Entraba la tarde y yo seguía sentado intentando escribir esta novela imposible sobre la abundancia del protagonista. No se me iba de la cabeza haberla visto anoche a Paula mirándome desde la ventana de su casa con la luz apagada. ¿Qué te tiene que pasar para quedarte en la oscuridad mirando a un tipo en una casa? Mi casa no puede ser más aburrida, todo lo que fui comprando sin tener ni idea si combinaba con el resto de cosas que ya había conseguido se agolpaba en un mamarracho de colores de los que Samy me vivía jodiendo. “¡Qué buen gusto, Priestley! Le brota de los poros su ascendencia inglesa”. Los vasos que se fueron rompiendo poco a poco fueron reemplazados por los que encontraba en el bazar, y la alacena era como un muestrario de vasos de un almacén de pueblo. Algunos incluso conservaban sus precios en la base.
“Miguel se levantó de su cama, y se detuvo por unos instantes frente al ventanal de su habitación del hotel The Lana, en Dubai…”
No tiene ninguna emoción. Esto tiene que empezar con algo que le pase, con algo de acción, porque ya la mera descripción es aburridísima. Pero lo tiene todo, ¿es válido que le pase algo malo a un tipo que por concepto lo tiene todo?
“Miguel se despertó aturdido. Su teléfono sonaba, había olvidado ponerlo en modo avión. Era su agente de bolsa.
–¿Miguel?
–Milton, ¿cómo estás?
–Bien, Miguel. Perdóname que te moleste, sé que estás vacacionando con tu amiga…
–No hay problema, Milton. ¿Qué necesitabas?
–Nada, Miguel, sólo era para decirte que el paquete de acciones que tú tienes con nosotros ha crecido en estos dos días un 80%, y no sé, es algo tan excepcional que te queríamos preguntar qué deseas hacer con ello.
Miguel se giró para mirar a Samantha dormir.
–Milton, dejá el paquete como está, y con la ganancia háganme un paquete de… de empresas tecnológicas.
–Es que ya tienes ese paquete…
–Sí, sí, perdón… Este… ehhh… Es que no se me ocurre ya en qué invertir…
–Necesito que lo resuelvas, Miguel.
–Gracias, Milton. ¡Veré cómo puedo resolver esto!”
Malísimo. No me genera nada de emoción. Nada. Y encima la meto a Samy ahí, durmiendo… No, no se puede llamar Samantha.
“Miguel salió de la casa de Marcela totalmente abatido. Todavía le resonaban en la cabeza las palabras que ella le había declarado sin compasión: ‘Miguel, yo también te quiero mucho, pero no puedo tener una relación con vos. Vos lo tenés todo, pero a mí me gusta la vida simple, las cosas chicas, lo minimalista… Tu gran fortuna es un impedimento para nuestra relación, Miguel. Lo siento.’
Miguel se había quedado profundamente enamorado de Marcela apenas la conoció en Aspen, USA. Sin embargo ella había ido allí por un concurso que había ganado con una amiga, aunque nada le interesaba menos que viajar por el mundo. A ella le gustaba conocer pueblitos y zonas perdidas de su querida Argentina, algo que Miguel nunca tuvo el más mínimo interés. ‘Si tuvieras una vida sencilla, simple… ¡Qué felices que seríamos, Miguelito!’ Miguel se subió a su Mercedes Benz AMG GLE 63 coupé, pero no lo encendió. Se quedó con las manos apoyadas en el volante. Todo lo que tenía era un impedimento para ‘tener’ a Marcela. Sin embargo su vida abundante en bienes se había transformado, de ser su modo de vida, a su ocupación; él era ‘tener’ para ‘ser’. Marcela acababa de llegar para darle algo que él aún no tenía: sólo ‘ser’. Y le gustó el desafío. Ahora que lo comprendía le gustó, y salió del auto y se fue nuevamente a su casa.
–Marcela –dijo Miguel desde el umbral de la puerta–, estoy dispuesto a dejarlo todo para tenerte.
A Marcela se le llenaron los ojos de lágrimas, y se arrojó sobre sus hombros.
–¡Qué alegría, Miguel! ¡Empecemos una vida juntos!”
La vida de Miguel no me interesaba en absoluto. Sólo tenía que empezar a escribir una historia para que, en el camino, se transforme en algo interesante. Sentado mirando la chimenea no se me iba a ocurrir nada. Mientras abría un paquete de galletitas sentí que el tedio que me inspiraba la vida de Miguel era parecido al que le tenía a mi vida. Un aburrimiento, no tanto por el contenido, sino por la previsibilidad. Todo era previsible en la vida de Miguel. Y en la mía. Todo. Ahora entendía por qué se me cayó de los dedos el nombre de Samy en su historia, es que yo soy Miguel. Aunque no tengo nada, soy Miguel… Pero ¿por qué me siento relacionado con una persona que lo tiene todo…?
Me inquietaba estar tan reflexivo. No me gustaba ponerme así. Agarré el teléfono y abrí el Instagram para distraerme. Miguel tenía ahora por delante el desafío de dejarlo todo, todo por Marcela. Una Marcela que me parece un personaje absolutamente somnífero, lento… Abrí YouTube buscando algún videíto, algo que me saque estas ideas de mi cabeza. Me estaba poniendo nervioso. Los videos pasaban uno detrás de otro, y mi cabeza volvía sobre Miguel una y otra vez. Yo no tengo nada, ni mucho menos a una Marcela, ¡gracias a Dios! Terminemos con esto.
Agarré mi campera y salí. La tarde ya había perdido su luz aparentando ser la noche. Me subí a la camioneta y me fui a un bar donde también preparan algo de comida, y entre el murmullo de la gente y una tele donde pasaban videos de música, fui quemando las horas de esa tarde sin luz, de veredas blancas iluminadas por los faroles que intentaban reemplazar la impronta del crepúsculo. No eran las ocho de la noche que yo ya había comido y, más tranquilo, me volví para casa.
El living apenas se iluminaba con el resplandor del fuego cuando la ventana de Paulita se volvió a encender, como siempre, aunque esta vez no pude sacarle los ojos de encima. Paulita iba y venía. Pasaba con un suéter, con remera, con el turbante de toalla, y se volvió a apagar la luz. Pegué un salto y me paré al costado de la ventana. Quería ver si volvía a quedarse mirando en la noche. Cuando el fogonazo de la luz de su ventana se fue por fin de mis ojos pude ver la ventana sola, sin Paula. Me quedé un rato de pie mirando fijo aquel rectángulo negro. Nada.
Cuando ya me empezaba a sentir un imbécil, la vi. Primero su cabeza se movía, como si estuviese acomodándose, hasta que finalmente se quedó quieta, inmóvil, mirando mi ventana. No estuvo mucho rato y, de pronto, se volvió a ir. Me quedé un rato mirando la ventana para ver si notaba algo más, alguna cosa, pero no. Ni siquiera el lejano resplandor de alguna lámpara, oscuridad total. Entendí, entonces, que tal vez habría cerrado la puerta de esa habitación, o del pasillo, o del lugar que fuera aquella ventana y ya no había más nada que observar. Pero igual me quedé ahí. Escuchaba el crepitar de la chimenea, mientras el resplandor naranja disimulaba la colección de colores incombinables de los muebles del living. Se veía lindísimo. Me quedé un rato de pie al costado de la ventana… ¿Qué haría Miguel en mi lugar?
(Continuará…)