La trascendencia del hombre: contra nota a Dr. Bomur

Tu vida entera cabe en 71 centímetros de historia. Esto es lo que 71 centímetros de historia son capaces de hacer.

Mi querido y estimado Dr. Bomur: ¡qué placer siempre leer tus reflexiones y cómo disfruto esa capacidad tuya para sacudirnos la rutina con datos que te cortan el almuerzo! Sin embargo, me veo en la dulce obligación de hacerte una amable corrección de amigo a amigo.

Te he visto fascinado midiendo la existencia con la cinta métrica del tiempo, sacando porcentajes de la historia planetaria y reduciendo la huella del hombre a un efímero trazo de 71 centímetros. Es un ejercicio matemático brillante, no lo voy a negar… pero déjame decirte con una sonrisa que estás mirando la obra de arte a través del microscopio equivocado.

Decis que somos totalmente intrascendentes porque apenas representamos un suspiro en la escala geológica de la Tierra. ¡Qué simpático y noble error! La trascendencia jamás ha sido una cuestión de volumen, de masa ni de millones de años de piedra inerte. Te lo digo con toda la convicción que me permite haber pensado esto largamente: nada de lo que hace el ser humano es intrascendente.

En la inmensidad de un universo frío, mudo y mecánico, somos el único rincón donde la materia cobró conciencia, donde el cosmos por fin aprendió a sentir dolor, a admirar la belleza y a decidir su propio destino.Cuando observo a la humanidad, no veo un cero a la izquierda ni un mero algoritmo del tiempo; veo una colisión fascinante entre lo divino y lo trágico. El hombre es la única criatura capaz de caminar en un alambre tenso entre la caricia y la violencia, entre el rencor más oscuro y la devoción más pura. Nació con una luz profunda, pero su ambición desmedida suele convertirse en su propio veneno. ¿Sabes por qué eso lo hace infinito, querido Bomur? Porque ningún otro ser posee una balanza interior tan desgarradora: es capaz de dar la vida entera por un acto de amor o de destruir a sus semejantes con una frialdad aterradora.

Las rocas pueden durar miles de millones de años, pero jamás podrán erigir monumentos majestuosos para desafiar a los cielos, ni deducir las leyes geométricas y físicas que rigen el cosmos. Y sí, en ese mismo aliento de vida, el hombre también ha sido capaz de engendrar a los dictadores más nefastos de la historia y desatar tragedias atómicas devastadoras. Ha inventado la escritura para inmortalizar su memoria y la medicina para salvar a sus hermanos, al mismo tiempo que borraba culturas enteras del mapa. Esa dualidad no es intrascendente: es el drama supremo de la existencia.

Vos contás los milenios en el calendario, querido amigo; yo prefiero medir la densidad de las emociones. El ser humano es un enigma constante que abraza y recrimina, que busca la verdad pero a veces se deja cegar por sus deseos. Se desplaza sin escalas desde la elegancia más refinada del arte hasta la miseria más profunda de sus prisiones. En su voz conviven la tiranía más despiadada y la sensibilidad poética que desnuda el alma.¿Cómo calificar de irrelevante a una especie capaz de arriesgarlo todo para socorrer al indefenso por pura bondad, mientras en el mismo continente otros sostienen las armas del conflicto?

La humanidad ha pintado la desolación en los rincones más olvidados del planeta al tiempo que escribía obras maestras capaces de hacer llorar a generaciones. Construyó maravillas arquitectónicas en los desiertos y desangró territorios en batallas absurdas; zarpó hacia horizontes desconocidos abriendo rutas al mundo, pero dejando cicatrices imborrables a su paso.Es el ser que anhela dominar su entorno, que extrae los minerales de la tierra mientras sueña con un mañana mejor. En su pecho laten un instinto cazador que desata el caos y una paciencia maternal que otorga la clemencia.

Su paso por la historia no es un número pequeño: es el abismo fascinante que conecta los sitios del horror con los refugios de la solidaridad, el lujo desmedido con la pobreza extrema, la venganza con el perdón.

No te dejes engañar por su fragilidad biológica. Es verdad que a veces el hombre se siente diminuto al contemplar la inmensidad y comprende lo efímero de su carne. Pero incluso en su pequeñez, fue capaz de diseñar aves de acero para cruzar los océanos, aunque trágicamente también haya diseñado la penumbra de las mazmorras donde infligió dolores imborrables.En su soberbia creyó ser el dueño de la naturaleza, pero también regaló al mundo la literatura sublime que nos hace entender el sentido de estar vivos. Es un ser indomable que escala las cumbres más altas solo por el afán de superarse a sí mismo, y que insólitamente daña su propio hogar mientras envía naves a explorar mundos lejanos en busca de respuestas.

Mi estimado Dr. Bomur: creo que erraste el cálculo. Un solo segundo de conciencia humana, un solo verso que te erice la piel, una sola pintura que te quite el aliento, un avance médico que salve a un niño o un abrazo sincero en medio de la tormenta valen infinitamente más que cuatro mil millones de años de rocas mudas e inertes girando en la oscuridad. El tiempo cósmico es un gigante ciego; el ser humano, en sus breves 80 años, es la chispa donde el universo por fin siente, ama, sufre y se comprende a sí mismo.

No son 0,0000018 días intrascendentes: son los únicos instantes donde la vida se vuelve eterna.

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