Chaleco de flores 3

"La sierra nos elevaba por sobre la ciudad y veíamos los campos bajar y subir como las olas del océano profundo, al tiempo que el sol caía imparable..."

Samy me invitó a comer un asado. Pero ella no lo hace. Tampoco yo. Cuando me invita a comer un asado, o lo hace uno de los mil amigos que van, o se lo pide al vecino. Y eso porque un día fallé haciendo un matambrito que lo terminamos usando de frisbee en la plaza Independencia hasta que un cuzco desteñido y muy ágil me lo ganó en el aire y desapareció como un rayo de luz por detrás de unos arbustos. Desde ahí sólo tengo permiso para hacer mis chinchulines rellenos de queso azul y nuez y otras delicias, pero carne no.

A Samy le gusta la música electrónica. Creo que eso fue uno de los puntos que hicieron que lo nuestro no prosperara. Una tarde la sorprendí con un tubo de Campari, un Baggio de naranja, queso, salamín, dos copas, la tabla con cuchillo y pinchos, pancitos de La Serranita y la llevé al crestón que se destaca en los peñascos del Paseo de los Pioneros. La sierra nos elevaba por sobre la ciudad y veíamos los campos bajar y subir como las olas del océano profundo, al tiempo que el sol caía imparable en el horizonte ardiendo en nubes sucias de colores rabiosos dejando trazos negros de sombras en los amarillos y marrones de los potreros, cuando a ella le pareció genial sacar un parlantito y poner un playlist de The Chemical Brothers y Skrillex. A los veinte minutos fingí una torpeza y le di una trompada al parlante que cayó ocho metros por entre las piedras. Siguió sonando abajo. Lo tuve que ir a buscar, y terminamos en el cine viendo cualquier cosa. No sé vivir de esa manera.

Me pareció obvio que en el asado no hubiese ninguna mina soltera, había tres parejas, una prima de ella, dos amigos y yo. No conocía a ninguno. Samy me dio tres minutos de bola y después me la pasé yendo de la parrilla a mi silla sirviéndome vino a cada rato, hasta que llegó el Gringo Manuel. Le decimos gringo porque tiene cara sajona: pálido, medio rubio, ojos claros, pecas… las minas caían como dominós cuando pasaba con su campera de marca y su pantalón de algún color inusual. Pero el Gringo es especial, tal vez porque le sobra carnada es que no pesca tanto como debería. Además es muy sensible, le atormenta su sensibilidad, pero eso sólo se nota cuando cuenta algo, cuando habla de lo que le pasa, como ahora que se me acercó, me dio un abrazo y, agarrándome de las solapas, me dijo: “la cagué con la Barbie Enfermera”. Eso era una cagada, porque la Barbie Enfermera estaba buenísima, y tenía el coeficiente intelectual ideal para el Gringo; era una mujer inteligente, había estudiado enfermería, era lectora, tenía criterio, pero al mismo tiempo vivía a veinte centímetros del piso, era bastante ingenua, se colgaba en plena charla como la pantalla azul de un Windows viejo, y, misteriosamente, había veces que no comprendía cosas elementales. “¿Los de azul y blanco son de Argentina? ¿Y el de amarillo que está solo? ¿Cuándo decís que me lo explicaste?”.

–¿Cómo podés haberla cagado con Barbie Enfermera si vive para vos?
–Sí, boludo, la cagué. Te digo que la cagué.
–¿Qué hiciste, Gringo?
–Nada, me empezó a hablar de que fue a la peluquería.
–Sí, ¿y?
–No, y me contaba eso.
–Sí, Gringo, y ¿qué pasó?
–Y me siguió hablando de eso, de la peluquería. Viste cómo es, me habló de las peluqueras, de las tres que esperaban sentadas, de una mina que entró a vender bombachas…
–Sí, Gringo, dale, y ¿qué pasó?
–Y me llené las pelotas, eso pasó. ¡Pero es normal, Marcos, no me jodas! Me contaba de que tenían una lámpara apagada en el fondo, que nunca se había dado cuenta, de que a un peine le faltaba una patita…
–Sí, Gringo, ¡pero qué carajo pasó!
–No, que… Le dije que basta.
–¿Cómo?
–Sí, Marcos, le dije que basta, que se callara.

