La Bruja de La Consulta, San Carlos: el relato de Sandra

Un video, una experiencia y lo que ahora empieza a escucharse en la zona: una bruja que realiza "trabajos" de magia negra

Hace algunos meses recibí un mensaje de una persona que vive en La Consulta, San Carlos, después de que alguien le comentara que durante años yo me había dedicado a recopilar historias y testimonios relacionados con hechos extraños ocurridos en Mendoza.

Lo había hecho, mi libro está publicado «Registro Paranormal», pero -creo- por cuestiones de salud, había dejado de escribir sobre ciertos temas. Pero esta historia me llegó de otra manera.

No conocía a la persona y desde el primer momento me aclaró que no quería que su nombre apareciera en ningún lado, tampoco quería que mencionara la dirección de su casa ni ningún dato que pudiera permitir identificarla. Para este relato voy a llamarla Sandra y, por la misma razón, modificaré algunos nombres y detalles familiares.

Lo primero que me dijo fue que no estaba segura de que lo que iba a contarme tuviera algo que ver con lo paranormal. De hecho, durante buena parte de la conversación intentó encontrar explicaciones para lo que pasó y varias veces me aclaró que ella nunca había creído en brujas, gualichos ni magia negra.

Lo que terminó convenciéndola de que debía contar la historia, según sus propias palabras, fueron diez años de hechos que pasaron dentro de su casa y alrededor de su familia, siempre con una misma persona apareciendo de una manera u otra.

La persona a la que Sandra responsabiliza de esos hechos es una mujer que vive en La Consulta, en una zona cercana al inicio de la ciclovía que da al Oeste. No voy a indicar dónde exactamente. Tiene el pelo rubio, extremadamente claro, casi blanco, y de acuerdo con Sandra no es una persona que históricamente haya sido conocida por el pueblo. Pero durante los últimos años, su nombre comenzó a circular entre algunos vecinos y aparecieron comentarios acerca de supuestas prácticas de magia y reuniones nocturnas.

Aclaro desde el principio que nada de esto último pude comprobarlo. No encontré documentación que permita afirmar que esta mujer practique magia negra ni que forme parte de alguna organización relacionada con la brujería. Tampoco pude establecer que algunos episodios atribuidos a ella hayan sido denunciados formalmente. Lo que sí existe es el testimonio de Sandra, algunas historias de vecinos que coinciden parcialmente con determinados lugares y circunstancias. Pero lo mas importante, es un fragmento de video que les compartiré.

La Consulta es una localidad particular para este tipo de relatos. Tiene una población acostumbrada a convivir con fincas, canales, caminos rurales y sectores donde, a pocas cuadras de una zona habitada, comienza un paisaje mucho más abierto. En el centro urbano se encuentra la Plaza San Martín, delimitada por la calle San Martín, un espacio que históricamente funciona como punto de encuentro de los habitantes. A pocos kilómetros de ese movimiento cotidiano están las fincas y baldíos, espacios que durante la noche quedan prácticamente vacíos.

Fue en ese ambiente, bastante lejos de cualquier leyenda, donde Sandra me contó su historia.

Cuando se mudó a su casa, la mujer que hoy muchos llaman simplemente “la bruja” todavía no era para ella nada más que una vecina. Durante los primeros meses se mostró amable, empezó a visitarla con frecuencia y, según recuerda Sandra, muchas veces llegaba con alguna comida para compartir. Con el tiempo las visitas se hicieron habituales y había una costumbre que terminó repitiéndose casi todas las noches: la mujer llevaba una cerveza y se sentaba con la familia en la mesa.

En esas reuniones hablaban de cualquier cosa. Trabajo, vecinos, problemas económicos, cosas del barrio. Sandra recuerda que al principio no había nada que le resultara extraño. Incluso llegó a considerarla una amiga. También estaba presente su hijo, un hombre que en aquel momento llevaba una vida relativamente normal, trabajaba y tenía pareja. Con el paso del tiempo, sin embargo, empezó a tener problemas con el alcohol.

