Esta es una historia real que sucedió en nuestro país.
Transcurre en General Pico, provincia de La Pampa. Una ciudad más pequeña que la capital provincial, pero más grande que la inmensa mayoría de los pueblitos que se reparten por la planicie al costado de las rutas. Ubicada justo en el límite entre la pampa húmeda y el llano seco, es estadísticamente el segundo asentamiento en importancia de la provincia. Algo de esa contradicción se refleja en su geografía: fue pensada como una ciudad moderna, de calles amplias, edificios de varias plantas y una avenida principal donde las tiendas ofrecen sus productos a la sombra de la siesta. Supo tener un aeropuerto de carga que hoy se encuentra en desuso, esperando tiempos mejores para volver a funcionar. Y, aun así, desde el propio centro se puede apreciar en la distancia el interminable horizonte pampeano, con sus campos dorados labrados para la cosecha, las nubes convulsas que se amontonan formando tormentas y los pequeños manchones de monte y yuyos que todavía resisten al hombre.
Por sí sola, la ciudad no guarda nada destacable. Como en tantos otros rincones del interior, la costumbre es ley. Pocos hechos alteran su lento deambular y, de ocurrir, resultan más curiosos que otra cosa. Por mencionar algunos, Pico es la cuna del único club de la provincia que jugó en la primera división del fútbol argentino y, por muchos años, se hizo famosa por haber organizado el asado más grande del mundo en 2011.
Pero hay otro hecho que los vecinos optan por omitir. Algo que no aparece en los panfletos turísticos. Un secreto a voces que se enseña desde niños a no comentar en la calle porque allí todos son primos o amigos de alguien, y a nadie le gusta incomodar. Un misterio que solo quienes han llegado hasta él saben cómo buscar y encontrar. Su sola revelación abre la puerta a las más variadas teorías; expliquen o no lo que sucedió verdaderamente, resultan todas igual de fascinantes.
Esta es, justamente, la historia del cabo Sergio Pucheta.
Hay que viajar en el tiempo hasta marzo de 2006. El cabo Luis Sergio Pucheta patrulla la ruta provincial número 1 en su motocicleta. Realiza el recorrido de siempre: sale de la seccional antes del atardecer para internarse por la noche en la ruta agrietada y oscura, sin más luz que la de su faro y la de la luna. Sus compañeros lo describen como un hombre callado, muy comprometido con el trabajo y sin ningún antecedente que valga la pena recordar. Su vida parece indicar lo que había sido hasta entonces: un simple agente de la ley, ni más ni menos.
Maneja por el camino, rodeado por la pesada calma del llano que duerme y espera. Va atento a cualquier señal que rompa la monotonía de la guardia. Cada tanto cruza un vehículo que le hace cambio de luces o le extiende un saludo amigable. Sergio lleva bastantes años en la división de Seguridad Rural, la brigada anti-abigeato local. Es un trabajo movido si se tiene en cuenta que es el principal delito cometido en los campos del país. Son los años del boom sojero, por lo que la cría de ganado ha perdido terreno y se desplaza hacia zonas marginales. Allí, en pleno monte bajo, espeso y espinoso, los cuatreros descubrieron que pueden trabajar tranquilos. Al mismo tiempo, la salida de la convertibilidad disparó los precios de la carne —estamos a días de que el presidente Néstor Kirchner establezca la veda a las exportaciones que durará años—. La carne se ha vuelto una mercadería codiciada y muchos están dispuestos a correr el riesgo.
Sergio sabe lo que cuesta criar una vaca; escucha a los vecinos de General Pico cuando, impotentes, descubren los restos del delito en sus campos. Le ha tocado ver de todo: desde cuatreros profesionales que carnean los animales a contrarreloj para llevarse las presas sangrando a frigoríficos clandestinos, hasta el llamado «abigeato hormiga», donde los propios lugareños entran al campo para rescatar algo de comida para sus casas, una postal común de la postcrisis de 2001. Nunca es grato ver un animal carroñado, abierto al mundo desde su interior, descansando sobre la pesada sombra roja de sus propias entrañas.
Por eso, no le sorprende que algunos piensen en cosas raras. General Pico no es ajeno a las historias de ganado mutilado; extraños eventos donde los animales aparecen muertos, profanados y despojados de partes de su cuerpo sin lógica aparente. Vacas ciegas, sin quijada ni ojos, incluso castradas con una precisión que simula el uso de utensilios quirúrgicos. Pero esto no lo asusta. Es un profesional y sabe que siempre habrá historias sin explicación, de esas que la imaginación popular se encarga de exagerar.
Aproximadamente a las 21:30 horas, llega a un paraje conocido como el Cruce de las Cañas. Es una encrucijada de caminos de tierra tosca y greda entre montes de caldén, bautizada así por las cañas que crecen en los zanjones laterales de la ruta, donde se estanca el agua de lluvia.
Sergio detiene la moto. Algo llama su atención entre las sombras del cañaveral: un resplandor fijo y blanco que se desparrama lentamente hasta asomarse por encima de las puntas de las cañas chamuscadas por el sol. A esa altura del camino, en medio de campos abandonados, él sabe que solo puede tratarse de cuatreros. Enciende la radio:
—Central de Base Pico, acá habla el cabo Pucheta. Me desplazo por Ruta 101 hacia zona rural Dorila. Observo movimiento sospechoso en la picada. Solicito apoyo de móvil de refuerzo en el Cruce de las Cañas. Quedo atento a novedades, cambio.
Sergio se baja y se acerca para observar mejor. En la división, la orden no es confrontar a ciegas. El protocolo es claro: no perder el contacto visual con los sospechosos. «Preservar y observar», le llaman. Mientras busca por dónde ingresar al campo, Sergio descubre, a unos cincuenta metros, dos luces rojas. Pequeñas, constantes y fijas sobre él, como dos ojos que lo vigilan desde la penumbra. Temiendo que sean los faros traseros de un vehículo, Sergio intenta agacharse.
Pero no puede.
Agita las piernas y solo consigue que se le hinchen los gemelos, hundiéndolo todavía más en la greda. Intenta mover los brazos, pero solo logra cerrar los puños contra el cuerpo. Lo invade un extraño cosquilleo. Algo no lo deja moverse de su lugar. No hay entrenamiento que lo pueda haber preparado para lo que siente en ese momento. Y las luces rojas se acercan a él más y más.
Para cuando llegan los refuerzos, no hay rastros de Sergio ni de las luces que describió. El despliegue es inmediato. Un compañero de la fuerza, Marcelo Villegas, que estaba de franco esa noche, había recibido una llamada en su celular proveniente de Sergio minutos antes.
—¿Qué pasa, Sergio?
—…
—Sergio, ¿me escuchás?
—Venite para las Cañas, vos sabés qué pasa —le dijo Pucheta antes de cortar.
Su amigo, alarmado por el tono de la llamada, alertó a emergencias. Por eso toda la unidad se encuentra ahora en el cruce.
La escena es desconcertante. Los agentes encuentran la moto de Sergio tirada a un costado de la ruta. Junto a ella están el celular, el handy y su arma reglamentaria. Los tres elementos están totalmente desarmados. A los dispositivos de comunicación les han quitado las baterías. A su lado, reposan la empuñadura, el cañón y el seguro de la pistola, junto con el cargador y los proyectiles. Todo está perfectamente apilado. En un orden milimétrico y sepulcral.
Durante el primer rastrillaje no detectan señales de pelea ni huellas de otros vehículos. Sus compañeros deciden investigar campo adentro. Se dividen las tareas, encienden las linternas y empiezan a peinar la zona, atravesando los surcos abandonados, …tropezando entre los matorrales, empujándolos para revisar mejor, como si se tratara de una multitud que se rehúsa a moverse. El cielo se encapota y se torna de un color pardo. En esas condiciones es casi imposible distinguir a simple vista el rastro de un animal o el de una persona.
—¡Sergio! —gritan sus compañeros. Agitan las linternas como luciérnagas espantadas por una mano invisible que intenta aplastarlas.
—¿Algo por ahí?
—Nada. Acabo de tropezar con una vizcachera. González también la pisó y se dobló el tobillo.
—¡Che, por acá! —grita uno de los oficiales. Todos corren hacia él y forman un círculo para alumbrar la tierra.
En el suelo se observan pisadas que coinciden con las botas de Sergio. Al principio parecen pasos normales, pero en un punto comienzan a separarse de forma inverosímil: primero por un metro, luego por dos, hasta llegar a una distancia de siete metros entre zancada y zancada. El rastro se extiende así por casi tres kilómetros hasta desaparecer en pleno campo, sin dejar ninguna otra señal. Era como si algo hubiese levantado a Sergio por los aires.
La búsqueda continúa y notifican a la central para desplegar más unidades de otras divisiones. A esa hora, la desaparición y el pedido de paradero del cabo Pucheta ya son oficiales. Se le da intervención al juzgado y se moviliza a toda la fuerza provincial; incluso notifican al ministro de Seguridad.
Cerca de las dos de la mañana, una tormenta feroz irrumpe en la localidad y obliga a detener los rastrillajes. Los agentes suben a los patrulleros. Algunos toman café de un termo y otros encienden cigarrillos que sostienen débilmente contra la ventanilla apenas baja, lo justo para dejar salir el humo sin que el aguacero inunde el habitáculo. Solo queda esperar. Pero el aluvión es tal que deben replegarse hacia la ruta pavimentada por el peligro inminente de quedarse encajados en el barro.
Llueve durante casi dieciocho horas seguidas. Los compañeros de Sergio no dejan su puesto en la comisaría ni siquiera cuando amanece. Aguardan instrucciones. Nadie duerme; todos se enfrascan en la dolorosa mirada que se devuelven mutuamente, atrapados en la impotencia de lo ocurrido.
