Hoy, como todos los días, salí a hacer las compras. El día está nublado y muy frío, con una fina lluvia que no paraba desde la mañana. Al doblar la esquina escuché unos maullidos desgarradores. En una de las casas, un hombre sacaba a patadas a un gatito bebé que no pasaba los dos meses de vida.
No pude mirar hacia otro lado. Tuve que hablar con él. Me dijo que no era suyo, pero yo sabía que ese bebé era hijo de la gata que había en su casa. Me dijo que me lo llevara y no lo dudé.
Camino al almacén, una nena me vió con el gatito y se ofreció a adoptarlo, pero lamentablemente su mamá no se lo permitió. En ese momento me sentí perdida porque no sabia que iba a hacer con él. No podía tenerlo mucho tiempo conmigo y dejarlo en la calle no era opcion para mí.
Pasé por la casa de mi suegra a contarles lo que habia pasado y mi cuñada, al verlo, quedó enamorada y pidió quedárselo. Mi suegra aceptó cuidarlo y no dudaron ni un segundo en ofrecerle agua y comida mientras entraba en calor. Sus ojitos brillantes reflejaban que ya se sentia seguro y se quedó tranquilo, acurrudado en los brazos de mi cuñada, que le hablaba con todo el amor que le hacia falta.
Su nuevo nombre es Pompona y ahora tiene una nueva familia que no va a abandonarla. Esta historia empezó triste, pero este bebé tiene un final feliz, y me llena el corazón de alegría haber sido de utilidad para su vida.
La mejor parte es que no estamos lejos y voy a poder verla crecer también. Sé que para algunos esto puede parecer una estupidez, como las personas que me miraban mal en la calle, pero para ese bebé hice toda la diferencia, y solo eso importa.