El Circo del Payaso Pantufla

Un circo de poca monta ha llegado al pueblo de Kilómetro 8... pero cuenta con un espectáculo único en el mundo:

El circo del payaso Pantufla había llegado al pueblo de Kilómetro 8. En realidad nadie sabía a ciencia cierta porque se llamaba “circo” a aquella carpa basada en la costura a la marchanta de jirones de telas de colores que cubrían una estructura de caño, pero como tampoco nadie sabía porqué le llamaban “pueblo” a aquel caserío internado en el medio de la nada, con más perros y gallinas que habitantes, entonces las críticas y especulaciones quedaban en un perfecto equilibrio, en un pacto de caballeros.

Todo con lo que contaba Pantufla era absolutamente intrascendente, como su semblante avejentado y, peor aún, avinagrado de payaso de poca monta. Pero había un espectáculo que valía la pena de todo el circo que montaba el circo y este era el del “Mogul, el osito bebé maravilloso”. Mogul era el cachorro úrsido de no más de cuarenta centímetros de alto que hacía todo tipo de piruletas.

Mogul aparecía tras el telón acompañado por el payaso Cornetita y elogiado hasta la afonía por Pantufla. Inmediatamente el público podía apreciar que no se trataba de un oso común y corriente, sino que desde el vamos era educado y conocedor de su fama. El animal hacía un rodeo saludando a los presentes y de inmediato se ponía a dar saltitos al compás de los aplausos, lo que hacía enardecer las gradas, compuesta por sillas plásticas medias mugrientas, varias puestas de a dos y otras remachadas con tornillos oxidados.

El espectáculo era increíble y, lo mejor de todo, es que casi todas las presentaciones era diferentes, entonces, por más que el circo estuviese en el pueblito, sus habitantes acudían varias veces a disfrutar del espectáculo, incluso rápidamente se corrió la voz y a los pocos días ya había gente de Kilómetro 11, de Corralitos y hasta La Primavera haciendo fila para conocerlo a Mogul.

Una tarde de sábado, mientras Mogul se sacudía epiléptico al ritmo del Rock de la Cárcel de Presley vestido con una chaquetita de cuero y remera a rallas, se paró a los gritos un tipo enorme desde las gradas…

– ¡Esto no pude serr cierrto, quierro que me dehe verr ese anemal! – vociferó en un castellano trabado el grandote, mientras el público quedó atónito ante la irrupción.

– ¿Qué dice que le pasa mi estimado murallón? – le respondió, picante, el Pantufla, mientras que Mogul se detuvo de inmediato.

– ¡Que ese oso es mentirra! – aseguró el gigantón.

– ¿Pero quién se cree usted para decir tremenda canallada?

– Soy Vladimir Salzman, dueño de zoológico ambulante más famoso de Aggentina… y he visto aneeemales de todo tipo, les asegurro que ese oso falso – gritó rudimentario al tiempo que miraba a todos los espectadores.

– Mogul no es un oso cualquiera – gritó con voz afinada Pantufla – sino que yo mismo lo he criado desde recién nacido, entrenándolo en las artes circenses.

De pronto el enorme ruso comenzó a dirigirse hacia el escenario al ritmo que vociferaba – ¡quierro que me deje inspeccionarrlo porr mi cuenta!

– ¡De ninguna manera le voy a permitir que toque a mi osito! – gritó el Pantufla y de inmediato Cornetita y La Trenzuda (una boliviana de trenzas larguísimas y un porte diabólico) salieron a cruzar a Salzman por el pasillo de tierra que separaba las hileras de sillas.

Mogul salió corriendo y se escondió detrás de Pantufla, lo que enterneció al público presente que tampoco dejó que Vladimir pudiera ingresar al escenario. Comenzaron a abuchearlo, un culillo atorrante le tiró una cáscara de banana que le quedó pegada en la barba y, ante el posible fervor de la turba iracunda, el ruso entró en razón y salió bufando indignado de la carpa.

Todo quedó en silencio, entonces, ni lerdo ni perezoso, Pantufla miró a Mogul, balbuceó unas órdenes y el osezno comenzó a dar mortales hacia atrás hasta quedar de piernas abiertas en el piso de hule. El público explotó en aplausos y vítores.

Pero lo que pasó minutos antes de que termine la función fue el verdadero show jamás visto en el Circo del payaso Pantufla. Salzman apareció con un oso de verdad, atado con una cadena como correa. El porte del animal se minimizaba al lado de su dueño, pero cuando comenzó a caminar hacia el escenario y pasó al lado de los habitantes de Kilómetro 8, gente de campo en su mayoría que se parapetaba y retrocedía de inmediato, su tamaño se duplicaba o triplicaba.