Primero eran salidas de fin de semana. Después empezó a volver cada vez más tarde. Hasta que la situación se transformó en algo que afectó prácticamente todos los aspectos de su vida.

—Salía el viernes y volvía el domingo a casa —me contó Sandra.

El alcohol comenzó a traer problemas económicos, discusiones con su pareja, dificultades laborales y distintos inconvenientes que se fueron acumulando. Sandra intentaba ayudarlo, pero no encontraba una manera de hacerlo. En aquella época todavía no relacionaba el deterioro de su hijo con la mujer que visitaba la casa todas las noches.

La relación entre ambos hechos apareció mucho después, cuando empezaron a pasar otras cosas.

Una de las reuniones con la vecina quedó grabada en la memoria de Sandra. No recuerda exactamente la fecha, pero sí recuerda que estaban los tres hijos de la familia y la mujer les pidió que se pusieran de pie frente a ella. La hija menor estaba durmiendo en una habitación y la llamaron para que se acercara. Los tres quedaron alineados delante de la mujer, quien les hizo una indicación bastante simple.

—A ver, caminen a donde estoy yo.

Sandra intentó avanzar. Según su relato, no pudo. Su hijo tampoco. La niña tampoco. Los tres permanecieron inmóviles, con la sensación de que las piernas no respondían. Sandra empezó a desesperarse y, ante aquella situación, la mujer les explicó que lo que estaban sintiendo se debía a que “los estaban trabajando”.

Sandra me dijo que en aquel momento no entendió qué quería decir. Tampoco le creyó. Lo que sí recuerda es que después de aquella noche empezaron a prestar atención a determinados ruidos que anteriormente probablemente habrían pasado desapercibidos.

Algunas madrugadas escuchaban el picaporte de la puerta principal. Se bajaba lentamente y después volvía a subir, como si alguien intentara entrar desde afuera. Los chicos preguntaban quién podía ser y Sandra les respondía que no salieran de las habitaciones porque no había nadie. —No vayas porque no hay nadie. No hay nadie! —les repetía.

Con el tiempo empezó a pasar otra cosa. Durante determinadas noches aparecía alrededor de la casa una especie de humo espeso, parecido al que queda sobre las fincas cuando hacen quemas para protegerse de las heladas. El olor entraba por las ventanas y quedaba durante un tiempo, aunque Sandra no encontraba ningún fuego cerca.

Al otro día, todo volvía a la normalidad. No quedaban cenizas. No había rastros. Tampoco pudo identificar de dónde venía el humo.

Mientras tanto, la situación del hijo empeoraba y la hija menor empezó a sufrir diferentes problemas de salud. Resfríos, gripe, infecciones y episodios de anemia fueron apareciendo con frecuencia. Sandra, que antes acostumbraba caminar por la ciclovía de La Consulta, también comenzó a sentirse extrañamente cansada y sin voluntad.

—Sentía como si me tiraran de abajo —me dijo—. No me daban ganas de salir.

No puedo establecer una relación entre esos problemas de salud y la presencia de la vecina. Tampoco sería responsable hacerlo. Una enfermedad puede tener muchas causas y el consumo problemático de alcohol puede explicar buena parte de las dificultades que atravesó el hijo. Sin embargo, para Sandra todos esos acontecimientos terminaron formando una misma secuencia.

El episodio que definitivamente cambió su manera de mirar a aquella mujer ocurrió una madrugada, cuando su hijo regresó alrededor de las cuatro de la mañana.

Había estado tomando cerveza y vino. Entró a la casa con olor a alcohol, las manos manchadas y sangre seca alrededor de la boca. Parecía haberse caído o haber estado en algún tipo de pelea, pero cuando Sandra intentó preguntarle qué había pasado, él no pudo responder.

“No me acuerdo”. Eso fue todo. Estaba asustado y tiritaba.

