Siempre me llené la boca de que yo no tenía el morbo de la mina con uniforme de policía, pero verla a Paula acomodar cosas en el asiento trasero de la camioneta policial, ese pantalón azul oscuro de combate, el cinturón grueso torneando la cintura, la cola marcada, las piernas insinuadas en el holgado caer de su pantalón, los borceguíes, la colita de su pelo… La colita de su pelo.
–¿Sos de meterte en quilombos seguido, Priestley?
–No, no… –apenas pronuncié esas dos palabras noté todo mis nervios, así que instintivamente me enderecé, tosí, y continué—naah… –dije sin lograr aún que se me aflojaran los músculos de la espalda.
Paula, que acomodaba un portafolio metálico y una frazada, se detuvo con las cosas en la mano y me miró.
–¿Estás nervioso?
La reputa madre. Los canas tienen esa cosa psicológica de conocer microgestos. Creo que con Paula no voy a poder funcionar. Bien me bautizó alguna vez una mina, the great pretender. Soy una máquina de poses fingidas y posturas tan copiadas que ya no sé cuáles son naturales en mí y cuáles pertenecen a mis inseguridades.
–¿Nervioso? No, no. ¿Te ayudo con eso?
–¿Te parece que no puedo?
Uh, feminista. Y encima vecina mía. Pero en el momento en que iba a dar la vuelta para irme, volvió a meter su torso en los asientos y quedo su culo enmarcado en la puerta de la camioneta. Tosí, me peiné, me toqué la naríz, todos los microgestos que le daban la razón. Salió de la camioneta.
–Dale, ¿me das una mano?
–Sí –le dije y me acerqué.
–¿Me llevás a casa?
–Sí… ah, nop… Este… no tengo la camioneta, pero la voy a buscar y te…
–Entonces vamos con Carlos que está por salir con la patrulla.
Carlos salió y era un forro. Un pelito con gel, fisiquito, se apoyó en el marco de la puerta de la comisaría, torció la cadera: “Hermosa, no te vayas. Dejame verte un rato más”. Paula lo miró divertida. “Mejor que eso, Carli, ¿nos llevás a casa?”
A Carlos se le fue la canchereada de la cara, me miró como quien mira un Renault 12 con la carrocería oxidada, los vidrios rotos y con las gomas pinchadas estacionado en la puerta de su casa, y volvió a mirarla. “¿Te lo llevás a tu casa? Pero, ¿qué te dijo? ¿Cuál es el conjuro que te hizo, hermosa?”
Como dije, un forro. Y Paula también. Todos son unos forros.
–Paula, dejá, yo tengo que pasar por otro lado antes…
–¿A dónde tenés que ir, civil? Te llevamos. Y después te dejo con la fiestita… –dijo Carlos ya poniéndose en movimiento.
–Es mi vecino, pelotudo –le dijo siempre sonriente Paulita.
–Yo también quiero ser tu vecino, hermosa.
–Priestley, dale, subite al patrullero.
–¿Priestley? –Carlos se detuvo en seco– ¿Marcos Priestley?
–Sí –dije sorprendido.
–¿El escritor?
¿Qué? ¿Y este cómo carajo sabe que escribo?
–Sí, bah, escritor… Escribo, sí… Bueno, sí, escritor…
Carlos mutó a otra persona, a algo mucho más familiar, más humano.
–¡Boludo, yo leí “Fresnos de plata”! ¿Es tuya, no?
¡Qué?? ¿Este tipo lee?? ¿Y me lee a mí?? ¿Estos son mis lectores??
–Sí, sí… Es mi primera novela.
–¿Cuántas escribiste? ¡Ya quiero leer las otras!
Carlos era un fenómeno, de pronto me caía genial.
–Es la única que escribí, la que ganó el premio. Ahora estoy trabajando en una nueva.
–¡Me jodés! ¡Contame ya! Con mis hermanos nos encanta leer, ¡y tu novela nos gustó mucho! Bah, menos a mi hermana, pero a mí y a mis dos hermanos nos gustó mucho. Es que creo que es más para hombres, ¿no?
–Bueno, no… Puede ser, pero hay también mujeres a las que les gustó.
–Dale, contame de qué se trata la novela que estás escribiendo.
Imposible. Es que es la peor novela del mundo, no puedo decirle justo a uno de los pocos lectores que tengo que voy a escribir una boludez porque soy un pelotudo y que…
–No puedo, en la Editorial te hacen firmar un contrato de confidencialidad, no sé, boludeces, pero no puedo.
–¡Nooo! Me muero. Pará, dejarme sacarme una selfi con vos, ¿te va?
–Sí, sí, cómo no.
