Hay palabras que con el tiempo de tanto repetirlas pierden significado.
“Natural”, “saludable”, “responsable”. Y después está «Sustentable«.
Esa directamente se convirtió en el comodín del siglo XXI.
Agricultura sustentable. Turismo sustentable. Producción sustentable. Ciudades sustentables.
Hasta debe existir algún PowerPoint sobre “sustentabilidad sustentable”. Y como ingeniero agrónomo, cada vez que escucho la palabra me pasa lo mismo: ¿Sustentable para quién?
Lo digo incluso después de haber hecho, hace un par de años, un posgrado en la UNCuyo relacionado con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, los famosos ODS. O sea que algo del tema estudié. Y, paradójicamente, cuanto más uno aprende sobre sustentabilidad, más difícil resulta definirla con una etiqueta verde y una foto de un campo al atardecer.
Porque una actividad puede ser ambientalmente sustentable y económicamente inviable. Puede ser rentable y ambientalmente un desastre. Puede ahorrar agua y dejar al productor fundido. Puede generar trabajo y degradar el suelo. Y también puede tener un cartel enorme que diga SUSTENTABLE y ser, técnicamente hablando, una porquería.
Eso sí: queda hermoso en verde.
Mendoza, que vive de producir en un desierto, debería tener bastante claro que la sustentabilidad no es una moda. Acá, si hacemos las cosas mal, la naturaleza no nos manda una notificación. Nos manda una factura, y suele venir con intereses. El agua es el mejor ejemplo.
Podemos hablar durante horas de eficiencia hídrica, riego tecnificado, uso racional y manejo sustentable. Pero después hay una pérdida en una acequia durante meses y nadie sabe muy bien si hay que llamar al municipio, a Irrigación, al consorcio, al frentista o directamente pedir una audiencia con Dios.
Eso sí: el flyer para el Instagram de sustentabilidad ya está terminado, con una gotita de agua cayendo sobre una hoja. Precioso.
También podemos hablar de agricultura sustentable mientras seguimos tomando decisiones sin saber cuánto cuesta producir.

Porque hay algo que parece que a veces olvidamos: si el productor no puede vivir de producir, la actividad tampoco es sustentable. Y eso vale para la vid, el olivo, los frutos secos, la horticultura y para cualquier producción agrícola. No alcanza con que la planta esté contenta. Tiene que estar contento, dentro de lo posible, el que paga el gasoil. Porque todavía no conozco ningún tractor que funcione con buenas intenciones.
Y después está el marketing. Ahí tuvimos un ejemplo bastante reciente con la despedida de Messi.
En un momento en el que todo el mundo esperaba homenajes al 10, emociones y recuerdos, apareció la publicidad de ”Sancor Seguros”. Apareció con tanta fuerza que terminó consiguiendo algo que probablemente no estaba buscando: que todo el mundo hablara de la marca… pero por las razones equivocadas. Silbidos, críticas, memes y redes sociales haciendo lo que mejor saben hacer: convertir una campaña millonaria en material para hacer chistes durante una semana.
Como estrategia de marketing, podríamos decir que salió más o menos como un granizo en plena cosecha. Porque una cosa es aprovechar una oportunidad comercial, y otra es querer ser protagonista en la despedida de Messi.
Ahí descubrimos algo importante: no toda exposición es buena exposición. Y con la sustentabilidad pasa exactamente lo mismo.
Agarramos cualquier actividad, le ponemos una etiqueta verde, una hoja, una foto de un campo al atardecer y listo:
“Producción sustentable”.
Hermoso. Falta que aparezca la “empanada sustentable”. Aunque, conociéndonos, seguramente ya existe.
Entonces quizás deberíamos volver a una pregunta bastante sencilla:
¿Qué significa realmente sustentar algo? Significa mantenerlo.
Mantener el suelo, el agua, la biodiversidad, la productividad, el trabajo, la rentabilidad. Mantener la capacidad de producir mañana lo mismo que podemos producir hoy. Y eso es bastante más difícil que poner un logo verde.
La sustentabilidad verdadera se ve en un suelo que no se degrada, en un sistema de riego que funciona, en una finca que sigue produciendo, en un productor que puede pagar sus costos y en un árbol que sobrevive después de que terminó la foto de inauguración.
Porque si para demostrar que somos sustentables necesitamos veinte páginas explicándolo… capaz que tan sustentables no somos.
Quizás Mendoza no necesite más discursos sobre sustentabilidad. Necesita decisiones sustentables. Porque la sustentabilidad no es una palabra bonita. Es una cuenta. Y como toda cuenta mendocina, tarde o temprano alguien la tiene que pagar. Y si no la pagamos nosotros… La va a pagar el suelo, el agua, el productor o el que venga después.
Ing. Agrónomo Don Brote
Instagram: @donbroteingeniero
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