Sandra intentó hacerlo reaccionar y llevarlo a la cama. Durante la madrugada pensó que quizás el problema había llegado demasiado lejos y que su hijo podía haberse lastimado seriamente. Pero, lo que pasó después fue lo que finalmente la llevó a relacionar todos aquellos acontecimientos con su vecina.

Una noche más, la mujer llegó con una cerveza. Era una escena habitual, casi un ritual. Sandra la recibió en la puerta y, con un gesto automático, intentó agarrar la botella para ayudarla. La botella estaba fría y, cuando las manos entraron en contacto, se quebró, no hizo ruido, solo se trizo y se partió.

El líquido cayó en el piso. Entre los restos de vidrio apareció una foto. Era una foto del hijo de Sandra. También había algo parecido a un manojo de pelos y unas pequeñas formas que Sandra describió como una bruma que parecía moverse.

No tengo la botella ni esos elementos. Tampoco existe, hasta donde pude averiguar, una foto que permita verificarlo. Todo lo que sé de aquella escena proviene del testimonio de Sandra , quien asegura que fue en ese momento cuando comprendió que la botella no había llegado a su casa por casualidad, y todo lo que habían tomado esas noches con la mujer, no era solo cerveza…

La mujer que la había llevado dijo que no sabía cómo podía haber aparecido aquello adentro. La discusión terminó rápido. Sandra la echó de la casa.

Cuando la mujer se fue, desde afuera escucharon una risa que Sandra describió como burlona. No pudieron determinar de dónde venía. Con el miedo en la piel erizada, Sandra comenzó a limpiar el piso. Usó agua y vinagre, pero asegura que el líquido se evaporaba rápidamente cuando lo tiraba sobre determinados sectores. No supo explicarlo y tampoco pudo decir si se trataba de algún fenómeno físico relacionado con el piso o con los productos.

Aquella noche se fue a dormir con un rosario y varias velas prendidas. A la mañana siguiente, encontró toda la casa llena de barro, en el piso, en las paredes… Según su relato, había barro debajo de la alacena y de las camas. En algunos sectores parecía haber pequeñas lombrices intentando escarbar en la tierra húmeda.

Sandra no quiso que sus hijos se quedaran ahí. Los llevó a la casa de su hermana y volvió sola para limpiar.

Ese domingo decidió ir a misa. No era una persona que asistiera habitualmente, pero aquella vez sintió que necesitaba ir. La iglesia se encuentra sobre San Martín, en La Consulta, la Parroquia Inmaculada Concepción.

Al salir se encontró con la vecina. Sandra asegura que la mujer estaba esperándola. La vio que se reía. También recuerda que le hizo señas con las manos para que se acercara. Ella decidió ignorarla y siguió caminando. Cuando llegó a su casa llamó al sacerdote.

Según Sandra, después de hablar con él y explicarle lo que estaba pasando, recibió indicaciones para realizar una limpieza de la casa utilizando laurel bendecido, agua bendita y cuatro velas blancas, colocadas en distintos sectores. Como Sandra tenía miedo de hacerlo sola, el sacerdote se quedó con ella por teléfono.

Lo que ocurrió después es uno de los episodios que más me llamó la atención durante la entrevista.

Sandra prendió las cuatro velas, quemó el laurel para sahumar la casa y empezó a esparcir agua bendita. Al terminar, según su relato, la casa se volvió muy fría. El olor a humo volvió.

Los escalofríos le llegaban hasta la nuca, cuando escuchó que alguien empezó a golpear la puerta. No eran golpes aislados. Sandra los describe como repetitivos y constantes.

Ella agarró el teléfono y le dijo al sacerdote que no quería abrir. Desde el otro lado de la puerta se escuchó una voz.

—Abrime, Sandra. Soy tu vecina. Vengo a que compartamos la noche.

Sandra reconoce que sabía perfectamente que aquella podía ser su vecina. Había escuchado su voz muchas veces durante las reuniones que mantenían en la casa. Sin embargo, asegura que la voz que estaba detrás de la puerta era distinta: más gruesa, ronca y pesada. No era ella sola evidentemente.

