Leonor y Nunca más

Una historia en la que el amor y la locura marcaron la imagen icónica de su protagonista.

“Una vez, al filo de una lúgubre medianoche, cuando débil y cansado, en tristes reflexiones  embebido; inclinado sobre un viejo y raro libro de extraña ciencia, cabeceando, casi dormido, se oyó un súbito golpe…”. Así comienza el relato de un hombre solo y encerrado en una habitación apenas iluminada, y rodeado de objetos polvorientos. La quietud, el silencio y la melancolía son interrumpidos por golpes que lo sacan de la ensoñación laberíntica de su, apenas leve, conciencia.  Su corazón se aceleró en la mezcla de sorpresa e incredulidad. ¿Leonor? Preguntó en un susurro. El ruido se volvió más insistente. ¡¿Leonor?! Volvió a decir casi en un ruego que produjo un eco en todos los rincones. Entonces abrió la puerta, nada. Se acercó a la ventana, arrastrando los pies con apuro, para quitar las cortinas mustias de terciopelo desgastado. Cuando abrió los paneles vidriados, el brusco aleteo de un cuervo agitó el aire pegajoso y apagó la llama de la única vela que ardía. Sólo quedó la luz de la luna que entraba por la ventana. El pájaro se posó sobre el busto de Palas Atenea que estaba encima del dintel de la puerta, la misma puerta por la que había salido cargando el cadáver de Leonor.

Ante aquel majestuoso plumaje y profundos ojos, preguntó, ilusionado con la idea de que el pajarraco fuera un Profeta del otro lado, cuál era su nombre. “Nunca más”, dijo. Entonces, preguntó si conocía a Leonor, “Leonor, por los ángeles llamada”,  si volvería a verla. Él quería descansar en la muerte como un portal de esperanza. Y el cuervo volvió a decir: “Nunca más”.

¡Maldita ave demonio, fuera! ¡Fuera!¡Fueeeeraaaaa! “Nunca más” repitió el cuervo. Y allí se quedó, a su lado, custodiando la puerta, su mente y las sombras de una noche que se volvió eterna.  

Esta es, brevemente, la historia que narra el poema más famoso del Maestro del Misterio, Edgard Allan Poe. El lector sabrá que el solo nombre de Poe hubiera dado al relato la estela previsiblemente oscura de una pluma atormentada. A primera vista, aparece como el lamento desgarrado de un hombre incapaz de aceptar la muerte de su amada. Sin embargo, como en todo relato oscuro, lo que hay es una historia plagada de simbolismo iniciático.

Esa lúgubre noche existió, y si hablamos de mujeres, no fue una sola muerta. Poe tuvo tres mujeres, las tres murieron jóvenes y enfermas, a las tres las amó. Pero hubo una cuarta mujer de la que la historia dice que ni siquiera tuvieron una aventura; a la que Poe le dedicó “El cuervo y Otros poemas” diciendo textualmente: “Dedicado a Elizabeth Barret Browning, con la más entusiasta admiración y mi más sincera estima”.

Elizabeth Barret Browning no era una poeta oscura; sin embargo, uno de sus poemas: “El cortejo de Lady Geraldine”, también habla de la muerte de una mujer. Al parecer, la admiración de Poe hacia la autora, lo llevó a imitar la métrica y el tono de aquella obra e, incluso, dedicarle la propia sin ninguna timidez.

Leonor aparece entonces, no como una mujer específica, ni siquiera como un amor, idea del amor, pretensión del amor, pérdida del amor. Leonor es la manifestación de la más trágica certeza: “nunca más”. Cada vez que el poeta reclama su nombre, intenta, desesperadamente, recuperar una parte de sí mismo. Cuando muere un amor, también muere una antigua identidad, una forma de ser con otro, la vida conocida.

El pájaro entra por la ventana y se posa sobre la puerta. El portal que sólo se abre con la muerte no es el sitio del que proviene el animal. El cuervo es presencia actual, doliente, portador del mensaje del único destino posible: vamos a morir. Esa verdad absoluta es la que pone al lector en el umbral para decidir si la imagen del cuervo es demonio, mensajero o maestro; o las tres cosas al mismo tiempo.

“Nevermore” fue la palabra original que repetía el cuervo. Esa palabra puede traducirse también como “jamás”. Fue el gran Julio Cortázar quien la tradujo como “nunca más”, entendiendo, con una sensibilidad superior a su don para traducir a otros escritores, que la diferencia entre “jamás” y “nunca más” es abismal.

“Nunca más” duele porque hubo un antes, una realidad distinta. Leonor no es sólo una mujer muerta; es despedida, ausencia y, por qué no, renacimiento.

El cuervo se hizo tan uno con Poe que inmortalizó la propia imagen del poeta, acompañando siempre como un custodio, la existencia de un secreto sólo revelado a quien se ha quitado los velos de la ilusión. En el poema, ninguno de los dos sale de esa habitación, de esa noche lúgubre. El cuervo permanece siempre en el umbral, posado sobre el busto de Palas Atenea, custodiando la puerta, repitiendo una y otra vez: “Nunca más”, la frase que es premio y castigo, certeza y angustia. La luz ausente de Leonor convive con la sombra permanente del pájaro.

El poema fue publicado en enero de 1845. Su autor dio numerosas conferencias y entrevistas sobre la obra, “una rapsodia de intensa brillantez”, según los críticos. Él se esforzaba en declarar que el poema es una forma de actuar el propio proceso de duelo que vive su mente, razón por la que las metáforas que utiliza son tan inquietantes. Pocas obras de la literatura universal han despertado tantas interpretaciones. «El Cuervo» es un viaje al dolor, a la memoria, al sentido de la existencia cuando lo que la sostenía ya no es.

La última de sus mujeres murió dos años después de la publicación del poema; y, dos años luego, Poe, delirando y abrumado, fue encontrado vagando por las calles de Baltimore, asegurando que iba al encuentro de su amada. Pocos días más tarde, el 7 de octubre de 1849, finalmente él también murió sin haber recobrado la cordura.

Dicen que, desde entones, cada noche del 19 de enero, una figura encapuchada se acerca a su tumba a dejar tres rosas y una botella de licor. En la tumba, el cuervo, custodia que nadie hurgue en la carroña de aquel sombrío corazón desecho que, cuándo aún latía, escribió de sí mismo: “Todo lo que amé, lo amé solo”.

“El cuervo” es una obra que habla del precio que paga quien decide mirar de frente a la verdad y recuerda que nadie alcanza la luz sin haber transitado primero las sombras del dolor, el miedo, la desesperación y la ausencia.

Cuando la noche sombría cubra la habitación y no encuentres las respuestas, abrí las ventanas, dejá entrar al mensajero y repetí con él: “Nunca más”. Con la aceptación de la muerte, llega el viento con su beso y llegará también el sol con su abrazo de luz.

Y algún día, el último, con esa brisa y esa luz llegarán todas las respuestas, en los labios de Leonor.

Si querés escuchar el poema, en el siguiente enlace:

https://www.youtube.com/watch?v=nVkCYLoU7j8

COMPARTIR

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *