La primera vez que Angie vio a su suegro, Mario, no encontró en él nada fuera de lo común.
Aquel domingo era su presentación oficial ante la familia de Ramiro y, en apariencia, todo resultó bastante normal. Saludó uno por uno: Marcela, su suegra, una mujer dedicada al hogar; sus cuñados, uno a punto de terminar la carrera de Psicología y el otro empleado como cajero en un banco del centro; y finalmente Mario, un arquitecto reconocido, cercano ya a la jubilación. Una familia típica de clase media alta. Nada fuera de lo habitual.
Cuando se sentaron a la mesa, Mario se acercó con la bandeja de carne.
—¿Cómo te gusta? ¿Jugosa o bien cocida?
—Bien cocida —respondió Angie.
Él le sirvió un pedazo de vacío y sonrió.
—En esta casa el único que la come así de seca soy yo. Ahora tengo compañía.
Ella sonrió también.
El resto del almuerzo transcurrió sin mayores sobresaltos, aunque Marcela se mostró especialmente inquisitiva: quería saber a qué se dedicaba, dónde vivía, cómo era su familia. Angie nunca había sido buena hablando de sí misma y, por momentos, sentía que la interrogaban más de la cuenta.
Cada tanto, sin embargo, miraba a Mario de reojo. Era un hombre canoso, silencioso, de esos que hablan poco pero observan mucho. Bebía bastante vino y hacía asados como nadie; algo raro para Angie, acostumbrada a una familia donde casi nadie sabía cocinar carne, salvo su hermano mayor.
De regreso a casa, Ramiro le preguntó si se había sentido cómoda.
—Sabés que no me gusta hablar mucho de mi vida… pero estuvo bien. Igual te envidio un poco. Tenés una familia unida. Una familia de verdad.
El padre de Angie había muerto antes de que ella naciera. Su madre, empleada doméstica, la crió junto a Marcelo, su hermano cinco años mayor, hasta que un ACV terminó con su vida cuando Angie tenía dieciséis. Después de eso, fue su abuela materna, Adela, quien terminó de cuidarla hasta que pudo independizarse y mudarse con unas amigas para estudiar Veterinaria.
La nostalgia por la familia que nunca había tenido la acompañaba a todas partes. Estar con Ramiro le permitía asomarse a una vida distinta: almuerzos familiares, conversaciones cruzadas, rutinas compartidas. Algo parecido a pertenecer. Algo que siempre había sentido lejano.
Había conocido a Ramiro en la facultad. Él se había recibido tres años antes y era ayudante de cátedra en una materia de tercero. Daba clases de apoyo a los alumnos que más la sufrían y, entre encuentros, charlas y horas compartidas, el vínculo entre ambos surgió casi sin darse cuenta.
Una noche, Angie lo invitó a su departamento. Les pidió a sus amigas que no la molestaran; necesitaba despejarse.
Las botellas comenzaron a vaciarse mientras la ropa caía al piso. Pero aquella noche no fue solo sexo. Hubo algo más: una intimidad nueva, una sensación de refugio que Angie no estaba dispuesta a perder tan fácilmente.
Marcela, su suegra, se dedicaba al hogar, aunque también participaba como inversionista en una empresa gastronómica familiar propietaria de varios restaurantes, algunos de ellos ubicados en bodegas de renombre. Aunque ella solo administraba el capital, disfrutaba del privilegio de comer gratis en cualquiera de los locales.
Cuando se acercó el cumpleaños número treinta de Ramiro, su hijo predilecto, Marcela tuvo una idea: había que celebrarlo a lo grande. La bodega de Agrelo parecía el lugar perfecto, así que enseguida se puso manos a la obra para organizar un festejo inolvidable.
—Sé que no sos muy fan de las fiestas grandes, pero esta vez hacelo por mí. Voy a presentarte delante de todos como mi pareja; es un paso importante. Sabés que voy en serio con lo nuestro —le dijo Ramiro, sosteniéndole la mirada.
Angie no estaba del todo convencida, aunque le gustaba la idea de sentirse parte de la familia.
