“Su deseo era estar sometido y yo le cumplí esa fantasía, mi deseo era dominarlo y él no se negó a eso”.
Até sus manos y pies a los costados de la cama, le tapé la boca, su cuerpo desnudo, expuesto y vulnerable pedía a gritos que jugara con él, al fin y al cabo era un hombre de unos 50 años queriendo experimentar.
Sus palabras fueron claras:
— Quiero que me hagas tuyo.
Me senté sobre él, lo sujeté del cuello, y en su piel blanca mis dedos iban dejando un rastro de sumisión.
Se movía para ambos lados tratando de zafarse, el pañuelo en la boca apenas le permitía emitir sonidos, gemidos y mucho placer en una mezcla agridulce para él. Me hice hacia atrás hasta detenerme en su pecho, sus tetillas eran ahora mi atención, las mordí y pellizqué hasta que se pusieron rojas. El dolor que le causaban mis dientes era extremadamente excitante, sus gritos tuvieron que ser callados y una cachetada hizo eso por mí.
Mis compañeros de juego se habían unido a nosotros. Cada uno ocupó un extremo de su cuerpo y solo se dedicó a ese extremo, a la vez que recorrían sus brazos y piernas con sus manos, besando, mordiendo y apretando. Yo podía sentir que, cuando uno de ellos le provocaba algo de dolor, lo hacían estremecer, y más aún cuando su piel se marcaba en cada acción.
Por mi parte yo seguí ocupado en su pecho y su cuello besando y raspándolo con mi barba, hasta que tomé entre mis manos cada una de sus tetillas y las apreté y giré suavemente, mientras que de sus ojos apenas unas lágrimas se dejaban ver.
No voy a negar que nosotros estábamos estallados en éxtasis, erotizados, cuando cada uno de nuestros penes erectos golpeaban y se resbalaban por su cuerpo de a poco lo iban humedeciendo. Intuí por sus gestos que quería decirme algo, así que bajé un instante el pañuelo que cubría su boca, tomó una bocanada de aire y me dijo:
— Quiero que me acabes en el pecho, pero solo vos.
Le tapé la boca y les dije a los chicos:
—¡Lo quiero limpio, es mío!
Acto seguido ellos se apartaron y nos dejaron solos, limitándose a quedarse parados masturbándose mientras miraban.
—¿Así que querés que te dé leche? le dije.
Él asintió con la cabeza.
Coloqué mis rodillas en el costado de su cuerpo, me senté sobre él, agarré mi pene, tomé su cuello y comencé a masturbarme. Mientras iba acelerando el ritmo de mi mano lo dejaba sin aliento. Noté que le costaba respirar, su ritmo corporal iba a la par del mío, mientras que alrededor nuestro los gemidos y la mirada hipnótica del resto también nos seguían. Con un gesto los hice volver a la escena, cada uno se incorporó tomando su lugar, mientras que mi amante solo se dejó estar ahí. Yo sonreí y le saqué la mordaza, mi mano se había lubricado por completo, ya no aguantaba más y le grité que me venía.
En cuanto terminé de decir esas palabras mi semen se extendió sobre su pecho, desbordándose por completo, salpicando su rostro hasta chorrear por su ceja y pómulo izquierdo.
Casi al instante mis cuatro compañeros explotaron como fuegos artificiales sobre nosotros, en tal magnitud que sus esencias junto a la mía crearon una sustancia más líquida y definitivamente más visible. Cada grito y gemido de ellos se unió en un coro imperfecto y celestial generando un orgasmo de placer.
Fue muy fugaz el silencio que ocurrió después de aquello. En un hombre, cuando el deseo se acaba, se acaba. Sin embargo, mi amante decidió invertir los roles y exigió más. Ahora era su turno, pero esa parte de la historia quizás la sepan más adelante…