Para cualquiera de nosotros, perder a la Barbie Enfermera era imperdonable. Era la cremosidad natural de la miel, el lado más verdoso del roquefort, la cascarita caramelizada de arriba del panqueque, ¡era la mina que estaba más buena de todo el oriente de la provincia de Buenos Aires! Cuando andaba por la calle dos o tres tipos se le acercaban y caminaban a la par suyo sólo para decir que habían caminado con ella. Es cierto que el Gringo tenía ese calibre de mujeres en su Whatsapp, pero sus nervios estaban justificados.
–Cómo te gusta jugar con fuego, Gringo.
–Lo dije sin querer, Marcos, no sé, cuando me empezó con que había treinta y siete pines clavados en la cartelera y ocho eran blancos algo dentro de mí zafó y, no sé, reventé. Te juro, no…
–¿Qué te dijo?
Se demoró unos segundos en responder.
–Me dijo que iba a buscar a alguien que la entienda, alguien que la quiera escuchar.
–¡Eso lo dicen todas las minas, Gringo! Andá a buscarla y pedile perdón. Decile que querés saber qué más pasó en la peluquería.
–¿Qué la vaya a buscar?
–Sí, Gringo. Buscala, llevale una bandejita de Sushi, o mejor llevala a comer afuera…
–¿Me acompañás? Tengo miedo de cagarla de vuelta.
–Pero, Gringo, ¡que te acompañe es de décima! ¡Vas a quedar peor todavía!
–No, no… Vos te escondés atrás de la columna de la casa de al lado, y mientras le hablo vos escuchá. Si ves que la cago tosé, o no sé…
–Pero… ¡Pero vos estás enfermo! Yo no sé cómo carajo podés tener las minas que tenés, Gringo…
–Ah, bueh… ¡Habló Antonio Banderas! No seas tan forro, Marcos, dale, vamos. Apenas entre a la casa ¡listo, volvés al asado!
Sé que la estaba pasando mal, pero ¡qué hinchapelotas!
–Un whisky. Un Jameson
–¿Dos…?
–Uno. Mañana te lo llevo a tu casa.

Samy me miró con cara de orto, pero le retruqué con que no me daba ni cinco de bola, y cuando empezaba a discutir le dije que volvía, que me iba cinco minutos. Ya en la Casa de la Barbie Enfermera me puse detrás de la columna de la casa vecina, y el Gringo tocó la puerta. Todo era silencio, no parecía haber nadie en lo de la Barbie Enfermera. El Gringo volvió a tocar la puerta. Silencio absoluto. Yo lo miraba al Gringo nervioso que miraba el piso, me miraba de reojo, se giraba para la calle… De pronto siento una mano pesada que cae en mi hombro. No alcancé a procesar nada que la mano me giró y pude ver una silueta negra que levantaba un palo. “Por fin te agarro, laconchadet…”, el palo, y se aspiraron los sonidos, y todo se volvió negro .

Me desperté en la comisaría. Un policía me hablaba, decía que había leído mi novela. Me daba consejos para mejorarla. Yo no podía entender nada, estaba como aturdido, hasta que me toqué la cabeza y sentí un dolor punzante. “Te rompió el palo ese de escoba en la cabeza, Marcos”, me dijo el Gringo. “La Barb… acá Roxana te revisó y es sólo un chichón, dice”. Y al rato la voz de los cielos: “Soy enfermera, ¿sabías?”

Resultó ser que ese vecino de la casa donde estaba escondido había sufrido un robo la noche anterior y juraba que el chorro iba a volver, y había estado tres horas y veinte minutos escondido detrás de un macetero a la espera del chorro que, juraba, iba a volver, y que, de pronto y según él, volvió. Hablaba con el suboficial de atrás del mostrador y podía ver que en sus gesticulaciones señalaba con el pedazo roto del palo. Se acercó un agente, me dio unos papeles y me preguntó si ya estaba bien. “Te podés ir”, me dijo. El Gringo y la Barbie Enfermera fueron saliendo mientras que yo me ponía de pie lentamente. Me apoyé en la pared, y cuando empiezo a caminar hacia la puerta una suboficial se me acerca como para ayudarme. La miro para agradecerle…
–Qué paliza te dieron, Priestley…
Me quedé mirándola con la boca abierta.
–¿Paula…?



(Continuará…)

COMPARTIR

3 comentarios en “Chaleco de flores 3”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *