupción o la ineficiencia de los organismos de control provinciales. Si una provincia otorga licencias ambientales truchas o no fiscaliza el caudal de agua que bombea una finca, el recurso se degrada exactamente igual, ya sea el dueño un empresario local o un fondo extranjero.

La solución a las fallas de fiscalización no es prohibir la venta de tierras ni paralizar el mercado inmobiliario rural; la solución es fortalecer la transparencia institucional, digitalizar las concesiones y exigir que las autoridades de aplicación hagan su trabajo.

Producir o vegetar en el dogma

Argentina no puede darse el lujo de mantener miles de hectáreas improductivas por mero fetiche ideológico. La eliminación de topes cuantitativos no es un «vale todo»: es la restitución del derecho de propiedad y la equiparación de condiciones para atraer capitales de escala global hacia sectores clave como la agricultura de precisión, las energías renovables y la minería.

Defender la libertad de mercado en la compraventa de tierras no es vender la patria; es entender que la patria no se defiende dejando el suelo abandonado a la espera de un capital nacional que muchas veces no existe, sino poniéndolo a generar riqueza bajo la firmeza indiscutible de la ley argentina.

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