–Mis hermanos se van a caer de orto… Oíme, ¿a dónde te llevamos primero?
–No, no. No es importante. Vamos a casa, a lo de Paula.
Cuando se alejó Carlos con dos toques de bocina de la puerta de lo de Paula, la miré y dudé. Se había puesto la gorra. Es que es un morbo que desconocía en mí, pero le quedaba sensacional.
–Bueno, Paula…
–“Bueno Paula” las pelotas. Quiero que me cuentes qué cosas escribís. ¿Pasás?
Hagamos una pausa acá. Estas cosas me enfrentan con un dilema existencial importante. No tengo claro si me encanta que me diga “¡Bueno Paula, las pelotas!”, o si lo detesto. Pero es cana, tengo que ponerle ese punto a su favor, y que si no fuese cana no tendría puesto ese pantalón azul de combate…
–¿Te parece que es para pensarlo tanto? Si no querés andá a tu casa, no hay problema.
–¡No! ¡Por supuesto que paso! Estaba pensando si ir a buscar un vino a casa…
–Tengo cerveza.
–Está más que bien.
La casa de Paula me sorprendió. No era la casa de una policía. Bah, nunca conocí otra casa de una policía, pero no es lo que esperaba encontrar. Muy arreglada, limpia, tirando a minimalista y, en la pared central de su pequeño estar, no, no estaba el sillón, había una biblioteca de madera, de color madera, cálida, con la mitad de sus anaqueles con libros, y en los huecos vacíos, dos esculturas pequeñas, una de bronce, la otra de ¿masilla? Muy lindas. NI me di cuenta y me acerqué a ver las esculturas.
–¿Te gusta el arte, Priestley?
Me di vuelta y le sonreí.
–No me digas Priestley.
–¿Y cómo te digo?
–De cualquier otra forma.
–Negrito… –dijo medio en voz baja, y se rió. Yo me di vuelta hacia la bailarina clásica de bronce… y sonreí.
–Negri, ¿te gusta el arte?
–Sí, y me sorprende que a vos también te guste. La verdad que tengo que reconocer que soy muy prejuicioso, pero no imaginaba a un policía disfrutando de algún tipo de arte…
–Ni a Carlos siendo tan lector…
La volví a mirar.
–Me sorprendió mucho.
–Carlitos es un tipo increíble. Tiene una gran historia atrás de ese galán barato. Una gran historia.
–Abramos una cerveza y sentémosnos. Quiero escucharla.
–No, hoy no. Hoy yo quiero escucharte a vos.
Las personas tan seguras de sí misma me generan desconfianza. No les creo. Y Paula estaba demasiado cómoda, demasiado tranquila teniendo a su vecino, al que espiaba por las noches, en el living de su casa. Me senté, crucé mi pierna sobre la rodilla, la estiré para atrás un poco, puse mis manos sobre la rodilla de la pierna cruzada, las saqué y las puse sobre mi muslo, puse una sobre la rodilla, saqué ambas manos y las puse sobre el sillón…
–¿Qué querés saber de mí? –pregunté cómo si fuese mi día a día el que las vecinas me hicieran pasar a sus casas—Soy escritor, escribí una novela que ganó…
–¿Quién es la mujer esa que suele ir a tu casa?
–¿Samy?
–¿Samy se llama?
–Sí, Samantha. Es una amiga mía que nos vemos cada tanto. En una época salimos…
–¿Salieron?
–Sí, pero no mucho tiempo. ¿Por qué me lo preguntás?
–Si son amigos, ¿por qué siempre está sola? ¿Vive con vos?
–¿Sola? Nunca está sola en casa.
Paula hizo un breve silencio.
–¿Tu amiga es esa con la que algunas veces bailás?
Me incomodó la pregunta. Parecía un interrogatorio.
–Bueno, sí. Veo que tenés…
–Hablo de la otra. La morocha que deambula por tu casa a la mañana, o después de la medianoche…
–¿Después de la medianoche?
–Siempre sola.
–¿En casa?
Paula se recostó sobre el sillón.
–No sé si me estás jodiendo o realmente no sabés de esta mujer que anda en tu casa. Pero es verdad que nunca la vi con vos. Siempre la veo sola.
Estaba muy sorprendido, pero la sorpresa pronto se esfumó cuando se me vino a la cabeza de que pronto tendría que volver a mi casa…
(Continuará…)
2 comentarios en “Chaleco de flores – 4”
No sé si es una novela romántica, un policial, y ahora intriga! Jajaja. Falta el muerto (o la muerta), Marcos!
Falta una muerta… Una muerta de amor, una muerta de hambre… pero falta una muerta, cómo sabés de estas cosas, Gabi!