Paula me contó que África se llamaba Jorgelina, que no vivía ni en la sierra ni trabajaba en una librería. Vivía en Olavarría, provincia de Buenos Aires, y se acostaba con un mecánico que vivía en la casa pegada a la mía pero por el fondo, y que como la mujer de este llegaba tarde y siempre a distintas horas, ella muchas veces saltaba el cerco y entraba a la casa por una ventana que había logrado falsear y salía luego por la puerta. Desde ahí se tomaba un remise y se iba a lo de una amiga donde pasaba la noche y luego volvía a su ciudad. No sabía si seguía viéndose con el mecánico, pero ya no se la volvió a ver por el barrio. Paula me lo contó en la comisaría, porque ya no me volvió a invitar a su casa.
Yo ya me había hecho nuevas rutinas. A la mañana mientras desayunaba, prendía el hornito con una esencia de limón y saludaba a mi planta de artemisa. Luego hacía gimnasia en la colchoneta, y empezaba el día. Por la noche tiraba unas leñas en la chimenea y colocaba entre ellas las piedras que, a la mañana siguiente, volvía a colocar en el cuenco. Después me sacaba la ropa y me ponía mi pantalón blanco y el chaleco de flores, perfumado y lavado con jabón y cepillo. Y ahí sí, me tiraba en el sillón con un vermut a mirar el fuego. No podía asimilar que todo aquello haya sido un engaño.
Por un tiempo no vi a mis amigos. De hecho ninguno de ellos conoció esta historia. No alcanzaba a saber si me sentía un idiota o si se acababa de desbloquear un nuevo nivel en mi mente. Al fin un día tocaron la puerta mientras estaba vestido de blanco mirando el fuego, y salté del sillón a abrir la puerta. Era Samy. Ante su insistente curiosidad de qué hacía de pantalón blanco y chaleco, y con el desánimo que venía arrastrando, la invité a comer unas milanesas y le conté la historia de África.
–Una mina que se te metía por las noches y se acostaba en pelotas a juntar la energía…
–¡Terminala, Samy, está claro que todo eso era una mentira enorme!
–Pero igual, Marcos. Tenías una mina que se te metía en tu casa por las noches. ¡Eso no le pasa a nadie!
–¡Sí, pero no pasó nada! ¿De qué me sirve una súper historia donde yo soy un espectador más? Es una historia rarísima.
–¿Por eso tenés esos sahumerios espantosos por toda la casa?
Peiné el living con la mirada y recién ahí me di cuenta de que tenía tres sahumerios prendidos.
–Me da vergüenza reconocerlo, pero la extraño.
–¿La extrañás? ¡Sólo estuviste una noche con ella, comiendo zanahorias vestido de blanco! No, es que los hombres sólo piensan con la palanca…
Nos quedamos con Samy sentados en la chimenea. La ventana de Paula se prendía y se apagaba, aunque ya sabía que no había más miradas furtivas hacia mi casa.
–Al final –dije aunque estábamos hablando de cualquier otra cosa–, creo que lo que me pasó es un símbolo de algo. No lo puedo descular.
–¿Un símbolo de algo tuyo?
–Sí, algo que representa… no sé, que representa esta etapa de mi vida. Me siento un poco un protagonista cuya relevancia es precisamente no tenerla de ningún modo.
–Como que las cosas te suceden…
–¡Eso! Sí, tal cual. Las cosas me pasan. No tuve el control ni sobre Paula ni sobre África. Pero estaban ahí…
Samy me miró, y en sus ojos había una pregunta que no terminaba de soltar.
–¿Qué es esa mirada, Samy?
–Que te pasaron tres cosas: Paula, África…, y yo.
–Bueno, pero vos…
¿”Vos” qué? ¿Qué ibas a decir? ¿Qué era una amiga? Esa palabra había navegado a oscuras en cada baile, en cada cena, en cada visita nocturna a casa.
–¿Yo qué, Marcos? –preguntó Samy con la misma disyuntiva. El sentido común ordenaba contestar de inmediato, pero nunca fue mi fuerte el sentido común. La miraba y en mis pupilas no había ninguna respuesta, ella lo leía perfectamente—Yo nada, ¿no?
La quiero tanto que justamente por eso no podía darle una respuesta que lo arreglase todo. Después de tantas cenas, tantas charlas en la chimenea había llegado el momento de que brotase lo que fluía por dentro. Pero la realidad es que había coqueteado con Paula y con África, y en este momento no podía ver lo que sentía con claridad. Ya había pasado el tiempo recomendable y Samy corrió su mirada y la fijó sobre la chimenea oscura y fría.
–Samy –le dije, y le tomé las dos manos, ella me miró nuevamente–, no quiero que seas parte de esto que me estuvo pasando. Quiero que seas algo más permanente en mi vida.
–¿”más” permanente? –preguntó con una mueca minúscula de rechazo.
–Vos no sos parte de Paula ni de África. Vos ya estabas en mi vida, y… y quiero que sigas estando.
Samy se soltó de mis manos y se corrió hacia atrás.
–¿Sabés, Marcos? La novela que tenías que escribir puede ser muy cierta. A veces una persona puede tener muchas cosas, pero el problema no es que no las valore, el problema es que no se valore a sí misma. Si vos no entendés que tenés un valor, entonces siempre te vas a estar regalando ante cualquier cosa. Y cómo siempre tuviste muchas cosas –al decir la palabra “cosas” hizo un gesto de comillas con sus manos—nunca pudiste trabajar el valor que las atraía hacia vos. De hecho no lo conocés. No sabés cuál es tu valor.
–¿Cuál es mi valor, Samy?
–Que te lo digan otros. Yo no sé cuál es tu valor, me sentí atraída hacia vos, pero es que ahora, no sé qué fue lo que habrás dicho que me doy cuenta de que no sos como yo te imaginaba. Te idealicé.
–¿Me idealizaste? Pero, Samy, ¿me querés decir que en esta charla de diez minutos te diste cuenta de cosas que no viste en todo el tiempo en que nos conocemos?
–Sí, Marcos.
–Pero ¿qué puede haber sido tan determinante? ¡Yo soy el mismo tipo de siempre! ¿Es que antes no me conocías?
Samy se quedó un momento mirándome. Sus ojos se humedecieron.
–No es la primera vez que me pasa… ni tampoco será la última. Pero sí, no es que no te conocía, me inventé otra historia. Nada, diferente.
Samy se levantó, y yo en ese momento sentí que la perdía, que la quería al lado mío, que las cosas estaban pasando demasiado rápido.
–Samy, pará, oíme, hablemos…
–Perdoname, Marcos. No sos mal tipo, tampoco buen tipo. Ojalá fueras algo.
Tomó su saco y ya sin darse la vuelta, y acelerando el paso, cerró la puerta de calle sin fuerza, pero sin dudas.
No salí a buscarla. Ya la había perdido en la conversación, lo vi, lo vi en sus ojos. Y yo me daba cuenta de que no tenía herramientas para reconquistarla. Ni a ella, ni a nadie. Hace un tiempo ya que estaba vacío, me había ido vaciando de mí mismo lentamente, como una canilla que gotea, poco a poco, cada día. Y hoy era un prototipo falso de mí, agarrado con fuerza a una imagen comercial, a un modelo que me prometía dar sustento, dinero, fama… Mientras enumeraba las palabras sentía cómo se despertaba la adrenalina de mi cuerpo. Viajes, conferencias… Me palpé el torso esculpido, el chaleco de flores que me daba un aspecto despreocupado… Entrevistas, cenas en hoteles, paseos en yatches… ¿Me estaba vaciando de mí mismo, o me estaba vaciando de lo que otros querían que yo fuera? Me encantaban esas cosas. Realmente me encantaban. Pero también me encantaba Samy, y claramente ambas cosas eran incompatibles. Torneos de tenis, cocktails…
De pronto la casa estaba fría y oscura. Me volví a sentir el torso firme, terso. Me saqué el chaleco de flores, me puse una remera, un suéter, y marqué el teléfono: “…sí, dos kilos… …chocolate granizado, banana Split, súper dulce de leche y chocolate amargo. Lo paso a buscar por la heladería, gracias”. Con Samy ya estaba todo perdido, pero justamente por eso valía la pena ir a verla.
Fin