Tenía unos diez años y ver a Moria Casán como Rita Turdero en la televisión era casi un acto clandestino. En mi casa no me dejaban ver el programa, así que me iba a lo de mi abuela solo para pegarme a la pantalla. Para mí no existían los chistes de doble sentido ni la picardía adulta; yo veía a una diosa, una mujer deslumbrante, envuelta en plumas, brillos y una presencia abrumadora que me fascinaba.
Años después, al ver la serie sobre su vida, esa fascinación de la infancia se transforma en entendimiento. Vamos a hablar de su forma de vivir la maternidad y de cómo, a través de los años, fue marcando a muchas generaciones.
Vamos a charlar sobre Moria Casán.
Moria siempre repite una frase para explicarse a sí misma: «Yo soy una marciana». Y, viéndola a la distancia, realmente lo es. Cuesta entender cómo una persona puede estar construida de una manera tan abismalmente distinta al resto de los mortales. Pero al apagar las luces del escenario y sacarse las plumas, la serie nos muestra su verdadera cara y nos enfrenta a su dimensión más compleja: su maternidad.
No vamos a hablar acá del ícono sexual, de la One ni del «obelisco con tetas», como ella misma se autodefine. De lo que se trata es de lo que pasa cuando la «marciana» baja a la tierra, abraza a una nena de cinco años y se choca de frente con sus propios límites.
En su escala de valores, su cuerpo, su libertad y su autoconstrucción estaban primero. Vamos a decirlo así: ella siempre estaba primero. Se amaba a sí misma por encima de cualquier mandato. Sin embargo, la llegada de Sofía irrumpió en ese templo personal. Al tenerla en brazos, descubrió que era capaz de amar a alguien más. Prometió estar siempre para ella, pero la maternidad se convirtió, inevitablemente, en su propia cruz.
Hay un diálogo en la serie que sintetiza a la perfección la arquitectura de esa crianza. Ocurre cuando abraza a Sofía y le dice:
«Yo me voy a ocupar, pero no me voy a preocupar. Podés vivir conmigo».

Seamos honestos: a casi todas las mujeres y madres les gustaría, en algún punto, poder articular lo que Moria dijo ahí. Es la rebelión absoluta contra el mandato de la «madre esclava». Moria puso en palabras un límite claro: «Te voy a dar libertad, voy a estar para vos, pero no voy a ser tu sierva ni voy a abdicar de mi vida».
Visto desde la adultez, es una postura emancipadora e híper honesta. El problema fue el destinatario.
Para una niña de cinco años, que su madre anuncie que no se va a «preocupar» equivale a retirar el marco de contención que la infancia exige. Al desentenderse de la preocupación afectiva, Moria empujó a Sofía a una adultificación prematura, tratándola como a una igual antes de que tuviera las herramientas para sostenerse. Esa «libertad» desmedida terminó cobrando su cuota en rebeldías, batallas personales y adicciones.
El punto más revelador de esta historia no es la vulnerabilidad de Sofía, sino la incapacidad de Moria para procesarla. En un momento de crisis, cuando le preguntan por qué le genera tanto enojo el descontrol de su hija y por qué no puede sanar ese vínculo, Moria le responde a su amiga con crudeza:
«Porque ella no puede».
Ahí se revela el gran punto ciego de la «marciana». Moria no puede entender la debilidad. Ella es un tanque de guerra que puede con todo, que se sobrepone a cualquier golpe y se reinventa siempre. Que su propia hija no tenga esa misma coraza, que sufra, que caiga y que no pueda controlarse, le genera una impotencia feroz.
Podemos hablar de mil aspectos y pasaríamos mil horas debatiendo y, aun así, no entenderíamos en su totalidad la personalidad de ella. Quizás no estamos preparados para la libertad que tuvo desde siempre, pero el hecho de que haya sobrevivido a abusos desde la infancia, acosos y una falta de protección a tan corta edad nos hace replantear muchas cosas.
Fue juzgada con un dedo acusador desde arriba, perteneciente a su propia comunidad: las mujeres. Se la criticó por llevar a su hija al trabajo, por estar a la par de sus compañeras de plumas, por dejarla ser libre y después por ponerle límites, cuando lo que necesitaba era un abrazo sanador. Todo fue circo, peleas y volver a salir solas adelante.
Aquella figura de plumas que me encandilaba en la tele de mi abuela resultó ser, verdaderamente, de otro planeta. Moria supo darle a Sofía un amor incondicional desde la presencia, pero no pudo darle la comprensión de su fragilidad. La infancia de Sofía Gala fue el único terreno donde la One no pudo imponer su omnipotencia: el lugar donde descubrió que podía amar profundamente a alguien, pero no podía programarla para ser invencible como ella.
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