—Bueno, está bien. Lo hago por nosotros —respondió, todavía algo insegura.
—Mirá lo que te traje.
Ramiro fue hasta el living y volvió con una de esas bolsas rígidas de boutiques caras del centro. Se la entregó y Angie descubrió en su interior el vestido verde esmeralda más hermoso que había visto en mucho tiempo.
—Si hace falta, lo mandamos a ajustar —dijo él.
Ella lo besó. Por primera vez, sintió que realmente pertenecía ahí.
El cumpleaños estaba cada vez más cerca y, durante esos días, Angie empezó a sentirse abrumada. No solo porque en su familia nunca se festejaba nada, sino porque Marcela parecía empeñada en controlar hasta el último detalle. Aunque el homenajeado era Ramiro, la verdadera directora de todo aquello era ella.
Aquella mañana la despertó un audio de WhatsApp de Ramiro. Le preguntaba si podía pasar por la casa de sus padres a buscar unas cajas con decoraciones que Marcela había dejado listas para llevar a la bodega.
“¿Y por qué no las lleva ella?”, pensó Angie. Pero tampoco era un gran desvío; le quedaba de pasada.
Estacionó frente a la casa y tocó el timbre. La voz que respondió desde el portero fue la de Mario. Apenas escuchó quién era, le abrió enseguida.
—Vine a buscar unas cajas para el cumpleaños de Rami —dijo al entrar.
Mario sostenía una copa de vino tinto a medio terminar.
—Probá esto —le dijo, acercándole la misma copa—. Es un Malbec de la cosecha pasada, de la misma bodega donde hacemos el festejo. Más fresco imposible.
Angie dudó apenas un segundo antes de beber.
—No soy muy fan del vino… pero está rico.
Mario sonrió y volvió a servirse.
—¿Vos podés creer que el único que toma alcohol seguido en esta casa soy yo? —dijo mientras se dejaba caer en el sillón—. Tienen restaurantes en bodegas, pero el vino me lo termino comprando yo. Marcela no lo prueba. A veces siento que todo eso es más apariencia que otra cosa.
Angie notó entonces que llevaba rato tomando. No era agresivo ni torpe, pero sí más hablador de lo normal. Recordó algo que su madre le decía cuando era chica: los borrachos y los niños siempre terminan diciendo la verdad.
Miró la hora.
—Bueno, yo debería irme. Tengo varias cosas que hacer.
Mario apoyó la copa sobre la mesa y la observó unos segundos antes de responder.
—Qué lástima. Me gusta cuando estás acá. Le das un poco de vida a esta casa. Quedate un rato más, te sirvo otra copa.
Angie tenía tiempo. Y, sin saber muy bien por qué, aceptó.
La mañana se fue consumiendo entre copas vacías y conversaciones cada vez más íntimas. Mario le habló de su juventud, de cómo todos le insistieron en que casarse con Marcela era la mejor decisión posible: estabilidad, contactos, posición económica. Le dijeron que sin ella seguiría siendo apenas un arquitecto joven tratando de abrirse camino.
Entonces se casó. Tuvieron hijos. Formaron una familia.
Pero mientras hablaba, Angie tenía la sensación de que una parte de él nunca había terminado de estar ahí.
—Qué bueno que Ramiro esté con vos —dijo Mario después de un silencio—. Es un buen pibe. Pero nunca le faltó nada. Nunca tuvo que pelear demasiado por las cosas.
Tomó otro sorbo de vino antes de mirarla directamente.
—Vos sí sabés lo que es pasarla mal. Y eso cambia a la gente.
Angie bajó la vista hacia la copa entre sus manos.
—Siempre traté de mantenerme fiel a mí misma —murmuró.
Mario sonrió apenas.
—No dejes de hacerlo. Y no te cases con nadie si no estás verdaderamente enamorada.
El comentario quedó suspendido entre los dos.
Cuando Angie volvió a mirar la hora, se dio cuenta de que había pasado toda la mañana ahí. Sentía la cabeza liviana y el cuerpo tibio por el vino.
