“El Ganges del Carril Sarmiento”
Éramos jóvenes, eternos y valientes; éramos bellos y de sonrisa fácil. Tendríamos unos diez años y el Universo era nuestro. El mundo ardía, la siesta era el vientre del sol. Las cosas se derretían irremediablemente.

El zanjón corría paralelo al carril Sarmiento y traía agua ocre y burbujeante. Nuestro plan era muy sencillo, hacer un dique colocando piedras del lecho del zanjón para formar una laguna. Apilamos roca sobre roca durante un rato, pronto el agua comenzó a llegarnos a la altura de las rodillas. El agua estaba tibia y se pegaba a la piel, pero generaba una frescura sin par.
Entonces, en nuestro océano particular, fuimos jugadores olímpicos de wáter polo, piratas buscando la Isla de la Tortuga, Viet Cong escondidos en los juncos de la costa del Mekong. Nos animamos a bucear y descubrimos naufragios perdidos, rebosantes de piedras preciosas, estatuas atlantes hechas de coral y lapislázuli y un agujero que llegaba al centro de la Tierra.
El calor no nos afectaba.
Por la corriente de agua, debajo de un puente, algo se nos acercaba flotando. Una masa ignota, sin una definición certera. Podían ser Moby Dick o el Kraken o el Nautilus. Lentamente la figura comenzó a salir de la umbría hacia la verdad de la luz y se reveló cómo un perro muerto, hinchado en su putrefacción. Tenía el pelaje gris y las orejas cortitas. Mientras más se acercaba más se sentía el hedor a cadáver y se escuchaba el murmullo de los gusanos carroñeros. Recuerdo sus ojos abiertos y sus pupilas blancas.
Gritamos ante el espanto de la muerte y salimos corriendo. El perro muerto se estancó en el dique precario, interrumpiendo su viaje por el Ganges del carril Sarmiento. Quedó ahí. A veces, cuando me voy a tomar el Metrotranvía, lo veo y me reflejo en sus pupilas blancas. Su pestilencia renace y me acompaña todo el día.
“El Tarzán de la calle 9 de Julio”
En la calle 9 de Julio no hay lianas. Eso no es impedimento para que el Tarzán de Luzuriaga ande por ahí buscando cataratas para saltar, leones de jade para acariciarle la panza y gorilas para hacer unos round. También busca una mujer rubia y lánguida, para rescatarla de una tribu de antropófagos. Feliz, da su alarido de victoria y las torcazas de la calle 9 de Julio le devuelven el llamado salvaje, primigenio y primitivo. Vagando libre por las eternas selvas doradas de la calle Paso de Guana pero no pudo evitar que unos truhanes le robaran el Samsung Galaxy J8. El Tarzán de Luzuriaga se lamenta por los contactos y los datos perdidos.
“La que no sabe dónde está”
Se llamaba Clara. Vivía cerca de la plaza, en la calle Virgen de Uspallata, a dos cuadras del púlsar que cayó del espacio. Clara dormía todo el día. Se dormía viendo TV, se dormía cocinando, se dormía mirando las estrellas, se dormía mientras se bañaba y tenía que nadar hacia la costa cuando se despertaba. Clara se dormía mientras dormía.
Un día se puso a correr en sus sueños y nunca regresó. Se quedó en ese mundo nuevo, sin saber qué lugar era en donde estaba.
“El abducido de Luzuriaga”
En una noche ciega una luz cegadora se llevó a Rubén, desapareció bajo el haz de un azul atroz. No quedó en claro si fue un OVNI o un patrullero; los pocos testigos no fueron de gran ayuda, aunque prevaleció la idea de que fue un plato volador el que se lo secuestró. No lo buscaron, no pusieron la denuncia por su desaparición a la policía, ni siquiera lo esperaron.
Pasaron un par de días y volvió. Apareció en la calle Alsina, cerca del supermercado. Estaba desnudo, con el cuerpo con signos de haber sido objeto de estudios científicos. El abducido alegó que estuvo de paseo por el Sistema Solar, con una parada en Ganímides para estirar las piernas.

Ahora Rubén pasa los días sentado en la puerta del kiosco de Don Palma y comparte su aventura a aquel que le brinde una cerveza fresca.
Auspician este espacio:

