El andén de las almas grises.
Pasaron dos años, pero el tiempo en la distancia no corre, se estanca.
Mendoza se había vuelto una ciudad monocromática. El cielo de julio era un cielo raso de hormigón gris que aplastaba los techos, y los árboles del centro eran esqueletos oscuros que tiritaban con el viento helado que bajaba de los cerros.
Junté cada peso que pude. Trabajé cargando cajones en el Mercado Central, con las manos paspadas por el frío y el olor a tierra húmeda pegado a la ropa. Todo para un pasaje de micro. Dieciocho horas de viaje hacia el sur.
La Terminal de Mendoza esa madrugada era un monumento a la desolación. Todo era gris: el cemento de las plataformas, el humo de los caños de escape de los micros de larga distancia, las caras de los pocos pasajeros que esperaban envueltos en bufandas oscuras.
Subí al coche 42 con una mochila vieja y una carta que llevaba semanas escribiendo, donde intentaba explicarle que mi vida se había congelado el mismo día que ella se fue. El viaje fue una tortura silenciosa. A medida que el micro avanzaba por la Ruta 40, el paisaje se borraba. Afuera solo había una pampa infinita y gris, tapada por una niebla espesa que borraba el horizonte.
El frío se filtraba por la rendija de la ventanilla, empañando el vidrio. Dibujé su inicial con el dedo sobre el vapor del cristal, pero se borró a los pocos minutos, convirtiéndose en gotas que caían como lágrimas sucias. Para colmo, a mitad de camino, el micro se detuvo en medio de la nada.
—Hubo un choque por la niebla más adelante. Hay que esperar —anunció el chofer con voz monótona.
Miré el reloj de mi celular. Eran las ocho de la noche. Tenía que haber llegado a las siete. Me apoyé contra el vidrio helado, sintiendo que el universo entero se había puesto de acuerdo para estirar mi agonía. Pensé en Clara, parada en la terminal de un pueblo perdido del sur, sola, congelándose en un andén gris, esperando un micro que no llegaba.
Imaginé que se cansaba de esperar. Imaginé que se iba. El pecho me dolió tanto que tuve que cerrar los ojos para no asfixiarme en el olor a encierro del colectivo. Llegué a las once de la noche. Cuando bajé del micro, el frío del sur me pegó en la cara como un bofetón.
La terminal era un tinglado de chapa enorme, iluminado por tubos fluorescentes que parpadeaban con un zumbido molesto, tiñendo todo de una luz blanca y enferma.
No había casi nadie. Las baldosas grises brillaban por la humedad. Caminé arrastrando los pies, con el miedo quemándome por dentro. Y ahí estaba. Sentada en un banco de cemento, debajo de un cartel de horarios despintado. Llevaba una campera gris oscuro y una bufanda que le tapaba la mitad de la cara. Tenía los ojos fijos en el piso, mirando la nada.
—¿Clara? —mi voz salió rota, gastada por el viaje. Ella levantó la cabeza. Sus ojos, que en mi memoria eran brillantes, se veían cansados, rodeados de ojeras grises.
Se levantó despacio. Dejó caer la mochila al piso y caminó hacia mí. No hubo corridas de película, no hubo música de fondo. Solo dos cuerpos que se encontraron a mitad de camino en un andén desierto. Nos abrazamos. Fue un abrazo desesperado, torpe, buscando un calor que la distancia nos había robado hacía meses.
Su campera estaba helada, su pelo olía a viento y a humo de leña. Apoyé mi mentón en su hombro y miré por encima de ella: la nieve empezaba a caer afuera, cubriendo los micros estacionados de una capa grisácea y sucia.
Clara levantó la cara despacio, y yo bajé la mía, y en algún punto entre los dos la bufanda que le tapaba la boca quedó ahí, atrapada entre nuestros labios, una tela áspera y fría que debería habernos separado y que en cambio nos unió.
La besé a través de la lana, sintiendo apenas la forma de su boca debajo, el calor de su aliento filtrándose por los hilos como algo que se negaba a quedarse afuera.
No me importó no verla. Capaz que era mejor así: besar a ciegas, besar una forma y no una cara, porque una cara tiene ojos y los ojos no mienten, y yo no quería leer en los suyos lo que ya sabía. Ella no se corrió la bufanda. Yo tampoco se la corrí. Los dos elegimos, sin decirlo, quedarnos de ese lado de la tela, besándonos como dos personas que prefieren no confirmar lo que ya perdieron.
Le apreté la nuca con la mano, hundiendo los dedos en su pelo helado, y por un segundo —solo uno— el mundo fue nada más que eso: una bufanda gris, dos bocas buscándose a través de la lana, y la certeza estúpida y hermosa de que si no nos separábamos nunca, nada de esto habría terminado todavía.
No nos dijimos «te extraño». No hacía falta. En la forma en que me apretaba la campera con sus manos temblorosas, entendí que los dos estábamos igual de rotos. El frío de la terminal nos envolvía, y bajo la luz parpadeante de ese fluorescente, supimos —sin decirlo— que este viaje no era un nuevo comienzo. Era el velorio de lo que fuimos.