Mendoza: el desierto que aprendió a hacerle trampa al agua

Mendoza es un desierto que aprendió a hacer magia con el agua: huarpes, acequias, Irrigación y tomeros construyeron una ingeniería que convirtió la aridez en oasis.

Hay una cosa que los mendocinos hacemos bastante bien: vivir donde, en teoría, no deberíamos estar. Porque Mendoza es un desierto. No “más o menos seco”. Desierto.

Acá si cae agua del cielo, primero miramos para arriba, después sacamos una foto y recién después nos preguntamos si podemos aprovecharla. Y sin embargo tenemos viñedos, frutales, olivares, chacras, jardines, plazas y un árbol en cada vereda. ¿Cómo hicimos?

Haciendo trampa. Pero una trampa hidráulica de casi 500 años.

Mucho antes de que apareciera el mendocino con una camioneta, una finca y la frase “este año no hay agua”, los huarpes ya habían entendido algo fundamental: si el agua baja de la montaña y vos no la agarrás, se va.

Los huarpes desarrollaron sistemas de acequias y derivación de agua, con conocimientos vinculados a la tradición andina e incaica. De hecho, algunas de esas trazas terminaron formando parte de la red que hoy conocemos. El famoso Canal Cacique Guaymallén no se llama así porque alguien necesitaba ponerle nombre a una zanja: hay una historia hidráulica atrás.

Después vino la civilización occidental, que hizo lo que suele hacer: puso papeles.

En 1884 Mendoza sancionó su Ley de Aguas, una legislación pionera para la Argentina, que organizó derechos, distribución y administración del recurso y dio origen al organismo que hoy conocemos como Departamento General de Irrigación.

Y ahí empezó a aparecer una cosa maravillosa: la idea de que el agua no se reparte a ojo. Porque imaginate administrar el agua mendocina diciendo:

– Che, ¿quién quiere?

– Yo.

– Bueno, tomá.

No… Acá hay turnos, canales, compuertas, inspecciones y gente que sabe perfectamente cuándo abrir y cuándo cerrar. Ahí aparece uno de los grandes héroes anónimos de esta historia: el tomero.

Foto de DGI: Elena Lucero es la única tomera en la Provincia de Mendoza, trabaja en la Cuenca del río Tunuyán Inferior, Rama Enrique.

El tipo que sabe que el agua no es “un poquito para todos”. Es: a vos te toca ahora, a vos después y a vos mañana.

El tomero abre una compuerta, deriva agua por una hijuela y hace que ese hilo termine llegando a una finca. Después viene otro canal, otra compuerta, otra acequia y finalmente el agua entra al cultivo.

Y mientras nosotros estamos puteando porque se nos tapó una acequia con una bolsa de supermercado, hay una red hidráulica enorme trabajando para que Mendoza siga siendo Mendoza.

El agua baja de la Cordillera, se regula en embalses y diques, se deriva a los grandes canales y después se va achicando en una especie de árbol hidráulico hasta llegar a las parcelas. Desde un río, canal, hijuela, acequia, finca, al frutal… Así de sencillo y así de complicado.

Porque Mendoza convirtió un territorio árido en oasis. Los oasis irrigados ocupan una pequeña parte de la superficie provincial y concentran prácticamente toda nuestra vida productiva y urbana.

¿Es algo exclusivo de Mendoza? No. Hay sistemas de riego extraordinarios en Europa, Medio Oriente, Norteamérica y muchísimos lugares áridos del planeta.

Pero lo nuestro tiene algo particular: una cultura del agua construida durante siglos, una red de acequias, una administración específica, participación de los usuarios y una legislación hídrica histórica que todavía forma parte de la identidad provincial.

O sea: no inventamos el agua. Inventamos una manera bastante mendocina de hacerla rendir. Por eso cuidar el agua no debería ser una campaña de noviembre con un dibujito de una gota llorando. Es defender la agricultura, las ciudades, los árboles, la producción y buena parte de lo que somos. Porque acá el agua no sobra, acá cada gota tiene que hacer carrera. Y si alguna vez se preguntan cómo puede haber una provincia llena de viñedos en medio de un desierto, la respuesta es bastante simple:

No fue magia, fue ingeniería, organización, cultura, fueron los huarpes, Irrigación, el tomero. Fueron generaciones enteras aprendiendo a conducir un río por donde la naturaleza jamás pensó llevarlo. Y, sobre todo, fue entender algo que parece obvio, pero que a veces se nos olvida: En Mendoza, si no cuidamos el agua, no tenemos futuro. Tenemos solamente desierto. Y ese, queridos amigos, ya lo tenemos.

Ing. Agrónomo Don Brote

Instagram: @donbroteingeniero

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