Que parezca un accidente

El cuchillo todavía busca el corazón indefenso de Mayra.

Estaba bebiendo aguardiente hundido en la comodidad del rincón más oscuro del recinto. Cuando se le acabó el licor se dirigió tambaleante a un estante desvencijado y sacó otra botella. A veces, vomitaba por largo rato y se encendía un cigarrillo, aspirando el resabio de bilis y alcohol de sus labios.

Se llamaba José Cairo, pero era más conocido como “El Infalible”. Se pasó la vida recorriendo el mundo con la excusa de trabajar en un circo. Escapó de los rigores de su casa en la adolescencia y se unió a una caravana desquiciada de carros vetustos y leones sin dientes.

Su primera labor fue ayudar a armar la carpa roja, amarilla y roída por las nubes. Luego fue payaso, pero nunca estaba triste, requisito indispensable. Después fue funámbulo pero el vértigo lo empujaba y nunca pudo dar dos pasos seguidos en la soga. Cuando lo estaban por echar por inútil, Cairo descubrió que tenía un talento.

Estaba comiendo mientras discurría sobre su porvenir. Una enorme rata se acercó descaradamente a la olla del guiso. Cairo le arrojó su tenedor instintivamente y le atinó en el cuello. El resto de la troupe lo animó a intentarlo nuevamente con algo más difícil. Entonces hizo diana en un gorrión posado en el pararrayos del campanario de la iglesia, a unos cinco kilómetros.

Cairo se convirtió en “El Infalible”, el mejor lanzador de cuchillos de la historia. Su acto consistía en arrojar dagas a un círculo de madera que giraba a gran velocidad, en el que estaba atada su partenaire de turno. Durante un largo tiempo estas fueron cambiando por el mal genio de Cairo, hasta que llegó Mayra y a “El Infalible” el mundo se le puso al revés. De autoritario y distante pasó a ser un regalador de flores para su nueva ayudanta, quien evitaba cortésmente a Cairo.

Nadie lo sabía, pero Mayra siempre obtenía un orgasmo tormentoso cuando realizaban su acto. Ella no tenía apellido, había desistido de él. No recordaba su infancia. Se fugó de su casa, aunque nadie la buscó. Una tarde se miró en el reflejo de un charco y se descubrió hermosa, entonces consiguió amantes que doblaban su edad y se dejaba mantener, se dejaba hacer regalos, se dejaba hacer trenzas en su largo cabello rubio y en su pelo púbico. Luego se aburrió de los amantes, entonces vio en un diario que pedían gente para trabajar en un circo. Supo que quería ser artista.

A pesar de la ensoñación de su amor por Mayra, Cairo empezó a ver las señales inconfundibles de la atracción que ella sentía por Apolo, el mago. El mundo se le hizo un nudo cuando los descubrió besándose detrás del recinto de los elefantes cantores. “El Infalible” se preguntó cómo Mayra podía soportar el olor a bosta.

Cairo pendulaba entre la devoción y la necesidad de venganza, hasta que una epifanía carnívora le devoró la mente. La vio escupiendo sangre. Se sintió feliz. Tomó una decisión, fallaría a propósito al arrojar un cuchillo.

En la función, en la que Cairo había decidido efectuar su revancha, el público estaba pendiente de la aparición de “El Infalible”. Ignoraban a la familia de trapecistas Sansone, haciendo su famoso Remolino de Fuego y a los tigres invisibles domando a su domador. Una exclamación se escuchó en todo el universo cuando se presentó Cairo.

Se hizo un silencio absoluto mientras se ajustaban las correas que sujetaban a Mayra a la rueda giratoria. Los ayudantes hicieron girar el artefacto y la mujer fue haciéndose un amasijo de carne y velocidad.

Debía parecer un accidente.

“El Infalible”, con un movimiento de su muñeca arrojó el cuchillo, apuntando a la yugular de Mayra. El arma atravesó el espacio a la velocidad de la luz. Entonces ocurrió lo inesperado. El cuchillo se desmaterializó, como si nunca hubiese existido.

Apolo, el mago, no era bueno en su oficio, se le escapaban los conejos de las galeras y se le caían los naipes escondidos en las mangas. Desde su niñez quiso ser mago. Comenzó con juegos de magia para niños, pero los resultados eran desastrosos, sus familiares bostezaban y sus amigos se burlaban descarnadamente. Creció con la ambición de triunfar, pero lo único que conseguía eran pullas.

El dueño del “Grand Circus” le tuvo lástima y le permitió encargarse de las bostas de los animales. Apolo aceptó, determinado a ir subiendo peldaños hasta tener su propio espacio en la función. En esos menesteres estuvo años practicando magia en sus momentos libres. A Mayra y Apolo les bastó encontrarse una noche para que terminaran amándose en el carromato que ella compartía con la enana barbuda. En charlas furtivas habían decidido partir del circo a buscar juntos un porvenir.

Apolo sospechó al ver vomitar a Cairo antes de salir a escena, el olor a alcohol y bilis prevaleció sobre el hedor de los animales. Se sorprendió al ver que a “El Infalible” le tiritaban las manos. Cuando el cuchillo surcó el aire supo en ese instante azul que debía hacer algo. Entonces hizo el primer y único acto de magia que haría en su vida.

Sabiendo el porqué pero no el cómo, Apolo convirtió al cuchillo en átomos huérfanos que reaparecieron en un no lugar para convertirse de nuevo en un cuchillo.

El público se ofuscó y se unió en un griterío desorganizado, pidiendo que devuelvan la plata de la entrada, aludiendo una estafa al entretenimiento, una burla a la diversión. El enardecimiento fue en aumento hasta que se convirtió en una turba que destruía todo, aunque no tenían mucho para destrozar. El “Grand Circus” era pobre, pero no por eso cejaron en su empeño. Sólo quedó una tundra de cenizas y varios animales libres y felices que hicieron de su hogar los campos aledaños.

José Cairo escapó a duras penas de la muchedumbre encolerizada, nunca más fue visto. Siguió viajando, practicando el oficio de afilador de cuchillos. Mayra y Apolo se escondieron en la jaula del oso, que en realidad era un impostor disfrazado, aunque la peste del cubículo era real y tardaron años en sacarse el hedor.

Mayra y Apolo no duraron juntos, ella quería ser una estrella del espectáculo y él sólo quería una casa con árboles frutales y algún que otro gato. Apolo guardó bajo llave sus enseres de mago y se dedicó a domesticar mariposas. Ella no tuvo suerte en eso de ser artista y terminó como empleada en un registro civil.

El cuchillo todavía busca el corazón indefenso de Mayra.

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