La palta, el mendocino y el contrabando

¿Por qué en Mendoza amamos la palta chilena pero plantar un árbol es una odisea? Don Brote te lo explica con humor.

Hay una pregunta que cada tanto aparece en Mendoza con la misma insistencia con la que un cuñado te opina sobre el asado:

– Don Brote, si somos fanáticos enfermos de la palta, ¿por qué no tenemos fincas enteras de palta?

La pregunta tiene sentido. Nosotros vamos a Chile y arrasamos con la palta Hass como si estuviéramos saqueando un supermercado en pleno apocalipsis zombie. Volvemos con el auto tan cargado de paltas, latas de machas y alguna botella de pisco chileno y, si nos descuidamos, hasta nos trajimos al verdulero de recuerdo.

En Mendoza, además, el fanatismo es visual. Hay puestos de palta en cada acceso, en las rutas, en las verdulerías y hasta en casas donde el árbol creció con más éxito que la propia familia.

Entonces, el mendocino promedio, con un bolsiquito lleno de carozo y una lagrimita de emoción, se pregunta: ¿por qué carajo no plantamos paltas a lo grande?

Bueno, queridos amantes del guacamole y la ilusión óptica. La respuesta corta es que Mendoza es maravillosa para muchas cosas, pero el palto es un señorito francés con gustos caros.

La palta viene de ambientes tropicales y subtropicales. Para comercializarla a escala, necesita condiciones muy específicas: temperaturas moderadas, agua a disposición, suelos más profundos que el prontuario de un político y, sobre todo, cero ganas de congelarse. El Hass, que es el rey de las paltas, le tiene al frío el mismo respeto que un político a la honestidad brutal: huye despavorido.

Y ahí es donde Mendoza le dice al palto:

– Mirá, querido, acá la mano viene con otro libreto.

Porque en nuestra amada provincia tenemos heladas en fechas irrisorias, con amplitudes térmicas que te congelan las ideas a la mañana y te asan a la tarde, viento Zonda que te seca hasta el alma, veranos picantes y un recurso hídrico que no sobra precisamente, sino que lo medimos con gotero y lágrimas.

El problema no es que no puedas tener una palta en Mendoza. ¡Claro que podés! Por eso hay casas donde aparece un palto enorme, verde y frondoso, como si alguien hubiera mudado un pedazo de Misiones al patio de una casa en Dorrego.

En determinados lugares, con un microclima de novela, un vecino que lo mime, protección contra heladas y riego diario, el árbol crece y hasta saca fruta. El dueño lo mira orgulloso y piensa que descubrió el nuevo oro verde de Cuyo.

Hasta que intentás explicarle al árbol:

– Bueno, ahora necesito que hagas esto mismo en 50 hectáreas, que rindas todos los años y que encima me dejes plata para pagar los impuestos.

En ese preciso instante, el palto te mira con la misma cara de terror que uno pone cuando le llega la boleta de luz con aumento. Porque una cosa es tener dos o tres arbolitos en el fondo aguantando los trapos a base de manguera y rezo, y otra muy distinta es armar un negocio agrícola masivo.

El palto comercial argentino vive feliz en Tucumán, Salta, Jujuy, donde la naturaleza les puso la cancha recontra inclinada a favor. Mientras tanto, nosotros nos dedicamos a lo que sabemos hacer: vid, olivo, ajo, durazno, ciruela, cebolla, es decir, cultivos rústicos, bien mendocinos, que aprendieron a sobrevivir en el desierto a fuerza de carácter y arrugas.

¿Podríamos producir palta a escala? Agronómicamente es una odisea digna de película de ciencia ficción. ¿Conviene? Ya no se responde con entusiasmo verde, sino con números fríos, heladas sorpresivas y costos que te dan un síncope.

Antes de gastar los ahorros en comprar plantas de palta creyendo que vas a fundar una republiqueta del guacamole, mi consejo profesional es claro: miren el terreno, analicen el clima, midan el agua y dejen de culpar al destino.

La agricultura no funciona a base de deseos ni de ganas de untar tostadas. Funciona cuando la planta, el ambiente y el bolsillo se ponen de acuerdo.

Mientras tanto, los mendocinos seguiremos haciendo lo que mejor nos sale: mirar el palto lleno de frutas del vecino, calcular mentalmente cuántos kilos de guacamole nos podríamos robar… y terminar cruzando la cordillera otra vez.

Eso sí que es agricultura de precisión.

Y yo no me hago responsable si vos querés traerte un par de paltas escondidas en la guantera de tu vehículo cuando vas a Reñaca.

Don Brote, tu Ingeniero Agrónomo de cabecera (y sobreviviente de catástrofes climáticas)

Instagram: @donbroteingeniero

NOTA AUSPICIADA POR:

COMPARTIR

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *