¡Emergencia Emiliano! ¡Emergencia!

Una falla de carburación, un problema de alimentación, una tosida que desprendió un gas indeseado; de proporciones organolépticas bíblicas.

Corría una madrugada de enero, una parvada de pajaritos metálicos abandonaba los hangares de aquel aeroclub del este mendocino. Todo listo, facturas y mate acompañaban los últimos preparativos de una travesía bien planificada. Bien planificada porque uno llevaba el pan, el otro los chorizos y aquel la gaseosa. No podíamos exceder los magros veinte kilogramos de equipaje en nuestro estrecho monomotor. A eso le sumamos el exceso de peso de mi abultada buzarda, en la que fermentaba ese infame guiso de lentejas con el que me había deleitado la noche anterior.

Y la duda se convierte en certeza. ¿Quién en su sano juicio satisface el paladar con un opulento guiso de lentejas, bien sazonado, justo el día anterior de emprender un vuelo de dos horas? ¡Dichoso sea mi gusto culinario! Estaban perfectas, sabrosas y con el equilibrio perfecto de sal. Una delicia.

Luego del despegue se dificultó la tarea de encontrarnos en el aire con nuestros compañeros de navegación, la visibilidad no era buena. Aunque lejos de ser un inconveniente, ya que permitía el vuelo visual, hacía más entretenido el viaje: “Ahí los vi, están a la derecha”, exclamé. “Es un chimango, ciego culiado”, respondió dulcemente mi acompañante.

Nivelado a siete mil pies, con velocidad crucero, es donde comienza la algarabía extraña de la cabina compartida; sintetizado en tan al pedo que hay que hablar de algo. Es allí donde empieza uno a recordar todas las anécdotas libidinosas; porque, ante todo, hablamos de dos hombres adultos (simio se ríe con simio) encerrados en un hábitat semejante a una cabina telefónica de los años noventa.

Y fue a mitad de viaje, donde no había punto de retorno sensato. Seguir era lo mismo que volver, ya estaba el pollo en el horno. Dependiendo de la calidad del combustible es el funcionamiento del motor. Una falla de carburación, un problema de alimentación, una tosida que desprendió un gas indeseado; de proporciones organolépticas bíblicas. Ya el daño era irreversible, pero un viejo aviador me dijo: «Disfrutá, pichón”. Hay que aprovechar todo momento para enriquecer la experiencia aeronáutica; y si se está acompañado, mejor.

“¡Emergencia Emiliano! ¡Emergencia!» Vocifere sin dudar, mientras con un ademán de la palma acercaba la nube fétida a la nariz del copiloto.

Y sí, estaban buenas las lentejas.

Aún no entiendo el porqué de su reacción, sumado al error de diseño en la ventilación exterior de la aeronave. De pronto nos sacudimos por los aires, mientras recibía golpes de puño, acompañados de las más horribles e irrepetibles groserías. No comprendo cuál era la culpa de mi pobre madre y por qué fue incluida en dicho intercambio verbal.

El descenso se hizo silencioso, incómodo. Ya en tierra, bajo refunfuños, el susodicho abría las puertas para ventilar la pequeña cabina. Creo, y puedo afirmar, que perdió algo de volumen en sus cejas; producto de aquel desafortunado suceso.

Al día de hoy, cuando compartimos un asado en el aeroclub, lo recuerda enfadado y me recrimina: “¿Cómo podés cagarte así? ¡Hacete revisar por un médico animal!”.

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