El recital como ritual: The Weeknd, Backstreet Boys y el Padre Guilherme

La experiencia mística de la música, el escenario como altar, el egregor emocional del público y el estadio como templo.

Estos últimos días, en distintos lugares del mundo se han producido fenómenos que tienen a la música como excusa para reunir a millones de personas alrededor de algo muy esotérico (en el sentido iniciático). The Wekend en Seúl,  Backstreet Boys en Alemania y el Padre Guilherme en Mendoza.

¿Qué tienen en común? Vamos de a uno. Y, en el final, la conclusión sobre qué une las tres experiencias.

El ritual ancestral alrededor de un elemento místico

Mucho antes de que existieran los estadios, los sistemas de sonido y las entradas digitales, las comunidades humanas ya se reunían alrededor del fuego para cantar, danzar, invocar a sus dioses y recordar quiénes eran.

La música no era solamente entretenimiento, era una tecnología colectiva para producir emociones, construir identidad y experimentar algo que trascendía al individuo.

El recital contemporáneo conserva parte de esa arquitectura ancestral. Cambian los dioses, los lenguajes y los dispositivos, pero persiste la necesidad humana de reunirnos para sentir juntos.

El antropólogo Mircea Eliade estudió cómo las sociedades tradicionales distinguían los espacios sagrados de los profanos. El espacio sagrado no se define por su arquitectura, sino por la experiencia que ocurre en él, separada de lo cotidiano.

Las partes del ritual

Un ritual tiene momentos muy concretos: separación del espacio cotidiano, entrada en una atmósfera de intimidad, acceso a lo intangible, éxtasis de encuentro, bajada emocional, cierre y retorno.

En un recital, esa separación de lo cotidiano se produce mediante una serie de operaciones muy concretas y visibles:

La elevación: el artista (antes, el chamán o sacerdote) ocupa una posición visible que lo distingue del resto.

La iluminación: los reflectores (antes, el fuego) crean un centro de atención y dejan a la multitud en una penumbra relativa.

El sonido: la música (antes, los tambores y timbales) invade el espacio y establece una atmósfera compartida.

La espera: el público atraviesa un período de anticipación antes de la aparición del artista.

La aparición: el cantante entra en escena y concentra miles de miradas en un solo punto.

El escenario se convierte así en un centro simbólico. Todo parece orientarse hacia él.

Pero últimamente asistimos a experiencias inmersivas en donde el escenario se introduce en el público y el público es parte del escenario.

The Weeknd: entre la figura humana y la figura mística

En la presentación del 8 de octubre en Seúl de la gira After Hous Tul Dawn, The Weeknd construye una ceremonia en donde la oscuridad tiene un protagonismo narrativo, no sólo estético.

La noche, el exceso, el deseo, la soledad y la fragmentación de la identidad forman parte de la propuesta de intensidad interna.

El escenario funciona como una especie de altar en donde el público contempla sus contradicciones convertidas en imágenes, sonidos y cuerpos. https://www.youtube.com/watch?v=n2vsYVmUvS4

En el centro de la escena aparece una figura femenina dorada de tamaño gigante, en la intersección de los lados de una cruz, y alrededor de la cual giran las luces, la música y la coreografía de personas con túnicas rojas.

Desde una perspectiva simbólica, este espectáculo representa una especie de descenso a los infiernos de la cultura contemporánea y la elevación de “Lo femenino” en el centro.

¿Será una representación de Eva, de Lilith, de Sophia, de la naturaleza?  Todas formas en donde la mujer es presentada como canal de mediación axial que materializa el espíritu creador.

Durante el show, Abel Tastaye suele arrodillarse, cantar y realizar poses dramáticas o de “veneración” directamente frente a la escultura, dando lugar a momentos muy virales que los fans interpretan de diferente manera.

Para algunos representa a alguna de sus exparejas; para otros, la idealización de “la mujer perfecta” en una narrativa visual icónica.