—Ahora sí me tengo que ir —dijo levantándose—. Pero manejar así no puedo. Voy a dejar el auto y pedir un Uber. Mañana lo paso a buscar.
Mario asintió en silencio.
Mientras la veía salir, pensó que Angie le recordaba demasiado a sí mismo. Mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
El día del festejo en la bodega empezó como cualquier otro. En su celular un mensaje de buenos días de Ramiro, como lo hacía siempre desde que empezaron a estar juntos.
Él la iba a pasar a buscar y le había sido muy claro:
-Estate lista a las 7 de la tarde.
Lo primero que hizo luego de desayunar fue irse a la joyería del centro, donde le iban a tener listo el regalo de cumpleaños: una pulsera de plata con un ancla grabada, un guiño a lo que él le había dicho una vez: que ella era un ancla en su vida, donde quedarse y poder ser feliz.
Llegaron una hora y media antes porque así se los había pedido Marcela, para asegurarse de que todo estuviese en su lugar.
Los únicos que estaban en ese momento eran sus suegros y el personal de la bodega, que estaban preparando la degustación de vino y las mesas de entradas saladas.
– No sabes lo que es el Malbec de esta bodega, le dijo Ramiro, y le acercó una copa a la mitad
– ¿Vos sabes que si? Lo probé el otro día que fui a buscar unas cosas a tu casa. Tu papá me convidó un poco
– Ah mira. Que raro. Siempre toma vino blanco y no le gusta convidar
– Bueno, se ve que ese día estaba de buen humor.
– Si, seguro. Para tomar tinto o muy arriba o muy abajo. A mi viejo no le gustan las medias tintas.
Aunque ella sabía bien que el humor que su suegro tenía esa noche era el último. Ella sentía que estaba más bien melancólico de la vida que tenía. Y de la que hubiese querido tener.
– Vení que te muestro parte de los viñedos, se ven increíbles a esta hora con el reflejo de las luces de la bodega, le dijo Ramiro, y la llevó de la mano a conocerlos.
– Aunque suene loco, y habiendo vivido toda mi vida en Mendoza, esta es la primera vez que visito una bodega
– ¡Jodeme! Bueno. Ahora tenés un guía privado de lujo, le respondió, y se sonrió.
Angie amagó a sacar el regalo de su cartera, pero justo los interrumpió Marcela, que llegó agitada a donde ellos estaban
– Rami necesito que me lleves urgente a buscar a tus hermanos. Tu papá no puede ir porque ya le entró al vino y encima se olvidó de traer el pendrive con el video del cumple. Siempre tiene la cabeza en cualquier lado
– Mamá, pero soy el cumpleañero, en una hora van a caer todos los invitados, ¿No podés ir vos? ¿O los chicos no pueden venir en un Uber? Me la re complicas
– ¡Ay hijo! Vos sabes que entre que vamos y venimos nos demoramos media hora como mucho, y a esta hora y en este lugar los Uber te cobran cualquier cosa. Sabes que no me gusta manejar de noche. ¡Dale Rami!
– Amor andá. No pasa nada. Yo te espero acá, con un poco más de vino encima quizá.
– Bueno. Te amo. Bancame un ratito y vuelvo.
Y acto seguido Angie se quedó sola mirando los parrales.
“Necesito más vino y una suegra menos hincha bolas” pensó, y se fue con la copa ya vacía camino al salón de la bodega a buscar otro varietal de vino.
Eligió un cabernet y, cuando llenó la copa, volvió despacio al viñedo. Sentía una tranquilidad entre las vides que le era difícil de explicar.
Sentada, y reflexionando sobre la vida y su carrera universitaria, que estaba más o menos a la mitad, de pronto sintió que alguien se le acercaba. Cuando dio la vuelta vio a Mario con una botella de vino a la mitad.
“Como odio estos eventos sociales donde tengo que hacer de cuenta que somos la familia perfecta, cuando nada es más alejado de la realidad. Le dijo él.
