El día que decidí hacer las cosas bien

Después de años de hacer cualquier cosa, un día intenté hacer todo como corresponde. Mala idea.

Toda mi vida tomé malas decisiones.

Y lo peor es que muchas veces sabía que eran malas.

No era inocencia. Era convicción.

Uno veía el cartel de peligro y pensaba: «Bueno, tampoco debe ser para tanto».

Y entraba.

Durante años me salió más o menos bien.

Hasta que un día tuve una idea peligrosa: empezar a hacer las cosas correctamente.

Pensar antes de decidir.

No actuar por impulso.

Llegar temprano.

Leer las instrucciones.

Escuchar consejos.

Una locura.

La primera vez que lo intenté fue con un trámite.

Preparé todo la noche anterior. Documentación, fotocopias, turno, lapicera. Revisé la dirección dos veces.

Al día siguiente salí con tiempo de sobra.

Llegué temprano.

Estaba impecable.

Un ciudadano ejemplar.

Hasta que vi el cartel en la puerta:

«Los trámites correspondientes a su turno se realizan en otra sede.»

Otra sede…..Obviamente a varios kilómetros, miré el reloj. Me quedaban doce minutos.

En ese momento entendí algo importante: hacer las cosas bien no necesariamente hace que las cosas salgan bien.

A veces solamente consigue que tengas todo prolijamente preparado mientras la vida te caga el día.

Y hay algo bastante injusto en eso.

Porque durante años uno se manda cagadas y, de vez en cuando, tiene suerte.

Después decide portarse como una persona razonable y aparece una baldosa floja, una mala noticia o un empleado que te dice:

—No, eso no es acá.

Entonces aparece la pregunta inevitable:

¿Para qué carajo hice todo bien? No tengo una respuesta demasiado filosófica.

Quizás porque hacer las cosas bien nunca fue una garantía. Era solamente una manera de no agregarle mis propias cagadas a las que ya trae la vida…..Y eso, con los años, empieza a parecer bastante. Porque uno no controla demasiado.

Podés pensar una decisión durante una semana y equivocarte.
Podés decidir en cinco minutos y tener suerte.
Podés hacer todo con cuidado y que salga mal.

También podés hacer cualquier cosa y que salga espectacular.

La vida tiene ese pésimo sentido del humor.

Así que últimamente intento no confundir una buena decisión con un buen resultado. Una buena decisión puede terminar mal. Y una mala puede salir extraordinariamente bien.

La diferencia está en otra parte.

En poder decir: esto lo hice sabiendo por qué lo hacía. Después vemos. Si sale bien, festejamos. Si sale mal, puteamos un rato.

Y seguimos.

Pero, por las dudas, la próxima vez que tenga que hacer un trámite voy a preguntar dónde es.
Tampoco quiero convertirme en un boludo responsable de golpe.

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