Mientras seguía hablando con el sacerdote, escuchó además una respiración que parecía estar muy cerca de la puerta. Cuando finalmente se animó a abrir. No había nadie. En el suelo había una botella de cerveza.

El sacerdote, según Sandra, le pidió que no la tocara directamente. Utilizó un repasador, la levantó y la tiró hasta el otro lado de la calle. La botella se rompió contra el asfalto.

Después de aquel episodio, la situación del hijo continuó durante un tiempo, aunque lentamente comenzó a mejorar. Sandra, sin embargo, estaba agotada y se sentía culpable por haber permitido que aquella mujer ingresara demasiado en la intimidad de su familia.

Fue entonces cuando decidió enfrentarla. No pidió ayuda a nadie. Fue sola. Le golpeó la puerta a la vecina y esperó. La mujer abrió. Sandra recuerda que tenía una expresión nerviosa, como si no supiera qué estaba pasando. Entonces le dijo directamente:

—Dejá de molestar y meterte con mi familia. Sé lo que hacés. Te voy a hacer el triple de lo que vos me hacés a mí.

No hubo una discusión. Sandra se dio vuelta y se fue. La mujer quedó parada en la puerta.

Después de eso, según su testimonio, la situación comenzó lentamente a mejorar.

El hijo fue recuperando parte del control de su vida. Finalmente se fue de la casa. La hija también se marchó para vivir con su padre. Sandra se quedó sola.

Y fue justamente cuando quedó sola que empezó a escuchar algo todas las noches. Un fuego que escucha prenderse frente a su casa, en la puerta. Según cuenta, podía escuchar cómo se quema la leña en algún punto cercano a la entrada de su casa. Después aparece el olor a humo. Algunas veces se levanta y abre la puerta esperando encontrar una fogata, pero nunca encontró nada.

Me dijo que en una oportunidad caminó unos metros por la calle. No había nadie. No había fuego. No había humo.

A partir de entonces empezó a pensar que quizás el problema con la vecina nunca había terminado.

El video

Mientras investigaba el relato apareció otro episodio que, hasta ahora, no pude comprobar de manera independiente. Solo logré conseguir un video que me compartieron.

Hace algunos años, según personas del lugar, un grupo de vecinos encontró a una mujer junto al río de La Consulta. Estaba entre los yuyos, mojada, cubierta de barro y aparentemente desorientada. Los pibes que la encontraron la ayudaron a incorporarse y le preguntaron qué había ocurrido.

La respuesta fue sencilla: “Me caí”. No pudieron saber desde dónde.

La mujer se quedó ahí durante unos minutos mirando hacia el horizonte, aparentemente sin entender demasiado lo que estaba pasando. Algunos de quienes conocieron posteriormente la historia llegaron a decir que la mujer se había caído mientras volaba.

No encontré ningún documento que permita afirmar semejante cosa. Solo el fragmento del video de ella en la orilla del río (AL FINAL DE LA NOTA DEJO EL VIDEO)

Tampoco pude aclarar que aquella mujer fuera la misma vecina de Sandra. Lo único que llamó mi atención fue la descripción física que me dieron algunos de los que se acordaban del episodio: una mujer anciana de pelo muy claro, casi blanco.

Sandra asegura que era ella. A partir de entonces empezó a circular con más fuerza el apodo de “la bruja de La Consulta”. Que no solo es vista en esa zona, otros vecinos de Vista Flores, Tunuyán aseguran que también la han visto.

Nuevos datos

Otros agregaron nuevas historias. Algunos dijeron que la mujer leía las cartas. Otros aseguraron haberla visto caminando de madrugada. También apareció la versión de que determinadas personas se reunían mensualmente detrás donde funciona Los Escarabajos Rugby Club, hay un baldío, perteneciente a la familia Giol.

Algunos vecinos me comentaron que actualmente se han encontrado con una cantidad inusual de animales muertos, algunos casi mutilados que desaparecen sin dejar rastros al otro día. Lo cual es extraño, porque las aves de carroña demoran días en comerse los cadáveres. También denuncian basura y fogatas en terrenos cercanos. Pero nuevamente, no pude determinar si se trataba de hechos vinculados con la mujer.