El escenario está rodeado de ruinas. La figura femenina está frente a él, casi en el medio de un portal de salvación que conduce al último tramo del escenario en cruz, lo que está “del otro lado” de la destrucción luego de la intervención femenina.

The Backstreet boys: la nostalgia como producto

El caso de una de las bandas icónicas de los ´90 es diferente, porque lo que está en el centro de la escena es intangible: la nostalgia que atraviesa generaciones. https://www.youtube.com/watch?v=r7mO_JwUOPg

Los miembros de la banda pertenecen, por sus edades, a la generación X  y su público es básicamente la generación X tardía y los primeros Millennials, pero se ha extendido al público Z.

Lo que se ve es un grupo de hombres maduros, de +50 con una estética futurista, cantando canciones que tienen 30 años, remixadas y con coreografías que mezclan lo que hacían en los ´90 con lo que sus cuerpos y sus voces permiten ahora, que no es poco.

Tres generaciones, un solo producto

Aquí hay una cuestión innegable, ellos han envejecido junto con su público original, eso es visible y forma parte de la estética. No son inmaduros que se niegan al paso del tiempo.

Tampoco juegan con que el tiempo no pasó o que son inmortales. Pero revelan un mensaje interlineal que queda expuesto: la juventud es una actitud.

Lo que traen los Backstreet Boys, más allá de lo que caracterizó sus puestas en escena desde principios de siglo (la tecnología), es un retorno a una parte de la historia individual que se actualiza con la experiencia y se vuelve hito cultural de tres generaciones.

El recital transforma emociones privadas en experiencias públicas. Ellos no venden novedad, venden la experiencia de resignificar el valor de lo vivido de manera transversal. Es algo más profundo que la nostalgia.

El público puede experimentar la sensación de recuperar, aunque sea durante unas horas, una continuidad biográfica. La persona adulta vuelve a encontrarse con quien fue, pero lo hace desde su cuerpo actual, con sus pérdidas, sus logros y sus decepciones.

El reencuentro no consiste en fingir que nada cambió sino en reconocer que algo logró sobrevivir a los cambios. El ritual no devuelve el pasado de manera literal pero permite actualizarlo. Y quizá por eso una canción que antes hacía bailar ahora puede hacer llorar.

El retorno al origen

El nombre de la gira: Into the Millenium Homecoming: Hacia el nuevo milenio, regreso a casa. No es un nombre casual, el agregado “de regreso a casa” tiene ese dejo de querer recuperar algo que dejamos en el camino, de retorno al origen vital de la experiencia.

En el inicio del recital, ellos vienen de lo alto, volando en tablas de surf que surcan el aire, y se asientan sobre un pentágono en el centro del campo.

Lo similar con The Weeknd es el centro de la escena en el centro del estadio. La forma pentagonal tampoco es casual. No busca sólo una visión en varios ángulos, sino la fragmentación del todo en sus partes y la reunión de los fragmentos en una geometría perfecta que es al mismo tiempo origen y destino.

Son cinco individuos que forman una banda y una banda que es parte constitutiva de sus cinco integrantes. El famoso «Solve et coagula» (disuelve y junta). Es la geometría del pulso, el latido, la vida.

El Padre Guilherme: ¿regreso a lo sagrado o espectacularización de la fe?

Históricamente, distintas tradiciones religiosas han utilizado el canto, el ritmo, la danza, la respiración y la repetición para sostener prácticas colectivas. La cultura electrónica, por su parte, organiza muchas de sus experiencias alrededor de la continuidad rítmica y la sincronización corporal.

El sacerdote portugués Guilherme Peixoto llegó a la provincia para presentarse en el Teatro Griego Frank Romero Day.

Lo que sucede en este espectáculo es simbólicamente potente: la pista de baile, tradicionalmente asociada con el entretenimiento nocturno, se transforma en un espacio de convocatoria religiosa.

