Hay un personaje que la música, y especialmente el rock, construyó durante décadas.
El músico atormentado.
El genio incomprendido. El que vive de noche, duerme poco, toma demasiado, tiene un par de demonios dando vueltas por la cabeza y, de alguna manera, cuanto peor está, mejores canciones hace.
Nos encanta ese personaje. El que está roto pero escribe de puta madre.
Y hay algo que me genera mucha tristeza (y también bastante bronca) en todo eso.
El músico atormentado no es un personaje. Es una persona.
Y a veces parece que necesitamos que esa persona muera para terminar de entender que estaba sufriendo.
Ian Curtis, Kurt Cobain, Michael Hutchence, Mark Linkous, Chester Bennington . Nombres enormes. Voces enormes. Canciones que quedaron.
Y vidas que no.

No quiero hacer una lista de tragedias. No quiero contar cómo murió cada uno ni buscar el detalle morboso que siempre parece interesar tanto. Quiero hablar de otra cosa.
De esa costumbre que tenemos de mirar hacia atrás después de una muerte y empezar con «Ah, esta letras era una señal» o «Mirá, en esta entrevista lo estaba advirtiendo» y cosas por el estilo. Como si todo hubiera estado escrito desde el principio.
Pasamos por alto que eran personas que tenían días buenos y días horribles. Personas que amaban, trabajaban, componían, se reían, se equivocaban, tenían problemas, tenían gente que las quería y, también, tenían dolores que quizás no sabíamos ver.
Y después de que mueren hacemos algo bastante extraño: las convertimos en leyenda.
«El artista sensible que no pudo con el mundo.»
«El genio que tenía demasiados demonios.»
«El músico que vivió demasiado rápido.»
Y la historia queda cerradita, casi perfecta. Pero el suicidio no es un final romántico para una vida artística.
Es una muerte.
Y detrás de esa muerte quedan familias, amigos, compañeros de banda, seguidores y un montón de personas que tienen que aprender a vivir con una ausencia que no se convierte en poesía solamente porque el que murió hacía canciones.
Syd Barrett y la puta costumbre de convertir el dolor en leyenda

Con Syd Barrett me pasa algo distinto, me genera una mezcla bastante difícil de explicar entre empatía y bronca.
Syd fue una pieza fundamental de los primeros Pink Floyd. Un músico brillante, creativo, extraño, psicodélico, magnético.
Y después dejó de estar bien. Su salud mental se deterioró profundamente, su comportamiento cambió, su relación con la banda se volvió cada vez más complicada y terminó alejándose de Pink Floyd y de la vida pública.
La banda siguió. Y Syd también siguió, pero por un camino muchísimo más silencioso.
Y con los años apareció el mito: Syd Barrett, el genio perdido. Ahí, justo ahí, es donde la broca me asoma por los poros.
Porque qué fácil es convertir a alguien que sufrió en un personaje.
Syd no murió por suicidio y justamente por eso quiero que esté acá. Porque su historia nos obliga a mirar algo que muchas veces queda afuera cuando hablamos de prevención: no todas las historias de sufrimiento terminan en una muerte.
Algunas terminan en silencio, en aislamiento y me parece que también tenemos que mirar esas historias.
Daniel Johnston y los que siguen acá
Traigo a esta nota a Daniel Johnston. Que tampoco murió por suicidio pero que convivió durante gran parte de su vida con problemas de salud mental que atravesaron su música, sus relaciones, sus obsesiones y su manera de mirar el mundo.
Sus canciones, sus dibujos, sus amores, sus miedos y su fragilidad quedaron metidos dentro de su obra de una manera difícil de separar.

Pero Daniel estuvo acá. Creó. Grabó. Dibujó. Se enamoró. Tuvo crisis. Siguió.
Y eso rompe una asociación que tenemos demasiado instalada:
artista + sufrimiento = obra genial + final trágico.
No necesariamente.
Hay personas que sufren y siguen, reciben ayuda, tienen redes que las sostienen. Personas que atraviesan años horribles y después tienen otros que no lo son tanto.
Y quizás también haya que hablar de ellas.
Porque si solamente contamos las historias de quienes perdimos, corremos el riesgo de seguir construyendo la misma leyenda que estamos tratando de cuestionar.
Qué suerte que estuvieron
Tocar este tema provoca que me atraviese una gran, enorme, gigante contradicción.
Por un lado digo «Qué suerte que hayan existido» . Qué suerte que Syd Barrett haya estado en este mundo. Que Ian Curtis haya agarrado un micrófono. Que Kurt Cobain haya escrito esas canciones. Que Michael Hutchence haya puesto esa voz. Que Mark Linkous haya hecho esas canciones hermosas y extrañas. Que Chester Bennington haya encontrado una manera de poner en palabras y música cosas que quizás muchos de nosotros ni siquiera sabíamos cómo nombrar.
Qué suerte haber sido testigos, aunque haya sido desde lejos, de semejante obra.
Y, por otro lado pienso: ¿A qué costo? ¿Cuánto de su dolor consumimos sin saberlo? ¿Cuántas veces admiramos la oscuridad sin preguntarnos qué tan oscuro estaba realmente el lugar desde donde esa música había salido?
Porque nosotros recibimos las canciones. Ellos tuvieron que vivir todo lo que había detrás de ellas.
Y quizás el problema sea que durante demasiado tiempo confundimos el dolor con genialidad. Como si para hacer algo hermoso hubiera que estar roto.
¿Alguna vez pudieron verlo?
Me pregunto si alguna vez tuvieron un momento de lucidez. Uno de esos momentos raros en los que, aunque sea por un rato, el ruido de la cabeza baja un poco.
No lo sabemos.
Y quizás nunca lo sepamos.
Pero me gusta pensar que, aunque haya sido por un ratito, alguno de ellos pudo verlo.
Pudo mirar su obra desde afuera de sus propios demonios y decir:
“Mirá lo que hice.”
Qué loco ¿no?
Nosotros sabemos hoy que fueron importantes y que cambiaron cosas, que inspiraron músicos, que acompañaron vidas enteras.
Ellos, en cambio, tuvieron que vivir dentro de sus propias cabezas mientras todo eso estaba sucediendo.
Escuchar a tiempo
El 10 de septiembre es el Día Mundial de la Prevención del Suicidio.
Y escribir esto me angustia un poco porque amo la música; porque estos nombres forman parte de mi historia musical y de la de muchísima gente.
Ojalá, ser testigos de estas vidas nos deje algún aprendizaje.
No necesitamos que alguien se destruya para demostrarnos que su arte era verdadero.
Entonces creo que, cambiando la perspectiva desde la cual consumimos música, lo que podemos intentar hacer es escuchar también a las personas que la escribieron. A lo mejor, después de tantos años, haya algo que podamos aprender de ellos:
Escuchar a tiempo.
2 comentarios en “¿Quién los escuchó ellos?”
Hace unos años leí que una tal Amy había muerto. Todos estaban asombrados. Meses mas tarde, en un local de música, la vi cantar y me sentí desvalido. Perdí mucho tiempo, perdí mi posibilidad de escucharla a tiempo.
Con Syd barret me pasa lo mismo. Wish you were here es un himno a lo que ya no está presente.
Muy buena la nota. Excelente,
Tocas un tema tan importante para hablar hoy en día, porque siempre queda la pregunta “ si hubiese pasado si alguien los escuchaba realmente?” a estos genios y a muchos otros más que quedaron en el camino. No hagamos ojos ciegos a los llamados de ayuda de una persona.