La trampa de la plata dentro del matrimonio.

Cuando la plata se convierte en una herramienta de control, la dependencia se disfraza de amor, responsabilidad y “generosidad”.

Una vez me junté con una amiga y, después de reírnos un montón, escuché que dijo la gran frase: “Y bueno, yo no me puedo comprar lo que quiero, pero a los chicos no les falta nada y, al menos, mi marido paga todos los impuestos”.

En mi cabeza esa frase quedó resonando. Después lo pensé bien y dije: no, no es “bueno” por hacer eso, simplemente es su obligación. En la siguiente juntada le dije: “Me parece que estás equivocada, porque cumplir con la casa y los chicos es su responsabilidad. Vos tendrías que pensar en un objetivo propio para el día de mañana. Si él no está, o si te deja, tenés que tener tus herramientas, ya sea estudiar, trabajar o no depender 100% de su plata”.

A medida que le fui diciendo esto, me di cuenta de algo triste: ya no quería juntarse tanto conmigo. Me ponía excusas o, cuando le decía de ir a su casa, me decía: “No, porque va a estar mi marido durmiendo la siesta, viste que él trabaja un montón”.

Ahí te das cuenta de cómo funciona el sometimiento de la plata y cómo lo tenemos totalmente normalizado. Nuestras abuelas lo pasaron en silencio; nuestras mamás aguantaron y muchas veces se rebelaron ante esto; nosotras hoy tratamos de cambiarlo, y muy probablemente nuestras hijas y nietas sean las que por fin lo logren.

Es un chantaje invisible. Nosotras no terminamos nunca: nuestro trabajo en la casa y con la familia es 24/7. Pero cuando ellos salen de su trabajo y están estresados, “tienen” que ir a jugar al fútbol una vez a la semana porque les hace bien y se desestresan. Nosotras, en cambio, no podemos, o tenemos que estar pensando en los remedios de los chicos, en la visita al doctor o en mil cosas más. Y, mientras tanto, seguimos dependiendo económicamente de ellos.

¿Cuántas veces normalizamos estas situaciones? Esta violencia económica muchas veces va mucho más allá de la plata en sí. ¿Cuántas veces escuchamos en una reunión familiar o de amigos que el marido dice, enfrente de todos: “No, pero esta no sabe lo que es trabajar, porque el que trabaja acá soy yo”? O el típico: “Nos vamos a ir de vacaciones a tal lado porque yo me rompo el lomo todo el año”.

Hablan como si quedarse en la casa cuidando a los hijos no fuera trabajar. Claro, no entra una transferencia bancaria a fin de mes con tu nombre, pero si nosotras no estuviéramos ahí haciéndolo todo, ellos no podrían ir a trabajar esas 8 o 10 horas. Es un trabajo invisible que sostiene al otro.

Para darnos cuenta de todo esto, siempre es necesario empezar por nombrarlo. Dejar de disfrazar de “generosidad” lo que es la obligación de un padre y empezar a mirar de frente esa dependencia que nos silencia. Y, sobre todo, no juzgar a la amiga o a la mujer que hoy no lo puede ver o le cuesta salir de ahí, sino estar cerca para cuando abra los ojos.

Para poder entender que estás en una situación así, es necesaria una red de contención o una tribu: esas mujeres que te hablan y te dicen que vos valés un montón. No es fácil, pero tampoco es imposible salir. El estudio, el oficio, emprender, son actos necesarios para poder valernos de nuestra independencia, sin que nadie te diga “no podés hacerlo”.

Yo no volví a ver a mi amiga. Me dolió y me pone triste todos los días que la recuerdo, como si hiciera un duelo. Pero más me dolía saber que, aunque me cansara de decirlo, ella no lo aceptaría.

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