El sacerdote no necesita reproducir la solemnidad de una misa tradicional para construir una experiencia de pertenencia. Utiliza un lenguaje que las nuevas generaciones ya conocen: la electrónica, los graves, los cambios de intensidad, las luces, las voces procesadas y la energía colectiva. Pero cambia el significado de aquello que se escucha.

Un mensaje papal puede convertirse en parte del crescendo musical. Una oración puede adquirir la fuerza de un estribillo. Una cruz iluminada puede organizar la mirada de miles de personas del mismo modo que una figura central organiza un festival.

El ícono religioso se utiliza como símbolo cultural. La música no está ahí solamente para entretener: se utiliza como vehículo de evangelización, encuentro y expresión de la fe.

Ese propósito forma parte de lo que el propio Peixoto ha explicado sobre su proyecto, bastante combatido por los sectores ortodoxos del catolicismo.

La experiencia religiosa moderna

En la modernidad, la religión dejó de organizar de la misma manera todos los ámbitos de la vida en muchas sociedades. Sin embargo, la necesidad de pertenecer, compartir símbolos y experimentar algo que supere la rutina, no desapareció.

Su propuesta puede entenderse como una adaptación pastoral, pero también como una negociación entre dos universos: la institución religiosa y la cultura del espectáculo.

No son lo mismo, pero comparten una intuición fundamental: la emoción no ocurre únicamente en la mente. También se construye a través del cuerpo y de la presencia de los otros. Se trata de una experiencia en dónde la fe deja de ser intangible y el éxtasis místico se suda.

Si entendemos lo sagrado exclusivamente como aquello que pertenece a una religión, el recital será apenas un espectáculo profano.

Pero si lo abordamos desde una perspectiva simbólica y antropológica, podemos formular otra pregunta: ¿qué experiencias contemporáneas producen una interrupción de lo ordinario, una sensación de pertenencia y la percepción de estar participando en algo que nos supera?

Lo sagrado y lo profano

No toda experiencia intensa es sagrada, pero los seres humanos seguimos buscando espacios sagrados, donde el tiempo cotidiano se suspenda, donde la emoción encuentre una forma compartida y donde la identidad individual conecte con una historia colectiva.

El escenario es altar porque organiza una presencia excepcional, deja de ser solamente un lugar donde alguien actúa. Se convierte en el centro de una ceremonia colectiva.

El recital es ritual porque transforma una reunión de espectadores en una comunidad temporal.

Y la música es el vínculo porque permite que esa comunidad sienta, al mismo tiempo, algo que cada uno llevará consigo de una manera diferente.

El fenómeno del padre Guilherme no se limita a utilizar recursos visuales religiosos: incorpora explícitamente la fe cristiana al lenguaje de la música electrónica.

Por eso, cuando miles de personas levantan los brazos al mismo tiempo, ese gesto puede expresar cosas muy diferentes, pero siempre adquiere una dimensión que excede al individuo.

La multitud produce una imagen de unidad.

El ritual como espacio de unidad

Quizá el fenómeno más interesante sea que la cultura contemporánea no ha eliminado la necesidad del altar. Ha multiplicado los lugares donde las personas buscan algo capaz de reunirlas, emocionarlas y darles una sensación de pertenencia.

Algunos encuentran ese lugar en una iglesia. Otros, en un estadio. Otros, en una pista electrónica.Y muchos transitan entre esos espacios sin percibir necesariamente una contradicción.

El escenario es el altar de nuestro tiempo cuando deja de ser solamente un lugar para mirar y se convierte en un lugar donde una comunidad se reconoce a sí misma.

La pregunta decisiva no es quién ocupa ese escenario, sino qué promesa reúne a quienes están frente a él: ¿la promesa de sentir, la de pertenecer, la de encontrar sentido o la de creer que, por un instante, no estamos solos?

Porque el verdadero ritual no es el espectáculo que ocurre arriba, sino lo que sucede abajo, entre miles de personas que, durante unas horas, encuentran una manera de sentirse parte de algo común y que los trasciende.

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