«¿Vos te acordás del Italparc?» Fue la pregunta de Romina a Lourdes mientras la hacía girar en serenito en el medio de una fiesta de casamiento fuera de control. «Lo cerraron cuando una chica salió volando», remató, para soltarse las manos y dejar caer a Lourdes contra el espejo del salón, que se quebró por completo. Una quedó llena de sangre, que machó el vestido de novia de la otra. La imagen perfecta de lo que sucede cuando la verdad y la mentira caen sobre los espejos rotos. La fiesta se acaba y la diversión queda sepultada.
Entre todas las supersticiones, la de los espejos rotos suele ser la más conocida y temida. Ya saben, siete años de mala suerte, dicen. También dicen que ese destino se cumple si el reflejo roto toca la piel o si la piel se lastima al intentar juntar los trozos.
La superstición no sólo tiene que ver con los espejos sino con todo lo de cristal, vidrio, cerámica, todo lo que está hecho con una sustancia frágil. Tampoco es algo exclusivo de los espejos, sino de todo aquello con cualidad de reflejar. El punto esotérico de esto es que los espíritus no tienen materia pero sí capacidad de reflejarse y, desde antiguo, los espejos han sido considerados portales dimensionales.
Me miro en el espejo y me pregunto qué es lo que veo. Si me veo a mí o veo, en realidad, una imagen de mí, la imagen que ven mis ojos. Me pregunto también si los demás verán lo mismo que yo, al mirarme. Tomo el celular y me hago una foto mirando el espejo. Y la pregunta también se replica. ¿Acaso me veo sacando una foto frente al espejo o veo la imagen de la imagen? La fractalidad marea y confunde. La cantidad de pantallas no ayuda porque multiplican la cantidad de ojos, de imágenes, de imágenes de imágenes que reflejan accesorios en cada réplica. Veo una manchita en la imagen y no podría saber si está en mí, en el espejo, en la cámara, en mis ojos o en mi cabeza.

Tengo un lunar en el iris, no lo había visto hasta que me lo dijo el oftalmólogo, que tiene un aparato con lentes amplificadores. ¿Habrán visto ese lunar quienes me han mirado de cerca, a los ojos? ¿O habrán pensado que es una basurita, un resto de rímel corrido por una lágrima o un beso, un derrame capilar? Nada es lo que parece, me digo, frustrada. Como sentenció Ramón de Campoamor: «En este mundo traidor nada es verdad ni mentira, todo depende del color del cristal con que se mira» https://www.facebook.com/groups/labibliotecadealejandria/posts/986209662034404/
Entonces, ¿Qué es lo que se quiebra con los espejos rotos? ¿La imagen, el objeto reflejado, o la ficción que solemos llamar realidad? Quien haya presenciado una situación en donde algo de cristal se rompe, sabe que se hace un silencio. Son segundos. Tiempo suficiente para quebrar la narrativa de lo que sea que estaba pasando.
El relato del primer párrafo es la narrativa del Relato Salvaje «Hasta que la muerte nos separe» de Damián Szifrón. En ese relato, Romina, la novia, perfecta, radiante, hermosa, presencia el momento en el que se rompe la narrativa del idilio amoroso que vivía. Ve a Ariel, su flamante marido, tener una conversación sugerente con una compañera de trabajo invitada: Lourdes. No ve mucho, ve lo suficiente. A Romina se le rompe el espejo en el que se proyectaba su realidad. El espejo del salón contra el que ella arroja a Lourdes es la consecuencia, la forma en la que la realidad materializa el quiebre de su mente en el momento cero. El espejo roto es enorme y lo que en verdad se rompió, todavía más.
Vuelvo a la pregunta: ¿Qué hay en los restos de espejos rotos? Hoy es el día del amigo. Todos tenemos, o hemos tenido, ese amigo o amiga que es un dolor de cabeza. Se queja, exagera, se cree mejor que los demás, dramatiza, exige lealtad total pero no banca la honestidad brutal.
Hay amistades que se sostienen a pesar de muchas cosas: orgullo, intereses, incluso traiciones. Amistades que se vuelven dependientes, enfermizas, necesarias en el apego y cíclicas en el reproche. Vínculos basados en la aversión compartida a terceros, en la monotonía de soledades compartidas o como salvoconducto de las mentiras.
Yo quiero aquí hablar de esos amigos que rompen espejos; pero amigos de verdad, no a medias, no con derechos, no de las redes. Hablo de amistades que son carne, que son memoria y que son la vida misma, amistades que duelen. Es un tema del que no se habla mucho, acaso porque no hay ritual que sacralice la amistad y porque solemos tener más de un amigo.
El relato salvaje que refiero tiene un mensaje especialísimo sobre la amistad, apenas perceptible en la locura desatada que arremete contra todos. En esa historia los amigos no se tocan; ni los de él, ni las de ella. Los amigos no forman parte de la mentira ni de sus consecuencias.
En el mejor de los monólogos de esa obra, protagonizado en el cine nada menos que por la inigualable Erika Rivas, cuando ella amenaza con tanta bronca a su marido infiel al borde de la baranda, no están solos. Él tiene a su espalda al amigo que ve la peor de las decadencias pero sigue ahí, no se va, no juzga, no se mete. El amigo acompaña, incluso en el vómito, en el asco de sí mismo y de las consecuencias de lo que había hecho.
