¿A dónde se fue la que me gustaba?

Maternidad y sexo: El día que la sensualidad pidió licencia


¿En qué momento preciso una empieza a dejar de sentirse sexy? No pasa de un día para el otro con un cartel gigante que te avisa. Pasa despacito, entre el cansancio acumulado, las demandas del día a día y esa mirada externa que, de a poco, te va encasillando.

Esta nota nace de una charla en el sillón de la pelu. El otro día vino una clienta, mamá de un bebé de casi un año. Me contaba lo mucho que le cuesta amigarse con su cuerpo, esa batalla diaria por volver a sentirse bien, deseable, cómoda en su propia piel. Y justo cuando intenta remontar esa inseguridad, aparece el famoso y tan temido entorno a picotearle el cerebro.

Me decía, re dolida y con mucha impotencia, que en su laburo escuchó a un compañero decir sin asco: «Y sí, cuando tienen hijos te la baja… Ya no las ves igual. Las empezás a ver como ‘madres’ y pierden eso que tenían antes».

Pasó de ser la piba inalcanzable, la que llamaba la atención de todos, a ser «la mamá». Como si la maternidad fuera un sello de vencimiento para la sensualidad. Como si pasar por un parto te borrara de un plumazo el deseo, las ganas y el derecho a gustar y gustarte. Ese comentario, que para ese tipo fue una pelotudez al pasar, a ella le cayócomo un balde de agua helada. Y nos pasa a casi todas: ¿por qué el sistema o los hombres nos cancelan eróticamente apenas somos madres? ¿Cuándo fue que decidieron que ser mamá y ser un ser sexual no pueden convivir bajo el mismo techo?

Pero la posta es que esto no es solo una cuestión de lo que opinen los demás de afuera. Hay toda una revolución interna de la que casi nadie habla: las benditas hormonas.

Cuando recién sos mamá, las hormonas te juegan una partida doble. Si estás amamantando, tenés la prolactina por las nubes y el estrógeno por el piso. Traducción: el deseo sexual directamente brilla por su ausencia, no porque no quieras a tu pareja, sino porque tu cuerpo biológicamente está en otra frecuencia. En ese momento, el corpiño que elegís no es el de encaje sexy ni el push-up, es el más cómodo, el de amamantar, el que te sostiene sin apretarte ni lastimarte. Se mancha, huele, te chorrea la leche… en fin chau tetas sexys.
Mirarte al espejo en ese proceso es todo un tema. Tenés esos kilos de más, la panza que cambió, la piel que no es la misma… Ni vos misma lográs reencontrarte con tu versión sexy frente al reflejo, ¿cómo pretendés activar la ‘gata’ que llevás dentro? Estás 100% en modo mamá, no en modo seductora. Y ojo, no es que tu pareja dejó de ser el amor de tu vida, es que primero necesitás reencontrarte con vos para poder conectar con un otro. Y sacar todo para lograr ese tan esperado orgasmo.

Y ahí es donde caen encima los mandatos de la sociedad. Esos mandatos absurdos que te exigen estar impecable, arreglada, perfumada de la puerta para afuera y ser una fiera en la cama de la puerta para adentro.

La realidad de una madre es otra: lo único que querés cuando termina el día es descanso. Que los chicos por fin se duerman para tener diez minutos de silencio y dormir vos también. Lo último que se te pasa por la cabeza después de todo un día de tetas, llantos, pañales y demandas es ponerte a pensar en el sexo.

Llegamos al punto de tener que postergar el deseo o directamente agendarlo. Muchas terminan poniendo la alarma a las 6 de la mañana, sabiendo que los chicos todavía duermen y que hay un ratito antes de que él se vaya a trabajar. Tener que programar la intimidad como si fuera un turno médico o una reunión de laburo, solo para cumplir o intentar mantener viva esa llama, es desgastante y muestra lo corrida que queda la espontaneidad en esta etapa. Porque a todo esto tenes ese picoteo de nuevo de las abuelas que decian » nena, si no le das en la casa buscan en otro lado» o el tipico » el hombre no puede quedarse con ganas » o sea queeee dice señora? Las mamás también tenemos ganas, queremos orgasmos con gritos, que nos metan todo lo que tienen que meter y fumar un cigarro post sexo a la briget jones. Pero aca la realidad es que no se puede, pero eso no justifica la infidelidad de nadie. Ah, pero eso viene en otra nota seguro

Ahí entra en juego la famosa carga mental, que jamás es pareja. Mientras el hombre muchas veces va directo al grano y solo piensa en ponerla, nosotras estamos procesando 20.000 cosas a la vez: si la comida de mañana, si la fiebre del nene, el laburo, la casa, la ropa que lavar, el cansancio acumulado y la culpa. Con la cabeza explotada de pendientes, no hay cuerpo ni deseo que aguante.

Hay que entender una cosa: para poder estar plenamente con alguien, disfrutar de ese momento y satisfacer tanto tus necesidades como las de la otra persona, primero tenés que tener paz mental. Necesitás estar bien vos misma para poder conectar con el disfrute de esas horas o de ese ratito con tu pareja. Y para que todo eso suceda, se tienen que alinear mil planetas.

Capas que al final del día solo queremos un abrazo y que nos digan que todo estará bien y que el huracán pasará y no unos momentos de sexo, donde tenemos que bañarnos, hacer la logística de acostar los pibes, que no escuchen. Secarnos el pelo, cambiarnos la ropa interior, cepillarnos los dientes… la verdad a veces tampoco sabemos lo que queremos xd.

Hasta que no aprendamos a soltar esa exigencia, a no culparnos por no tener ganas y a buscar primero nuestra propia paz y reconexión con nuestro cuerpo, el sexo en la maternidad va a seguir sintiéndose una obligación más en la lista, como esa que armás para ir al super. Y el deseo no se exige: se cuida, se espera y se construye empezando por una misma.

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2 comentarios en “¿A dónde se fue la que me gustaba?”

  1. A mí me costó años después de tener a mi último hijo el amigarme con mi cuerpo, el sentirme «linda» de nuevo, sentirme segura.
    Pasa también mucho que te compartan con las modelos y te tiran mira Pampita hace un mes que dió a luz y está espléndida y se olvidan que la realidad de las personas famosas es muy distinta a la nuestra.
    Hay veces q bañarse tranquila pasa a ser un lujo?
    Me encantan tus notas.

  2. Existe también otra realidad, el de repente se volvió complementario. Nunca es prioridad y para colmo ni siquiera ha sido entrenado para poder ayudar con el cuidado del bebé. No lo dejaron jugar con muñecas ni tiene idea de pañales ni de como cambiar la ropa del bebé. Se enfrenta a la impotente realidad de ser solo un proveedor tardío de nuevas necesidades. No hay tiempo para aprender, el pequeño ser ya llegó y solo necesita una teta cada tres horas y ella tiene dos. Casi como cenicero de moto busca acompañar a su compañera en el millón de nuevas cosas que de repente hay que hacer. La ve cansada, superada y no encuentra la manera de acercarse a ella y dejarle el mensaje de que todo va a estar bien. Que no importa nada el está ahí. Si vocabulario es bastante pobre cuando de expresar emociones se trata lo que mejor le sale es el lenguaje del cuerpo. La besa, la abraza la toca solo para que ella sepa que está.

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