Pasadas las cuatro de la tarde, la policía recibe el llamado de un lugareño: dice que acaba de encontrar a una persona en posición fetal en un zanjón, cerca de su propiedad. Al poco tiempo, la unidad desplazada confirma que se trata de Sergio. Sus compañeros se apresuran a llegar al lugar. Para su alivio inicial, el cabo no presenta ninguna herida visible. Pero la tranquilidad dura un suspiro. Encuentran a Sergio sentado en el suelo, con la cabeza escondida entre los brazos. No para de temblar; necesita que lo ayuden para sostener un vaso y tomar agua. No responde a ninguna pregunta ni se inmuta al ver a toda la fuerza reunida a su alrededor. Lo único que llega a balbucear antes de que lo suban a la ambulancia es una frase que helará la sangre de los presentes:
«Eran chiquitos, de ojos rojos. Me daban órdenes y me dijeron que no dijera nada».
Sumado al breve y críptico testimonio de Sergio, sus compañeros notan un detalle perturbador en su ropa: está completamente seco y limpio, como si las casi veinte horas de tormenta y barro no lo hubieran tocado. Los oficiales tampoco detectan huellas de personas ni de vehículos en los alrededores. Al igual que sucedió con las pisadas kilométricas del cruce, daba la sensación de que a Sergio lo habían depositado en ese zanjón desde el mismísimo cielo.
Lo trasladan al hospital local. Allí, los médicos descubren en la planta de sus pies varias ampollas. Por su tamaño y distribución, parecen quemaduras perfectas, como si le hubiesen apoyado un fierro caliente. Durante toda la revisión, Sergio no deja de tiritar y suplica que apaguen las luces; dice que no las soporta. Tal es su desesperación que solo se tranquiliza cuando lo trasladan a una habitación en penumbras y lo dejan descansar a oscuras.
Cuando recupera algo de lucidez y le preguntan por lo sucedido, repite siempre la misma secuencia: que por momentos estaba y no estaba; que su memoria se fragmentaba en instantes de una intensidad insoportable seguidos por largos periodos de absoluta oscuridad. Algo o alguien lo obligó a sacarse sus pertenencias y desarmarlas. Tiene la certeza de haber sido suspendido en el aire, arrastrado y depositado en un lugar del que no podía escapar. Fue allí donde sintió el calor abrasador en los pies. Además, arrastra una convicción paranoica: cree que si se queda quieto en el lugar donde lo encontraron, van a volver a buscarlo. No puede precisar quiénes, pero insiste con lo mismo: los de los ojos rojos.
A partir de esa noche, Sergio atraviesa varios meses de licencia médica. Sus superiores no tardan en relevarlo de los patrullajes rurales. Pasa a cumplir tareas administrativas y se niega rotundamente a circular cerca del Cruce de las Cañas. Finalmente, en 2013, se le otorga el retiro obligatorio con una jubilación anticipada. El motivo formal del acta es el estrés causado por una “experiencia traumática indeterminada”. No se hace mención al misterio de la Ruta 1, pero tampoco hace falta que se aclare. En la provincia todos conocen su historia.
Primero fue el estallido mediático, una novedad tanto local como nacional que atrajo a los noticieros de Buenos Aires. Lo atormentaron con micrófonos y cámaras, pero Sergio respondió a cada pregunta de la misma manera: asintiendo con la cabeza, hablando bajito y sin mirar a nadie a los ojos. Después le tocó soportar la larga marea de las miradas de reojo en la calle, los cuchicheos en el almacén y el destino inevitable de convertirse en una leyenda urbana de la que cualquiera se siente con derecho a opinar. De ahí en adelante, Sergio pasó a ser «el tipo al que se llevaron los marcianos».
Eso es lo que muchos eligen creer: que se trata de un caso real, un hito indiscutible de la ufología argentina. Un encuentro cercano del cuarto tipo, donde las criaturas no solo se dejan ver, sino que abducen al contactado y lo trasladan del lugar. Sergio, sin embargo, jamás mencionó platillos voladores ni hombrecitos verdes de cabeza gigante.
Hay tantas teorías como personas que se han cruzado con el enigma del cabo Pucheta. Se habla de ovnis, de apariciones místicas, de ritos mágicos, de criaturas del folclore pampeano o de portales interdimensionales en medio del caldenal. En algunos foros hablan de un claro episodio de psicosis, aunque los antecedentes de salud de Sergio descarten esto. También de que habría sido drogado por una banda delictiva y, bajo la influencia de estos, habría delirado todo el episodio. Lo cierto es que su expediente se considera la única historia paranormal documentada, peritada e investigada formalmente por una fuerza policial en nuestro país. Paranormal en el sentido más estricto de la palabra: porque escapa a cualquier explicación física o de la lógica humana. Al final, solo Sergio sabe la verdad de lo que ocurrió en la oscuridad de la picada, y a todo el mundo le devuelve siempre el mismo eco: los ojos rojos, fueron los de los ojos rojos.