Me duele el no comer

Ferchu nos deja una catarsis de un problema que mucha gente puede atravesar y sentirse en la misma situación.

Son las tres de la mañana. No dudo. Después de scrollear videos, de apagar la tele y de hacer todo lo que supuestamente tenía que hacer, arranca el verdadero combate. Es ese ratito en el que me quiero sentir feliz. Y ahí nomás me autoengaño: “Bueno, total en el día no comí tanto, me lo merezco”.

Me levanto. Porque, obvio, me levanto: en mi casa siempre tiene que haber algo. Voy a la cocina, reviso el mueble por si quedó un resto de algo. Si no hay nada, abro la heladera con esa esperanza, con ansiedad, pensando en que lindo sería haber hecho una chocotorta en la siesta, pero no pude. Trabajé, pero mientras pensé todo el día en la noche, en que seguro comería algo rico, algo dulce. Me digo que siempre es mejor no almorzar pesado, así a la noche como eso. Si la heladera está pelada, no tengo drama en ir más lejos reviso la mochila de la escuela de mi hijo, manoteo lo que le haya quedado de la merienda, o manoteo alguna de esas sorpresitas de cumpleaños que quedaron dando vueltas. Me siento y como lo que haya.

En el momento es una fiesta. No puedo parar, me encanta, me da ese subidón furioso de azúcar, de glucosa, de lo que sea que le inyecte un poco de alegría rápida al cuerpo.

Dura diez minutos.

Y ahí empiezo a bajar. Que hija de puta me siento. Que mal que hago.

Diez minutos exactos. Después viene el traspié, la culpa, la tristeza. Me vuelvo a la cama sintiéndome lo peor. Y claro, con semejante inyección de azúcar en sangre, ¿quién se duerme? Ahí empieza el loop, ¿Por qué hago esto sí sé que me hace mal? ¿Por qué no le encuentro la vuelta?

Y ahí arranca lo otro para sentirme mejor: me pongo a buscar soluciones mágicas: pastillas, recetas milagrosas, videos de autoayuda que no sirven para nada. Hongos, ampk, aceite de coco, aceite de orégano, chía, taichi. Todos me los sé… todos me salen en mi algoritmo. Vuelvo a entrar en ese círculo vicioso de la fantasía: me imagino cómo sería mi vida si fuera más delgada, cómo sería si no estuviera «enferma», cómo sería si no tuviera esta adicción como una mochila todo el día. Y vaya que es pesada la mierda esta.

Me pongo a pensar en las demás. ¿Cómo hacen esas pibas que tienen hijos y están ahí nomás impecables y delgadas? ¿Cómo hace la gente que tiene mi edad y tiene esa fuerza de voluntad de fierro para ir al gimnasio, salir a caminar, cumplir con todo? ¿Cómo carajo hacen para estar felices sin necesitar clavarse un chocolate o un alfajor? Porque yo no puedo. Yo no conozco otra forma de sentirme contenta en esa hora muerta que no sea con ese alfajor a las tres de la mañana.

A veces termino llorando en silencio en la almohada hasta que el cuerpo afloja y me duermo.

Y al otro día… al otro día me despierto peor. Me despierto mal, con el cuerpo pesado, descompuesta, con la resaca de la culpa antes de que empiece siquiera el sol.

Pero a pesar de todo, me tengo que levantar y seguir.

Y ahí arranca la otra tragedia del día a día. Porque claro, supuestamente tenés que despertarte temprano, desayunar bien como me dijo una nutricionista a la que fui, (pesaba más que yo, la juzgué mal, la dejé.), pero me despierto a las once, y lo único que hice fue calentar la pava y tomar mate. Ya arranqué para el orto.  Después llega el almuerzo, y obvio que no hago ninguna de esas recetas celestiales que vi a las tres de la mañana donde hay que comer huevo revuelto y yuyos. Hago lo que puedo, y si tengo muchísima hambre a esa hora.

A la media tarde vuelvo a caer: cero manzana, cero avena, nada de yogurt griego…. a esta altura mate y tortas. Una mierda.

Llega la noche, me siento con bronca a cenar.  Pero al mismo tiempo me agarra pánico: ¿no compré nada dulce para comer? ¿Qué me pasa? ¿Acaso soy una boluda? ¿cómo no voy a tener? ¿Cómo no voy a tener si me da ansiedad, si me duele físicamente no tener un chocolatito?

Sé que tendría que pedir ayuda, o peor aún: sé que ya pedí ayuda, me la dieron, y la rechacé. Porque si lo pienso sin vueltas, en el fondo me digo: es que la vida es más linda comiendo un alfajor, es que la vida es más linda comiendo chocolate, y la verdad es que te quedás vacía y triste si no lo hacés.

Ahí es donde te cae la ficha y digo que lo parió: todo esto es una enfermedad.

Y todo se mezcla. Porque esto no flota en el aire; se alimenta de todo lo demás. Me afectó escribir sobre el bullying, me afecta el hate en las redes, me atravesó el alma el hate que me tiraron cuando salí en un video con mi hijo. Y todo eso me condiciona, me atraviesa la piel literal: me brotó toda la cara, no puedo salir en las redes a hacer lo que más me gusta —que es crear videos, sonreír, mostrarme—. Me encierro, me pongo más triste y vuelvo a comer. El estrés ataca el cuerpo y el cuerpo busca refugio en lo mismo de siempre.

Esto no es una nota con moraleja ni un pedido de auxilio. Tampoco es el típico texto motivacional donde prometo que «a partir de mañana mi vida cambia para siempre», porque no voy a vender humo como Bomur. Es, simplemente, una reflexión que necesitaba sacar, poner en palabras y plasmar. Un diagnóstico de mi propia mochila, con el deseo profundo de que, en algún momento y a mi propio ritmo, pueda llegar a cambiarlo.

Si estás en la misma que yo, te abrazo, te invito a caminar o simplemente a llorar. Quién sabe.

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2 comentarios en “Me duele el no comer”

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