– ¡Esta osa he criado a más de diez cachoggrros, propios y de ajenos! – gritó el ruso mientras caminaba sin encontrar defensa hacia el escenario – Es manso, pero no tonta… quierro que se acerrque a Mogul.

Cornetita, la Trenzuda y Láser, un arlequín enfundado en un trajecito de lycra que andaba en un monociclo pinchado, se quedaron atónitos ante la irrupción del ruso barbudo con tamaño bicho que gruñía y caminaba a su lado. Mogul se bajó de un columpio y corrió a paso corto pero apurado directo al lado de Pantufla que se paraba estoico en el medio del escenario.

– ¡Hace algo la reputísima madre que te parió! – susurró Mogul.

– Tranquilo Mario – respondió en el mismo tono Pantufla sin quitarle los ojos a los movimientos de Salzman que se acercaba.

– ¡Que tranquilo, hijo de puta! Frena a ese desquiciado o me rajo – amenazó Mogul.

– Vos te moves de acá y sos boleta – dijo Pantufla camuflando sus palabras con la mano en su barbilla.

– Si el fenómeno es falso mi osa se darra la cuenta di inmidiato – gritó el ruso para que todos lo escuchen parado en el ingreso al escenario.

– Me voy a la mierda Enrique, ¡sacá a ese bicho de acá o me voy a la mierda! – levantó la voz Mogul, pero ante los gritos y abucheos del público expectante nadie más que Pantufla lo escuchó.

– Te moves diez centímetros de acá y te juro que te mato Mario, me arruinas…

– ¡Al que van a arruinar es a mi Enrique! ¡Ese oso me va a hacer mierda!

– Quedate callado infeliz… – ordenó Pantufla a Mogul – ¿pero que carajos le pasa a usted, mal educado? – intentó sonar drástico el dueño del circo dirigiéndose a Vladimir.

– Lo que acabo de decerr… dehe que mi osa se arrime a su oso… ella reconocerr si es un cachorro real – sentenció el ruso.

– ¡Dele Pantufla… déjelo! – gritó el gringo Contino, uno de los vecinos más viejos y respetados de la zona – ahora todos queremos ver si el Mogul es un oso de verdad… – entonces el público comenzó a asentir con la cabeza y a inclinarse a favor de la prueba del ruso.

Pantufla alzó a Mogul y lo arrimó lentamente a la osa que no paraba de olfatear el entorno – sos un hijo de re mil puta Enrique, me saco la máscara ahora mismo – dijo Mogul al tiempo que se arrimaba las garritas al cuello. El dueño del circo abrazó al cachorro envolviendo con su brazo ambas patitas del animal y dejándolo a merced de la situación – te sacas la máscara y te ahorco Mario… va a ser el mejor show de tu vida – masculló entre dientes Pantufla.

La tensión en el circo fue total, el silencio era absoluto, no volaba una mosca. De a poco todos los asistentes comenzaron a pararse, para ver más de cerca lo que podía acontecer. Esta era la prueba definitiva del fenómeno Mogul… un antes y un después en la historia del circo del payaso.

Pantufla se acercaba lentamente hacia la osa, como llevando una ofrenda al mismísimo Tláloc, dios de la lluvia azteca. Salzman estaba parado, sosteniendo con tensión la cadena que ataba a su animal, preparado para la acción ante cualquier movimiento brusco, hiperventilado, con las fosas nasales dilatadas al máximo y su corazón a punto de estallar. Tenía la certeza de que la osa iba a violentarse e intentar atacar a la farsa, sea cual sea su origen, que presumía posiblemente electrónico o de una ingeniería de avanzada. Mogul susurraba decenas de palabrotas entre dientes.

De pronto Pantufla depositó a Mogul a los pies, mejor dicho a las patas, de la osa. Está gruñó levemente al payaso, que retrocedió de inmediato. Miró unos instantes al cachorro, se arrimó parsimoniosa con el hocico a su cabeza… comenzó a olfatearlo, Mogul pareció responder con un “¿grrr?” o algo que se asemejó a una tímida onomatopeya, que el público tomó como inexperiencia del osito en temas de familia y suspiró al unísono. La osa se echó y comenzó a lamer la carita de Mogul, el ruso bufó enojado, Pantufla sonrió de costado y el público explotó en aplausos.

– ¡No se vaya de acá Salzman que tengo una oferta para usted! – casi que le ordenó Pantufla al ruso mientras comenzó a saludar al público indicando que el show había terminado por hoy… y de la mejor manera. Láser, Cornetita y la Trenzuda tomaron la posta y comenzaron a invitar a los presentes a retirarse y volver el domingo.

Cuando salió el último cliente se cerraron las puertas de la carpa y se encendieron las luces nuevamente. En el medio del escenario estaba acurrucado Mogul, envuelto por las patas de la osa, que descansaba plácidamente luego de tantos nervios. El ruso miraba el acto aún atónito, Pantufla fijó la vista en el último en retirarse del circo para recién reparar en los ojos de Salzman.

