Un Mundial para llorar lo que callamos

La semana pasada tuvo un vacío difícil de explicar.

Hay despedidas que llegan haciendo ruido y otras que se instalan en silencio. La de un Mundial pertenece a las segundas. Durante un mes el planeta gira alrededor de una pelota y, de pronto, un domingo cualquiera todo termina. El lunes volvemos al trabajo. El martes a la rutina. Pero el corazón tarda un poco más en regresar.

No es solamente porque Argentina perdió una final. Tampoco porque España haya levantado la copa. Es porque, sin darnos cuenta, asistimos al último Mundial de Lionel Messi. Y hay despedidas que trascienden al protagonista: también nos despiden a nosotros.

Messi no fue únicamente el mejor futbolista de una generación. Fue un reloj. Cada cuatro años aparecía para recordarnos cuánto habíamos cambiado desde la última vez. Con él crecimos, nos enamoramos, perdimos personas, cambiamos de trabajo, vimos partir amigos, enterramos sueños y construimos otros nuevos. Mientras él seguía entrando a una cancha, nosotros seguíamos intentando entender la vida.

Por eso duele.

No lloramos solamente por una derrota. Lloramos porque sabemos que algunas páginas no vuelven a escribirse.

Este Mundial tuvo algo distinto. Muchos lo vimos con amigos de toda la vida. Otros con hijos que recién descubren lo que significa gritar un gol. Algunos lo vivimos junto a una nueva persona, compartiendo por primera vez esos pequeños rituales que parecen insignificantes: discutir una formación, abrazarse después de un gol, sufrir los penales o quedarse en silencio cuando el reloj llega a los noventa.

Y entonces uno comprende que el verdadero recuerdo nunca será el resultado.

Será con quién estuvo.

Hay una frase de Gabriel García Márquez que dice: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.” Tal vez por eso los Mundiales permanecen tanto tiempo en nosotros. Porque terminan convirtiéndose en la manera en que recordamos una etapa de nuestra vida.

Mientras Messi lloraba al terminar la final, daba la sensación de que no estaba llorando únicamente por un partido. Era como si se hubiera abierto un mar entero de lágrimas guardadas durante años: finales perdidas, críticas injustas, sacrificios invisibles, alegrías inmensas y el peso de haber cargado durante casi dos décadas con los sueños de un país entero.

Y quizás por eso nosotros también lloramos.

Porque el fútbol tiene una extraña capacidad de romper las defensas que levantamos para sobrevivir. Nos hace llorar por un gol cuando, en realidad, estamos llorando por un padre que ya no está, por un amigo al que hace tiempo no llamamos, por un amor que terminó o por esa versión nuestra que creía que algunas cosas durarían para siempre.

Hay una verdad incómoda que el Mundial vuelve imposible de ignorar: nunca sabemos cuándo estamos viviendo algo por última vez.

Tal vez fue el último Mundial de Messi.

Tal vez fue el primero con alguien que dentro de unos años será un recuerdo.

Tal vez fue el último que compartimos con esa persona que siempre se sentaba al lado nuestro para ver los partidos.

Vivimos rodeados de últimos momentos sin saber que lo son.

Y, sin embargo, seguimos creyendo que siempre habrá otra oportunidad.

Esta semana el mundo volvió a la normalidad. Los estadios quedaron vacíos. Las camisetas regresaron al placard. Las conversaciones cambiaron de tema. La vida siguió.

Pero algo quedó distinto.

Quizás el mayor regalo que nos dejó este Mundial no fue enseñarnos a ganar ni a perder. Fue recordarnos que sentir profundamente sigue siendo un privilegio. Que todavía somos capaces de abrazarnos con desconocidos, de llorar sin vergüenza y de emocionarnos por algo que compartimos con millones de personas.

Porque, al final, los Mundiales nunca hablan solamente de fútbol.

Hablan del tiempo.

De quienes fuimos.

De quienes ya no están.

Y de las personas con las que elegimos atravesar el camino.

Quizás la felicidad nunca estuvo en levantar una copa.

Quizás siempre estuvo en descubrir que, durante un mes, el mundo entero latió al mismo ritmo y nos recordó que la emoción compartida también es una forma de eternidad.

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