Hay personas que, cuando encuentran un animal en problemas, simplemente no pueden mirar hacia otro lado. Son quienes rescatan, quienes van hasta donde haga falta, quienes hacen lo que sea necesario para darle una oportunidad a un animal que muchas veces no tiene a nadie más. Y, en el camino, terminan dejando buena parte de sus propias vidas en segundo plano.
Algunos tienen refugios en los que ya no cabe ni un alfiler, pero siempre encuentra la forma de hacer espacio para uno más. Otros usan sus casas y las acomodan de tal forma que puedan recibir a la mayor cantidad de animales posible.
Los rescatistas, como solemos llamarlos, son quienes muchas veces tienen que enfrentarse a la cara más cruel del ser humano y a las monstruosidades que algunas personas son capaces de cometer contra los animales. Aun así, asumen la tarea de reparar, en la medida de lo posible, ese daño: darles una nueva vida, una oportunidad y, finalmente, una familia que los cuide y los trate dignamente.
He sido testigo de que las personas se ofenden cuando se les piden requisitos para adoptar un animal, pero hay que tener en cuenta de que la mascota que van a adoptar ha pasado por muchas cosas. Es un ser que siente miedo, muchas veces siendo víctima de violencia por parte de otros seres humanos entonces, obviamente, la idea es que su nueva familia sea para siempre y no, como en muchos casos que vi, que se agoten a los dos meses de tenerlo lo dejen de nuevo en la calle. Mucho menos debería terminar siendo víctima de golpes bajo la excusa de corregirlo o viviendo atado en un patio.
Hay que admitir que los rescatistas hacen una labor impresionante, pero, más allá de todo ese trabajo y de la fuerza que vemos, hay una persona como nosotros, que también se cansa, que puede no tener dinero y se las ingenia para seguir adelante. A la tristeza que deben sentir por encontrar casos tan fuertes, está toda la fuerza que tienen que poner para atravesarla y ponerse en acción.
Por eso, quizás deberíamos intentar ponernos un poco en su lugar y entender que lo que hacen no es, en la mayoría de los casos, un trabajo. Nadie les paga por rescatar animales, atenderlos, alimentarlos o buscarles un hogar. Sin embargo, encuentran la manera de seguir.
Podemos ayudarlos de muchas formas, ya sea haciendo donaciones, ofreciendo tránsito temporal a algún animal, e incluso compartiendo las publicaciones que hacen en sus redes, y, sobre todo, teniendo algo de empatía por todos los rescatistas que todos los días luchan contra el maltrato animal y el abandono, porque, aunque ellos nunca se llamen así, para mí siempre van a ser los superhéroes de la vida real.