¿QUIEN VA A TRABAJAR LA FINCA?

Mendoza se está quedando sin gente para trabajar la tierra. Las fincas desaparecen, perdemos productores, conocimiento y alimentos.

Mendoza tiene tractores con GPS, drones, sensores y agricultura de precisión. El problema es que cada vez hay menos gente que quiera agarrar una tijera de podar.
Hay algo que viene pasando desde hace años y que recién ahora estamos empezando a mirar. Nos estamos quedando sin gente para trabajar en el campo. Y no hablo solamente de cosechadores, hablo de algo bastante más grave: nos estamos quedando sin gente que quiera vivir del campo.

Esto no lo descubrimos ayer. Ya lo veíamos hace unos 18 años atrás, cuando cursaba Extensión Rural en la Facultad de Agronomía. En esas clases hablábamos del envejecimiento de los productores, falta de relevo generacional, baja rentabilidad, abandono de fincas y jóvenes que preferían buscar otro futuro.

En aquel momento parecía un problema del futuro… Bueno, como decía el Indio Solari, “El futuro llegó hace rato”. Y como Mendoza tiene esa costumbre de postergar todo hasta que se transforma en emergencia, ahora estamos mirando el problema con cara de: ¿Y esto cuándo pasó? Pasó mientras hacíamos excepciones.

EL HIJO DEL PRODUCTOR TAMBIÉN HACE NÚMEROS

Durante generaciones la ecuación fue sencilla. El abuelo tenía una finca, el padre trabajaba la finca, el hijo aprendía y algún día el nieto continuaba. Hoy el hijo mira la finca y pregunta: “¿De esto puedo vivir?”

Y la respuesta muchas veces es: depende del clima, del precio, de la cosecha, del dólar, del mercado, del costo de insumos, de los impuestos y de que no aparezca una helada, una piedra, una plaga o una decisión administrativa que termine complicando la ecuación.

El problema no es que los jóvenes no quieran trabajar, hacen números; y después de estudiar, trabajar doce horas y vivir pendiente del clima, descubre que puede ganar lo mismo (o más), trabajando en una actividad con horario, sueldo y vacaciones, probablemente elija esa actividad. No porque no quiera trabajar. Porque nadie quiere heredar incertidumbre como proyecto de vida.

Y MIENTRAS TANTO, EL CINTURON VERDE SE ACHICA.

El cinturón verde de Mendoza no es un decorado rural que quedó atrapado entre barrios. Es una de las principales zonas hortícolas del país y una pieza estratégica para el abastecimiento de los alimentos de la Argentina.

Foto: Matías Estevez – Finca hortícola en Guaymallén

En ese pedazo de Mendoza, donde todavía hay gente que sabe producir alimentos; y no solamente sabe sembrar, sabe hacerlo, sabe cuándo regar, cuándo plantar, cómo manejar una plaga, cómo hacer un almácigo, como sacar una lechuga sin pedirle al Ministerio. Y eso tiene un valor enorme. Porque una finca no es solamente tierra. Es producción, trabajo, conocimiento y soberanía alimentaria.

El problema es que mientras nosotros discutimos cómo proteger ese cinturón verde, el mercado inmobiliario ya está haciendo sus propios planes. Donde nosotros vemos una hectárea productiva, alguien ya está calculando cuántos lotes entran.

Y ahí empieza la fiesta. Se vende la finca, se compra el terreno, después se pregunta si se puede construir, y si no se puede… Se pide una excepción.

Porque en Mendoza tenemos una modalidad de planificación territorial revolucionaria: primero se compra donde no corresponde construir y después se busca de convencer a alguien de que sí corresponde.

Eso no es una política de protección del cinturón verde, es una política inmobiliaria disfrazada de planificación terriotorial.

El productor vende porque necesita plata, y nadie puede juzgarlo. Después de toda una vida trabajando, aparece alguien y le ofrece una suma de dinero que representa años de esfuerzo. Es lógico que lo piense. El problema no es solamente que venda, el problema es por qué producir dejó de ser una opción suficientemente atractiva para que quiera seguir produciendo.

Acá está la verdadera discusión, porque cuando desaparece una finca, no desaparecen solamente hectáreas. Desaparece trabajo, conocimiento, producción, paisaje, cultura y una posibilidad para la próxima generación.

Después nos preguntamos por qué importamos verduras. Y bueno muchachos: la lechuga no crece en el shopping.

“NO QUIERO QUE MIS HIJOS PASEN POR LO QUE YO PASÉ”

Hay una frase recogida por trabajos del INTA que debería hacernos para un minuto: “No quiero que mis hijos pasen por lo que yo pasé”.

No hace falta agregar demasiado.

Cuando alguien pasó toda su vida trabajando la tierra recomienda a su hijo que haga otra cosa, no estamos frente a un problema de vagancia juvenil… Estamos frente a una señal, y bastante grande.

Quizás deberíamos dejar de preguntarnos por qué los jóvenes se van. Y empezar a preguntarnos ¿por qué el campo los expulsa? ¿Quién va a trabajar la finca? Esta es la pregunta, pero hay otra peor. ¿Quién va a ser dueño de la finca dentro de veinte años?

Porque trabajadores podemos traer, máquinas podemos comprar, tecnología podemos importar, pero una generación de productores mendocinos no se compra por Mercado Libre. Y si seguimos perdiendo productores, seguimos achicando el cinturón, y no de nuestro pantalón, sino del que nos dá de comer. Y si seguimos reduciendo el cinturón verde, algún día vamos a tener una Mendoza llena de casas y vacías de chacras.

PARA TERMINAR

Todavía estamos a tiempo. Mendoza tiene productores, técnicos, Facultad de Agronomía (para mí la mejor del país), conocimientos, tecnología y tiene algo que no se puede fabricar de un día para otro: una cultura agrícola.

¿Qué política quiere Mendoza para su tierra productiva? Porque si el trabajador rural gano poco, el productor gana poco, el joven se va, el agrónomo queda atrapado en una ecuación imposible y la hectárea vale más como lote que como finca. Después no le echemos la culpa a los jóvenes por no querer trabajar el campo.

Si queremos conservar el cinturón verde, producir alimentos y tener productores dentro de veinte años, hay que dejar de pedir sacrificios y empezar a construir una política económica que haga que producir vuelva a convenir.

Porque una finca se puede vender en una tarde, un barrio se puede construir en 9 meses, pero una cultura productiva, cuando desaparece, no se recupera con un decreto.

Así que, antes de seguir convirtiendo cada hectárea productiva en un lote con cerco eléctrico, quizás convendría hacernos una pregunta, no como agrónomos, no como políticos, no como periodista, no como productores, sino como mendocinos. ¿Qué queremos que haya acá dentro de veinte años? ¿Más barrios? ¿O gente produciendo?

Porque si seguimos sembrando cemento donde antes sembrábamos alimentos, algún día vamos a tener que explicarles a nuestros hijos que aquello que hoy ven como un barrio… todo eso era finca. Y ahí, queridos mendocinos, ya no vamos a tener un problema de mano de obra. Vamos a tener un problema bastante peor: no va a quedar finca ni gente para trabajarla.

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Ing. Agrónomo Don Brote

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2 comentarios en “¿QUIEN VA A TRABAJAR LA FINCA?”

  1. Excelente tema!!! Tan importante y esencial cuidar la tierra que nos abastece de alimentos… Nuestro suelo fértil lo perdemos por los emprendimientos inmobiliarios….

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