“Bueno, veo que el vino te vuelve hablador. Aparte no te quejes, vos tenés una familia entera, hijos y señora, yo de suerte si tengo un hermano, que ahora está viviendo en Chile y un puñado de amigos de acá para allá. Le respondió Angie
“No todo lo que brilla es oro querida. Aparte, el vino no solo me vuelve hablador. Me hace decir la verdad, y la verdad es que creo que las dificultades que has tenido que pasar en tu vida, desde muy joven, te han moldeado para ser la mujer que sos hoy, y que, muy seguramente, puedas ser mañana. ¡Por favor ese vestido! Seguro que te lo debe haber elegido mi hijo, es muy de su estilo. Pero te queda espectacular.
– Estás borracho, y eso que la fiesta real todavía ni empieza
– Puede ser. Pero no estoy ciego.
El silencio entre ambos se volvió espeso, y desde el salón se escuchaba como la gente iba llenando el espacio. Todavía Ramiro no volvía.
– ¿Sabés que me encanta de vos? Que se nota que no estás intentando parecer algo que no sos. Auténtica. Eso no se ve seguido. Me hacés acordar a como era yo con tu edad
Angie se comenzó a poner nerviosa y empezó a balancear la copa, ya vacía, entre sus dedos.
Mario se le acercó más y ella pudo percibir en su piel ese aroma a roble de los vinos almacenados en barricas.
– No sé si eso sea verdad, respondió ella con la voz temblorosa
– Yo creo que sí, y no creo que sepas lo atractiva que sos cuando dejás de intentar encajar
El comentario le movió algo adentro, bien adentro. Algo que llevaba demasiado tiempo buscando escapar.
Mario levantó una mano lentamente y le apartó un mechón de pelo del cuello. Sus dedos apenas rozaron su piel, pero ella sintió el contacto bajar directo hasta el estómago.
Ella no se movió.
Entonces él la besó.
Fue un beso lento, cargado de vino y contención. Uno de esos besos que parecen preguntarse a sí mismos si deberían existir. Pero cuando Angie le respondió, Mario dejó escapar el aire contra su boca, como si hubiese estado aguantando demasiado tiempo.
Las manos de él encontraron su cintura con una necesidad torpe y contenida a la vez. Angie sintió el cuerpo arderle bajo el vestido mientras lo atraía más cerca, hasta sentir el calor de su pecho contra el suyo.
Mario volvió a besarla, esta vez con menos culpa y más hambre. Y Angie, por primera vez en mucho tiempo, sintió que alguien la miraba como si quisiera descubrirla entera.
Ambos supieron que hacer. Habiendo prendido el fuego con aquel beso inesperado, Mario la condujo un poco más adentro de las vides, donde ya nadie se acercaba, pero aún podían percibir los sonidos provenientes de la bodega.
Ella se apoyó contra uno de los postes que sostenían las parras y él metió despacio su mano derecha en la entrepierna de ella, sacándole con prisa, pero con delicadeza, la ropa interior, mientras que la besaba lento, como quien degusta un vino añejado, saboreando su lengua, y luego queriendo saborear más al sur fue bajando por sus pechos, masajeando, sintiendo sus pezones erizados por las caricias, prestos a sentir todo lo que se pudiera. Ambos jadearon. El frío de la noche contrastaba con el incendio que estaban provocando juntos.
Ella metió la mano por debajo del pantalón de Mario y notó que la excitación era notable, pero más no podía hacer, porque él comenzó a tocarla lento, pero constante, dibujando un abecedario con la lengua en su entrepierna, mientras ella gemía cada vez más. El movimiento entre ambos se volvió más profundo, más urgente, hasta que Angie dejó de pensar por completo. Sentía el cuerpo de Mario temblar contra el suyo, los jadeos mezclados entre besos torpes y respiraciones agitadas, mientras el placer crecía como un incendio imposible de contener, y cuando finalmente él se hundió una última vez en ella, ambos acabaron casi al mismo tiempo, sintiendo un éxtasis conjunto, mientras que ella sintió como una oleada le recorría el cuerpo, dejándola temblando aferrada a él, incrédula de lo que había sucedido.
Todavía no terminaban de recuperar el aliento cuando escucharon, a lo lejos, la voz de Ramiro llamándolos desde las primeras parras…
Continuará…