Llevo siglos aprendiendo a morder sin dejar marca. A tocar sin tocar. Para este texto, deja que te lea como se lee una partitura a primera vista: con hambre atrasada. Si has amado alguna vez a alguien que te desafinó la vida, este capricho es para vos.
Acercá tu cuello a la lectura.
Qué inmenso mar de tesoros es la memoria. Un cofre con aprendizajes en códigos neuronales, con información celular y guiños del espíritu. Las palabras activan sensaciones cuando son leídas, escuchadas o pronunciadas. A esto la ciencia le dice memoria implícita o engrama.
Un engrama es la huella neurobiológica que una experiencia deja grabada en el sistema nervioso. Funciona como una red de conexiones neuronales que se reactiva ante estímulos concretos, permitiendo que un recuerdo no solo resuene a nivel mental, sino que se traduzca directamente en sensaciones físicas en el cuerpo, como tensión, escalofríos o palpitaciones.
Lo fascinante es descubrir personas con las palabras «llave», que abren estos aparatos «criptex» de Davinci que bien podríamos ser nosotros.
Son personas con la extraordinaria capacidad de detener el tiempo, con su voz y con la intención.
La atención que uno les entrega a estos entes personificados cuando se muestran, es tan absoluta que, mucho después, sus palabras siguen produciendo ecos en las mentes de cualquiera.
Esos ecos no repiten el pasado, lo transforman. Conducen por senderos del pensamiento que entonces permanecían ocultos. De una sola palabra pueden brotar ideas que se multiplican, a veces abstractas, siempre fértiles; creativas, abundantes, ricas en enseñanza y, si sabemos ver más allá, rebosantes de amor. Y lo sabemos porque el cuerpo reacciona a ellas.
Creo que las palabras tienen una vida secreta. Envejecen con nosotros. Maduran en el silencio y esperan pacientemente hasta que estemos preparados para descubrir todo lo que contenían desde el principio.
Un día un fulano me dijo: sos mi capricho. Y pasó. No le di bola, no lo entendí. Hasta me pareció despectivo.
Capricho ¿Qué es un capricho?
Investigando encontré que la palabra capricho nació en el italiano capriccio. Algunos dicen que proviene de capra, la cabra que salta sin avisar, cambiando de dirección con la misma libertad con la que una idea irrumpe en la mente. Otros creen que nace de capo y riccio, la cabeza erizada por un escalofrío, esa emoción súbita que pone la piel en alerta antes de que la razón alcance a comprenderla.
Sea cual sea su origen, la palabra conservó el mismo misterio: un impulso inesperado, un deseo que desafía toda lógica y aparece sin avisar.
Lo más interesante es que el término también pasó al arte. En música, un capricho es una composición libre, imaginativa y llena de cambios inesperados.
En pintura y grabado, un capricho representa escenas fantásticas o nacidas de la imaginación, como los famosos Los Caprichos de Francisco de Goya.
Hay algo casi poético en su etimología: un capricho no sería simplemente un antojo, sino un salto del alma, un movimiento inesperado que rompe el camino previsto.
¿Y los caprichos de Paganini?
Son una de las obras más extraordinarias jamás escritas para violín.
Se trata de 24 piezas para violín solo, compuestas entre 1802 y 1817 y publicadas en 1820.
Cada capricho explora un desafío técnico distinto: dobles cuerdas, armónicos, pizzicato con la mano izquierda, saltos imposibles, velocidad vertiginosa… Eran tan difíciles que muchos contemporáneos creían que Paganini había hecho un pacto con el diablo.
Su figura alta, delgada y su forma casi sobrenatural de tocar alimentaron esa leyenda.
El más famoso es el Capricho n.º 24, cuyo tema ha inspirado a numerosos compositores.

¿Habrá sabido el fulano, todo lo que me estaba diciendo?
Si un capricho es una obra nacida en completa libertad. Encajo.
Soy capricho. Soy lienzo, técnica libre, soy un solo abstracto. La excepción que la razón jamás consiguió domesticar.
Capricho como la idea inalcanzable de lo que insiste en no morir.
Como la presencia que no necesita cuerpo para permanecer.
Hasta hay un instante en la técnica del capricho en que el violín deja de ser frotado y es pellizcado.
El pizzicato de mano izquierda. Lo hago entre mis dedos y lo siento en mi espalda y de tu parte. Es un pellizco breve, cruel y exacto, atrevido, que levanta la piel erizada —riccio— y la deja vibrando.
Y yo…así quiero tocarte: no con la dulzura larga del arco, mejor con la yema fría que tensa y suelta.
Se me escapan las muecas diablas, con las santas sonrisas por un pellizco en el lóbulo, en la comisura del labio, en ese lugar del cuello donde late tu pulso y me llama.
En el acto mismo de un pellizco, un salto cuántico astral, me sienta sobre tus piernas,
y a la velocidad de otro, te muerde mi sonrisa.
Un pizzicato de amor.
Las palabras tienen tiempo y tiempos… melodía. Permanecen escritas como una partitura cerrada hasta que la vida nos convierte en el instrumento capaz de interpretarlas. Entonces suenan distinto. No porque ellas hayan cambiado, sino porque nosotros, al fin, alcanzamos la nota para la que habían sido compuestas.
¿No te digo yo?
Basta que una palabra caiga de tu boca para sentir un pizzicato.
2 comentarios en “Capricho Pizzicato”
Excelente colega, como siempre
Adoro la forma en que el texto te lleva a imaginar cada sensación …que placer entonces ser…un capricho