Iba a escribir ayer pero me pareció que era mejor dejar pasar y confirmar mi reflexión. Asi que ahí les va:
Hubo una época (aunque hoy parezca otra vida) en la que el Día del Amigo se planeaba con semanas de anticipación. No importaba si caía lunes, martes o domingo: esa semana era sagrada.
El plan era de esos a los que no se podía faltar. Elegir el outfit, organizar la previa, salir a tomar algo y, con suerte, terminar en el boliche bailando hasta cualquier hora. El «mañana se trabaja» era un detalle menor, y abandonar a las chiquis antes de que cerrara el lugar ni se discutía.
Pero pasaron los años. Llegaron las responsabilidades y, para muchas, también la maternidad. Y la vida cambió por completo.
El nuevo «objetivo juntada»
Ayer, el grupo de WhatsApp ya no debatía a qué bar ir ni quién maneja la vuelta. La logística se parecía bastante más a un operativo que a una salida espontánea. Las preguntas eran del tipo:
- «¿A qué hora duerme la siesta?»
- «¿En la casa de quién nos juntamos?»
- «¿Llevo el cochecito o tenés la practicuna?»
- «¡Por favor, guardá los adornos que los tira todos!»
El punto de encuentro se mudó de la barra al sillón del living. Las luces del boliche fueron reemplazadas por la luz de la tarde y el trago de la noche se transformó, casi sin darnos cuenta, en un mate, un café de especialidad y un bizcochuelo casero para compartir.
Y, aunque el volumen bajó, las carcajadas fueron exactamente las mismas.
Distintos caminos, otros ritmos
Hay algo que también cambia y pocas veces se dice: la maternidad reconfigura los grupos de amigas.
Están las que siguen transitando la misma etapa y entienden perfectamente que una juntada puede terminar a las seis de la tarde porque hay que bañar chicos, preparar mochilas o respetar una rutina. Y también están esas amigas que eligieron otro camino o simplemente viven otra realidad. Ellas todavía pueden improvisar una salida un miércoles a las diez de la noche. Nosotras hacemos malabares para encontrar una hora libre durante la siesta.
No es que el cariño cambie, cambian los tiempos. Y, a veces, esa diferencia se siente.
La amistad también crece
Este año, el Día del Amigo ya no tuvo tacos altos, glitter ni amanecidas. Tuvo juguetes en el piso, migas de galletitas sobre la mesa y una charla que se interrumpe veinte veces porque alguien pide agua, otro quiere upa y otro desapareció sospechosamente en silencio.
Y llegué a la indiscutible conclusión de que la amistad verdadera tiene algo maravilloso: sabe adaptarse. No se trata de seguir haciendo los mismos planes de siempre, sino de seguir eligiéndonos incluso cuando la vida cambió por completo.
Cambiamos el boliche por el mate, los tragos por el café y la pista de baile por un living lleno de cosas para entretener a los chicos pero aún así, cada vez que nos reencontramos, seguimos sintiendo que estamos exactamente donde tenemos que estar.
Nota de la autora: Feliz Día del Amigo para todas. Para las que son madres y para las que no. La amistad merece celebrarse en cualquiera de sus versiones.
Y un pequeño consejo, entre nos: si alguien se ofrece a cuidar a los chicos… aceptá. Ponete linda, llamá a las chicas y regalate una noche para volver a romperla toda. Una madre también sigue siendo esa amiga que alguna vez cerró el boliche.