Hay algo que me parece importante aclarar porque durante la investigación descubrí que este tipo de historias crecen muy rápido cuando empiezan a circular. Una persona cuenta que vio una fogata; otra recuerda haber encontrado acumulamiento de animales muertos; alguien más dice haber visto una mujer caminando de madrugada y, después de varias conversaciones, todos esos episodios terminan formando una sola historia. Eso no significa necesariamente que los hechos sean falsos. Tampoco significa que sean verdaderos. Significa que la memoria de un barrio puede construir una explicación colectiva mucho más rápido de lo que una investigación puede comprobarla.

En el caso de Sandra, sin embargo, hay algo que no pude ignorar. Los acontecimientos pasaron durante aproximadamente diez años. La mujer estuvo presente durante buena parte de ese tiempo. El hijo de Sandra tuvo problemas graves con el alcohol.

La familia atravesó enfermedades, dificultades económicas y conflictos personales. Hay ruidos en la puerta. Aquella extraña escena en la que los tres integrantes de la familia no pudieron caminar. La botella que, según Sandra, tenía una foto de su hijo. El barro adentro de la casa.

Y después de que Sandra enfrentara a su vecina, algunas cosas comenzaron a mejorar. Todo eso puede tener explicaciones.

Creo, algunas seguramente las tienen. Pero todavía queda una parte que no pude explicar.

Sandra sigue viviendo sola. Su hijo se fue. Su hija también. La mujer de pelo casi blanco continúa viviendo en La Consulta. Y Sandra todavía escucha fuego durante la madrugada.

Hace poco, según me contó, volvió a escuchar la madera quemándose frente a su casa. No salió inmediatamente. Se quedó sentada en la cama esperando que el ruido desapareciera. Después apareció el olor a humo y se acercó lentamente a la puerta. No abrió, solamente se quedó unos minutos. Entonces ocurrió algo que no había mencionado durante nuestra primera conversación:

Esa noche, en la ventana vio una sombra enorme, pasaba una y otra vez, tenia astas en la cabeza, no sabía si eran cuernos o un sombrero, pero escuchó pisadas pesadas, y la respiración como la de un caballo. Después escuchó un ruido de vidrio. Como si alguien hubiera dejado una botella sobre el piso. No quiso comprobarlo. Esperó hasta que amaneciera.

Cuando salió, no encontró ninguna botella. Tampoco había cenizas, ni pisadas, ni nada.

Le pregunté si había vuelto a hablar con su vecina. Me respondió que no.

Le pregunté si seguía creyendo que aquella mujer era una bruja. Tardó unos segundos en contestarme.

—Yo ya no sé qué es —me dijo—. Lo único que sé es que desde que apareció en mi vida, todo empezó a cambiar para mal.

No tengo pruebas para decir que la mujer de pelo blanco practique magia negra. No puedo afirmar que haya provocado la enfermedad del hijo de Sandra.

Pero hay algo que sí puedo confirmar: la historia ya empezó a circular entre los vecinos. Y cuando una historia de este tipo empieza a hablarse, a pasar de una casa a otra, casi nunca permanece igual.

Quizás dentro de unos años nadie recuerde cómo empezó. O quizás aparezca una explicación sencilla para cada uno de los episodios. Por ahora, solamente existe el testimonio de Sandra y el video.

Y una última cosa que me dijo antes de terminar la conversación.

—Si alguna vez ves humo afuera de tu casa, fíjate bien de dónde viene.

Le pregunté por qué. Sandra me contestó:

—Porque el mío nunca viene de ningún lado.

Y después agregó que, cuando el humo aparece, siempre escucha primero una botella apoyándose sobre el piso y despues los pasos. Hasta el momento, nadie más me confirmó haber escuchado ese sonido.

Seguiré averiguando.

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1 comentario en “La Bruja de La Consulta, San Carlos: el relato de Sandra”

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