Cada 24 de agosto se festeja en Argentina el Día del Lector por el nacimiento de Jorge Luis Borges. La fecha no es casualidad: es el cumpleaños del lector más célebre que dio nuestra tierra, pero también la excusa perfecta para recordar una injusticia histórica de las letras universales.
Argentina tiene una de las tradiciones literarias más potentes del mundo y, sin embargo, jamás ganó un Premio Nobel de Literatura. Pero a quién le importa Estocolmo cuando tenés a semejantes monstruos en los estantes.
Borges: Los libros, la noche y el veto político
El caso de Borges es insólito. Un tipo que reformuló el idioma, el cuento y el ensayo, y a quien la Academia Sueca le dio la espalda sistemáticamente.
La vida no se la hizo fácil. Padeció una ceguera hereditaria que para los años 50 era casi total. Ironías del destino: justo cuando lo nombraron director de la Biblioteca Nacional, ya no podía leer los libros que custodiaba. Tuvo que reaprender a escribir dictando, confiando ciegamente en su memoria y en el oído.
A eso sumale la política. Durante el primer peronismo lo echaron de su puesto de bibliotecario y lo mandarons despectivamente a ser «inspector de aves y conejos» por ser opositor. Años después, sus declaraciones polémicas y aquella foto con Pinochet en el `76 le cerraron definitivamente la puerta al Nobel. No importó: no necesitó una medalla para ser inmortal.
Cortázar y Sabato: La otra mitad de la gloria
Hablar del lector argentino sin ellos es imposible. Julio Cortázar pateó el tablero con Rayuela y nos enseñó a jugar con la literatura. Desarmó la estructura de la novela y convirtió lo cotidiano en algo fantástico y cómplice.
Ernesto Sabato caló hondo en la psicología humana con El túnel y Sobre héroes y tumbas, dejando además una huella ética imborrable al frente de la CONADEP.
Ninguno de los tres se trajo el premio de Suecia, pero se quedaron con algo mucho más difícil de conseguir: el amor eterno de los lectores.
Como dijo el propio Borges: «Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me disgusta que no me dejen jactarme de las que he leído». Este 24 de agosto, el mejor festejo es simple: agarrar un buen libro y ponerse a leer.