– Te vendo a Mogul.

– Pero… – alcanzó a decir Mogul, sólo perceptible para el oído de Pantufla que le dio un pequeño puntapié en la nuca.

– ¿Cuánto? Ya…. – ordenó Salzman.

– Diez mil dólares – respondió inmutable Pantufla.

– Hijo de re… – otro pequeño patadón sacudió la nuca de Mogul.

– Clarro que si, acecto – extendió el bazo libre Salzman para sellar el trato.

Esa misma noche se realizó el intercambio en el zoológico itinerante de Salzman. Previo a que el ruso meta a la osa y su flamante cachorro a la jaula correspondiente, Pantufla le pidió permiso para despedirse de Mogul, lo que por supuesto, el ruso aceptó de buena gana.

– Confiá en mi Mario – le dijo despacito al Mogul mientras lo abrazaba.

– ¿Cómo me vas a hacer esto? Sos tremendo hijo de puta Enrique – respondió igual de bajo Mogul.

– Vos confiá… llevamos veinte años laburando juntos… haceme caso.

El domingo el circo no abrió, como era de esperarse. Los rumores de la venta del oso se esparcieron por el pueblo como se esparcen las moscas luego de la época de abono. El ruso anunció que el lunes el zoológico partía hacia otros horizontes, orgulloso de su última adquisición. A Pantufla lo vieron entrar a la carpa de los Juan… unos gitanos de la zona y no dio más señales de vida ese día.

Mario no había pegado un ojo desde el sábado por la noche. Si bien el traje le quedaba holgado, jamás había estado más de una hora y media dentro de él, mas o menos lo que le llevaba prepararse para el show y brindar su espectáculo. El sudor corría por su cabeza calva y le picaba la barba, elemento que usaba para intentar simular su hombría ante su escaso metro veinte. La osa lo rondaba y olfateaba, a veces lo cabeceaba y otras le gruñía, pero parecía no dudar de la condición animal del enano disfrazado.

Llegó la noche del domingo, si bien Mogul había escuchado que el lunes el zoológico partía, no había forma de escapar por los barrotes de la jaula, tampoco de animaba a sacarse el traje y denunciar su condición humana, ante los salvajes ojos de la osa. Iba a esperar que el ruso en algún momento abra la jaula para contar todo y que suceda lo que tenga que suceder con su ex amigo, su ex dueño, el payaso Pantufla. La osa se quedó dormida casi sobre Mogul… entonces, de pronto, el osito sintió que una mano le agarraba la patita y lo arrastraba lentamente hacia los barrotes… – ¡¿pero que concha pasa?! – alcanzó a decir mientras un “shhhhhhh, cállate pelotudo” familiar lo hizo detener sus palabras.

– Caminá despacio hacia la puerta de la jaula – le susurró Pantufla a Mogul al tiempo que uno de los Juan forzaba la cerradura del candado. Apenas se abrió la puerta Pantufla sacó de un bolso un cachorro de oso real y lo empujó hacia adentro, cerrando nuevamente la puerta de la jaula. – Caminá y cállate – le ordenó al Mogul mientras se escabullían los tres por la oscuridad de la noche.

Al llegar al recinto donde aparcaba la comitiva circense, vio que todo estaba despoblado y armado para partir esa misma noche. Primero arrancó el Mercedes 1114 que llevaba los bártulos del circo y luego colectivo/hospedaje que alojaba a los miembros del circo. Detrás de todo iba la Ford de Pantufla, quién luego de darle un sobre al gitano, ayudó a Mogul a subirse al vehículo.

– Te dije que confiaras en mi…

– Sos un hijo de puta Enrique.

– Tomá… eso es tuyo – lo calló Pantufla pegándole en el pecho con un fajo de dólares a Mario que aún estaba con el traje de osito puesto hasta el cuello. – terminá de sacarte esa mierda que tengo otra sorpresita para vos.

En la caja de la camioneta había un envoltorio de papel, Mario se pasó para atrás por la ventana que separaba la cabina del fondo. Al abrirlo vió un trajecito de león… de león cachorro… perfectamente diseñado.

– Por dos mil dólares los gitanos me consiguieron un oso de verdad y te compré ese trajecito para vos… – canturreó feliz Pantufla – ahora el ruso puto ese tiene su oso cachorro de mierda, vos te ganaste tres mil dólares y el circo tiene a “Yoyo, el leoncito bebé Maravilloso”… ganamos todos jeje.

– ¡Sos un hijo de mil puta Enrique! – gritó socarrón Mario.

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1 comentario en “El Circo del Payaso Pantufla”

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