Hacía cerca de 3 años que ya me había divorciado y ese sábado estaba en un local de la Alameda tomando whisky y, de repente, entró una mujer hermosa, puso una moneda en la rocola y se puso a bailar.
Quizás yo era el tipo más feo de Mendoza y quizás esto tuvo algo que ver con todo lo que les voy a contar.
Sencillamente, la música se detuvo y se sentó al lado mío.
—¿Tomás algo? —pregunté.
—Claro, ¿por qué no?
No creo que hubo nada en especial en nuestra primera conversación.
De repente, sentí que me había elegido.
No creo que hubo nada especial en nuestra conversación esa noche. Era solo el sentimiento que Yaz me transmitía.
Me había elegido, o eso sentía yo.
Ninguna presión.
Le gustó lo que tomamos y toma mucho. No parecía tener la edad, pero igual le sirvieron.
La verdad que admito que cada vez que iba al baño y volvía, yo sentía cierto orgullo.
No solo para mí era la mujer más bella de la ciudad, sino también una de las más bellas que yo había visto en mi vida.
Sus ojos eran como el cielo después de la lluvia. Su cuerpo tenía un tipo de sensualidad que nunca había visto. Su piel y su pelo negro, jujeña o boliviana.
Transmitía sensualidad y luz imposible de contener dentro.
Ella no era como las otras mujeres que yo había conocido. No sé si era interesante, un humor natural emanaba de ella.
Yaz era la menor de varios hermanos. Su padre había estado preso y su madre había abandonado a ella y a sus hermanos. Pasó la mayor parte de su vida en reformatorios. Se notaba que había tenido varias peleas, ya que tenía varios cortes en los brazos y uno que atravesaba la cara, que lejos de afearla resaltaba más aún su belleza.
Yaz siempre estaba muy alegre o muy deprimida. Para ella no había término medio. Algunos decían que estaba loca. Lo decían los imbéciles. Los imbéciles no sabían ver a Yaz.
Los tipos simplemente la veían como alguien con quien tener sexo y ya. Ella bailaba, coqueteaba, quizás le daba algún beso, pero poco, por no decir casi nadie llegaba a tener sexo con ella.
Creo que nadie la llevó a entender. A ella le gustaba dibujar, pintar, incluso escribir, pero las otras mujeres le tenían mucha rabia y celos porque sus hombres la buscaban.
Tenía la costumbre de ser agradable con los hombres feos. Los hombres lindos, los odiaba. Siempre decía: «Esos tipos no tienen huevos. Confían en su cara bonita, su nariz perfecta, incluso su dinero, pero no tienen nada dentro».
Su vida había sido triste y solitaria. Esa noche me dijo que la libertad solo consistía en perder toda esperanza.
De repente, puse mi brazo sobre su hombro y la besé. Ella me miró y me dijo:
—¿Pensás que soy linda?
—¿Que soy linda? Desde luego —le dije—, pero hay algo más que, aparte de tu apariencia…
Me interrumpió y me dijo:
—La gente siempre me anda acusando de ser linda.
—¿Vos creés de verdad que soy linda?
—Linda no sería la palabra. No te hace justicia.
Es lo que buscó en su cartera. Sacó una navaja. Se hizo un leve corte en una pierna. Sentí un poco de horror y repugnancia. Ella me miró y me dijo:
—¿Y ahora creés que soy bonita? ¿Realmente creés que soy bonita?
En lo que vino el encargado del bar, que había observado lo que había hecho, y me dijo:
—Aquí no necesitamos ese tipo de circo y estupideces. O la controlás vos o se va.
Yo le dije:
—Tranquilo, hablaré con ella.
—Es mi cuerpo —dijo ella— y puedo hacer lo que quiera.
Yo la miré y le dije:
—No, a mí me duele.
—¿Quiere decir que yo me corto la pierna con una navaja y a vos te duele?
—Sí, a mí me duele.
Me lo dijo:
—Bueno, no lo haré más.
Me besó, pero como sonriendo.
Cuando cerraron, empezamos a caminar por la Alameda y me preguntó dónde vivía. Yo le dije: «A pocas cuadras de aquí». Era un departamento en la calle Rioja. Fuimos hasta allá. A mí me quedaba media botella de whisky. Nos pusimos a tomar.
Y nos pusimos a conversar. Ahí pude darme cuenta de que era una persona inteligente, que tenía mucho amor para dar. Al mismo tiempo, retrocedía a zonas de descontrol e incoherencia.
Mientras escuchaba, pensaba: una gorder online, una hermosa y bella, y me puse a pensar: «Ojalá nunca le hagan daño». Esperaba no ser yo.
Nos fuimos a la cama y apagamos la luz, en lo que me preguntó:
—¿Cuándo querés que tengamos sexo, ahora o mañana?
Yo le respondí:
—Mañana. Incluso, si no deseás, no tenemos que hacerlo.
Al otro día, desperté, preparé dos cafés y le llevé uno a la cama. Ella me miró y sonrió y me dijo:
—Eres el primero que no quiso hacerlo en la noche.