Cuando Romina vuelve a la fiesta, llama a las amigas a tirar las cintitas de la torta y ninguna dice que no, a pesar de la duda y el miedo que se refleja en sus rostros. Ninguna intenta calmarla ni trata de que las cosas vuelvan a la normalidad. Todas las amigas se acercan a bancar el desquicio, sin aprobarlo pero sin abandonar.
Sostener la amistad en esos momentos de prueba, en donde se vuelve confuso el estado de las cosas, en donde no es posible el encuentro, la risa, la confidencia y el sostén, es un trance difícil. El amor muchas veces no alcanza, el dolor de la distancia y el silencio se vuelven herida abierta que solo se cura con el abrazo sincero.
Si el amigo no conoce la sombra, la parte densa, la oscuridad que nos habita; nos va trizando, nos va corrompiendo la transparencia y llega un momento en que la amistad se termina porque nos muestra una verdad incómoda: es una farsa. No es que el amigo cambió, lo que cambió fue el reflejo, la proyección y el filtro que nos ponemos en los ojos para no ver que ese amigo es otro, distinto. El amigo no es una proyección de nuestra fantasía sobre la amistad.
El amigo no es necesario, es imprescindible. Quien no tiene un amigo en quien mirar la mueca de duda, los labios fruncidos de cuidado, la mirada chiquita de “¿en serio?”, lo que tiene es una tribuna que aplaude el show del personaje. No son amigos, son un artilugio de nuestro vacío existencial, una brújula rota que perdió el norte de lo que es ser humano.
Un espejo roto no es un vaticinio, es la muestra de un realidad que ya estaba rota. Los espejos rotos no traen mala suerte sino que la cortan. Se quiebran porque, en su naturaleza frágil, absorben el impacto de lo inevitable: la sombra atrás del reflejo de nosotros mismos; el animal salvaje que nos cubre la espalda y nos susurra al oído las perversiones criminales de nuestros instintos oscuros.
AMIGOS ESPEJO
Ningún amigo reemplaza a otro. Nunca. El pacto de amistad no se sacraliza porque nace sagrado en el encuentro inesperado de dos seres que sin buscarse comulgan en una mirada. Cuando se rompe, por el motivo que sea, se siente como una muerte y se atraviesa como un duelo de esos que no tienen nombre. No, no hay una palabra que diga cómo se llama perder un amigo, porque el amigo es lo que no es ninguna otra cosa; ni hermano, ni madre, ni primo, ni hijo, ni vecino, ni pareja, ni amante, ni cómplice; a veces, por qué no, todo eso junto. El amigo es o no es, jamás a medias, nunca más que eso, nunca menos.
Si el espejo se rompió, vale la pena mirarse en él, tomar el trago amargo de la verdad que refleja y aceptar que cuando la amistad se rompe, nos rompe también a nosotros. No es el espejo el que está roto, están rotos los ojos, el alma, las manos, las palabras. No se trata de comprar otro espejo, sino de recomponer la mirada y el sentir, de habitar las palabras con la duda, el dolor y la nostalgia. Si las esquirlas del otro no te rompen ni un poquito, entonces… No busques más espejos y mírate en el agua de un estanque, como Narciso; o poné un poster con tu foto favorita, como Dorian Grey.
«El retrato de Dorian Grey”, de Oscar Wilde, es, quizá, el que mejor muestra esos pactos oscuros en los que podemos llegar a matar para sostener una imagen irreal de nosotros mismos frente a nuestros amigos o matarlos a ellos cuando nos dicen la verdad: https://www.instagram.com/reel/DQzI92PgTxG/?hl=es. Crudo hasta la médula, Wilde muestra a un Dorian siempre joven, bello, perfecto, que no es capaz de soportar la imagen de un retrato que envejece en el peso de todos los muertos que carga. Cuando, tratando de calmar su dolor, Dorian rompe el retrato, quien muere es él.
Cuando un espejo se rompa, no pienses en mala suerte. Juntá los trozos, miralos, mirate y agradecé que se terminó la mentira. Honrá al amigo que te rompe los espejos; entre tanta psicología de cartón e interpretaciones rebuscadas de terapia new age de IA, ese es el único que te muestra la verdad de quien sos.
Y vos, ¿qué pensás de esos amigos que sacan de eje? Te leo en comentarios.
3 comentarios en “ESPEJOS ROTOS”
A veces los grandes ventanales, en plena tarde, se vuelven espejos y los pájaros se la ponen a toda velocidad contra ellos. Pero luego vuelven a ser ventanas. ¿Qué querrá decir esto, Gabi?
Muy bueno este tema de los espejos!
Gracias por leer y comentar, Marcos querido. Lo que contás de los ventanales espejos es super interesante en lo simbólico. Las ventanas se vuelven espejos cuando hay oscuridad del otro lado del vidrio, no vemos el vidrio por estar mirando la propia imagen, que está del lado de la luz. Supongo que a los pájaros les pasará lo mismo. Desconozco si ellos pueden identificarse de manera individual, por lo que quizá confunden el reflejo con otro pájaro. ¡Pobres pájaros! Creyendo que van libres por el cielo y se encuentran con la muerte sin darse cuenta de haber caído en una ilusión óptica…
Que bueno me encantó! Muy profundo!