Hay noticias pequeñas que funcionan como la piedra que desata una avalancha. Este año me salió un carcinoma espinocelular en la mano derecha. Para la medicina moderna, nada del otro mundo: un diagnóstico a tiempo, una pequeña cirugía rápida, un par de puntos y a otra cosa.
Sin embargo, en mi cabeza esa pequeña incisión provocó un verdadero efecto mariposa. En un segundo me desarmó y me arrojó sin escalas a una fosa que creía haber tapado: la depresión reprimida por la muerte de mi madre.
Mi mamá tuvo un sarcoma de mama que se la llevó a los 51 años. Peleó durante un año entero entre quimioterapias, internaciones y operaciones, pero su cuerpo no aguantó.
Durante muchísimo tiempo me cargué a la espalda una culpa aplastante. Pensar que hubo una mala praxis, sentir que el médico no dejó el margen necesario entre el tumor y el tejido sano, recordar el infierno de las infecciones posteriores y sentir que no supimos o no pudimos defenderla.
Esas sombras te aplastan. Te hacen bajar de peso, te quitan el sueño y te dejan marcado. Hasta el día de hoy, en el silencio más pesado de la noche, a veces me parece volver a escuchar el sonido rítmico e indiferente de su respirador.
Pero no todo es triste, déjenme contarles un poco de ella.
Ella conoció la soledad demasiado temprano. A los 15 años perdió a su mamá y le tocó salir a criar a sus hermanos junto a su abuela. Tenía una inocencia muy particular para buscar el consuelo de lo que había perdido: decía que su mamá estaba en Alfa Centauri, la estrella más cercana a la Tierra.
A mí me causaba una ternura infinita. La estrella más brillante del cielo nocturno era, para ella, el refugio de su madre.
Yo no comparto esa fe. Soy más bien ateo, me cuesta horrores creer en el más allá o en un cielo donde nos volvamos a encontrar.
Por eso, mi forma de buscarla a ella tuvo que ser distinta, terrenal. Decidí imaginarme que mi vieja seguía viva a través de mí, de mis vivencias, de las cosas que yo experimentaba.
Este año, cuando me casé, no la busqué arriba entre las estrellas, ni en los rincones de la capilla o en el rostro de los invitados: la busqué adentro. Quise sentir que ella estaba presente en ese momento tan importante mirando la fiesta a través de mis propios ojos.
Pero había una deuda que me quemaba por dentro.
Mi mamá pasó la vida postergándose. Nunca nos faltó nada, pero todo lo que entraba a la casa se destinaba a la prioridad de turno: ampliar una habitación, comprar materiales, asegurar la escuela de mi hermano mayor y la mía, pagar las cuentas, etc.
Ella y mi papá podían haberse ido de vacaciones, pero la casa siempre estaba primero. La vida adulta nos atrapa en esa trampa de posponer el disfrute para «cuando estemos más holgados». Y cuando a ella le llegó finalmente la oportunidad de empezar a viajar y a disfrutar de lo cosechado, la enfermedad no le dio tregua.
Se fue de este mundo sin haber conocido el mar. Eso siempre me pareció una injusticia atroz.
Hace unos meses me fui de luna de miel al mar Caribe y en un atardecer, mientras el sol caía sobre la arena, me quedé parado solo frente a la inmensidad del agua.
Cerré los ojos, respiré profundo e intenté conectarme con ella con todas mis fuerzas. Le presté mi mirada. Me quedé ahí, mirando las olas y el horizonte, diciéndole en silencio: «Mirá, mamá. Este es el mar. Te lo traje».
Hace un par de días, el 15 de octubre, ella habría cumplido 68 años, y este domingo es el Día de la Madre.
Quizás el mejor homenaje no sea buscar respuestas que no existen ni martirizarnos por los errores del pasado, sino entender que el amor de quienes se van se queda impregnado en cómo elegimos vivir.
Si no podemos cambiar el destino ni encontrar a nuestros muertos en las estrellas, al menos podemos prestarles los ojos para que sigan descubriendo el mundo.
Feliz cumpleaños, mamá. El mar era hermoso, tal como te lo imaginabas.