—No hay problema —le dije—, no tenemos por qué hacerlo.
Ella me miró, sonrió y me dijo:
—Ahora soy yo la que quiere hacerlo. Dame un minuto, que voy al baño, me lavo la cara.
Volvió del baño más hermosa de lo que yo la había visto. Ojos hermosos, labios gruesos, ese pelo negro, esa luz que emanaba, esa belleza que no se ve, simplemente se siente, todo resplandor.
Se metió en la cama, me miró y me dijo:
—Vení, amor.
Pesaba como entregando el alma, supiera tibia, sus pechos suaves y duros, árabes. Cuando la penetré, sentí que apenas se me derretía. La abracé y no existió nada más que ella. Mis manos acariciaron todo su cuerpo. Incluso su pelo. Cada caricia dibujaba en mi mente la belleza absoluta.
Una vez penetrada, empezamos a moverme lento, despacio. No quería que acabara nunca. Ella me miraba. De repente, la miré y le dije:
—¿Cómo te llamás?
Ella sonrió y me dijo:
—Qué m***** importa eso.
Luego nos bañamos y la llevé al centro y la dejé ahí. Volví a mi departamento. Estaba sin trabajo, había estado escribiendo, pero sin éxito. Dormí hasta las 12.
Y solía meterme en la bañera.
Y ella siempre llegaba cuando estaba dentro.
A veces me metía a diferentes horarios y, sin embargo, siempre llegaba.
Y hacíamos el amor.
Cada tanto le observaba un nuevo corte, nuevas cicatrices, golpes, y le preguntaba. Y ella me decía que eran los hombres que lo aceptaban cuando ella lo rechazaba.
Y yo le dije:
—Es tu culpa, ¿para qué recibís los tragos? ¿Sabés qué pasa, Horacio? No le importa a nadie.
—A mí me importás.
—Solo que no todos ven lo que yo veo.
Bueno, es que yo pensaba que le importaba yo y no solo mi cuerpo.
Por cuestiones laborales, me fui por seis meses de Mendoza a Buenos Aires. Luego volví.
No había olvidado a Yaz ni por un momento.
Pero las últimas veces que nos habíamos visto, habíamos tenido pequeñas discusiones, lo cual no era habitual, porque nuestras conversaciones solían ser fluidas. Ella hablaba, yo la escuchaba; yo hablaba, ella me escuchaba. Casi siempre estábamos de acuerdo o sacábamos conclusiones de nuestras vidas entre los dos.
Así que me dije: «Me voy a ir a un bar de la Alameda a ver si la veo».
Así, a media hora de que estaba ahí, el encargado me dice:
—Hola, Horacio. ¿Cómo estás? ¿Te enteraste de lo de Yaz?
Tiempo antes de lo ocurrido, me dejó esta carta para vos.
Me fui al departamento, me tomé una botella de whisky y empecé a leer la carta.
Querido Horacio:
Amor, te he extrañado y pensado mucho en vos y lo diferente que sos a los otros hombres.
Creo que hay monstruos que nacieron en este mundo de padres humanos.
Un monstruo es una variación de la normalidad aceptada en mayor o menor medida.
Pero el mal no siempre se ve a simple vista.
Puede venir envuelto en belleza o bondad o poder o amor.
Está en el corazón de nuestras historias más viejas.
Algunos pasan por el mundo sin que los detecten durante toda su vida.
Hay todo tipo de monstruos.
Algunos pasan por el mundo sin que los detecten durante toda su vida.
Un niño puede nacer con el cuerpo perfecto, pero sin bondad o sin una conciencia.
Aun así, no debes olvidar.
Todos son normales para sí mismos.
Y para un monstruo, la normalidad debe parecer monstruosa.
Una aprende rápido que no puede evitar la tensión del sexo opuesto.
Niños y hombres son atraídos por una mujer promedio con la misma certeza con la que un río corre hacia abajo.
Pero una no está indefensa ante sus intenciones. Con algo de práctica, una aprende a aprovechar su atención para su propio beneficio.
Desvía el río correctamente y puedes generar poder.
Como toda fuerza natural, el afecto de un hombre es controlable hasta cierto punto. Pero ese no es el peligro real. Cuando la atención de un hombre se vuelve amor o algo peor, no se puede predecir qué va a hacer…
En cambio, vos sos tan puro que no dejo de pensar que sos al único hombre que no veo como un monstruo.
Ojalá vuelvas pronto. Te extraño.
Tuya,
Yaz.
Después de leer la carta, me puse a llorar como un loco y pude comprender tantas cosas. Y me culpé por haberme ido. Me corté por no haberle dicho que viviésemos juntos, caso había muerto en manos de una expareja que no aceptaba el rechazo de ella. Un femicidio más en este horrible mundo lleno de horribles sombras, monstruos, como decía ella.
Mientras tanto, se escuchaba el ruido de la calle por la ventana y todo sería como si nada, y yo extrañándola como nunca había extrañado a nadie.