Recuerdo tener unos seis años cuando leí El principito por primera vez. Si bien amé el libro desde el día uno, no entendía bien muchas de sus enseñanzas, algo que fui comprendiendo con el paso del tiempo (y con la maduración de mi sistema nervioso).
Cuando el Principito conversa con el Zorro sobre la domesticación, este le dice una frase muy poderosa: «Eres responsable para siempre de lo que has domesticado».
Y con muchas especies lo hemos hecho. Las hemos domesticado por un sinfín de razones, pero muchas veces hemos fallado en ese compromiso: en el de ser responsables.
Con los perros y los gatos llevamos miles de años de vínculo. Un vínculo que comenzó con fines prácticos —trabajo, exterminación de plagas, compañía— y que, a lo largo de miles de años, modificó profundamente a estos animales hasta convertirlos en especies que, en general, tienen una enorme capacidad para convivir con nosotros y establecer vínculos con los seres humanos.
Pero domesticar no fue solamente acercarlos a nosotros. También los hizo depender de nosotros.
Y quizás ahí es donde empieza realmente nuestra responsabilidad.
Como veterinaria, he visto miles de veces el resultado de la irresponsabilidad y, no, no nos hagamos los tontos: todos hemos hecho la vista gorda ante algún acto de maldad hacia un animal. Si hay algo peor que hacer el mal, es ser cómplices de él. No decimos nada. «Alguien más se va a hacer cargo». Pero no debe ser así.
Si bien siempre he estado en el mundo de los perros y los gatos por crianza, vínculo y formación, quiero ilustrar esta idea con una experiencia personal.
Cuando conocí a mi pareja, este venía con sus «hijos»: dos caniches, padre e hija, que se adaptaron de a poco a mi casa y dejaron de ser «sus perros» para ser «nuestros perros». El mayor de ellos, en ese entonces, tenía cinco años, uno de sus brazos torcido y un enojo personal con los gatos que, para el bien de Andrómeda, mi gata tricolor, se fue disipando de a poco.
¿Por qué tenía su brazo torcido? Porque vivía en la calle y, un día, se puso a pelear con un perro que le triplicaba el tamaño. Este le fracturó una pata. Alguien del barrio intentó hacerse responsable y lo llevó a un veterinario que le puso un yeso. ERROR: los yesos en los perros no suelen funcionar bien porque estos NUNCA se quedan quietos ni hacen reposo. Por ende, la fractura soldó mal y, desde entonces, cada vez que el perro duerme, uno de sus brazos apunta al cielo.
Con los años desarrolló artrosis y una bronquitis crónica que, con cada día de invierno, nos recuerda al tío, padre, abuelo o compañero de laburo fumador que todos tenemos por ahí, con una tos seca que muchas veces lo incapacita. Y no solo tiene esa bronquitis por haber vivido en la calle, sino también porque los malandras del barrio le fumaban en la cara.
¿Vieron las consecuencias de fumar en las personas? Bueno, en los perros también ocurren. Solo que ellos no fuman de forma voluntaria: son los irresponsables quienes les tiran humo en la cara como si fuese «una gracia».
Obviamente, tiene su tratamiento y sus remedios. Ya no está en la calle y está castrado, al igual que su hija.
Yo sé que Wachín —ya venía con ese nombre, lamentablemente—, si hubiese seguido en la calle, hoy estaría muerto. Y esa es la historia de miles de animales todos los días.
Los gatos que viven en la calle, además de enfrentarse a peleas y heridas, pueden contagiarse de VIF/Sida felino o ViLeF/leucemia felina , sufrir anemia asociada a infestaciones parasitarias, ser atropellados, atacados por otros animales y enfrentarse a muchas otras tantas situaciones de riesgo.
Y acá es donde volvemos al principio: si nosotros hemos creado un vínculo de dependencia con ellos, no podemos desentendernos de las consecuencias.
Adoptar un animal es ASUMIR UNA RESPONSABILIDAD. ¿Y esto qué implica? No solo darle de comer. Significa protegerlo de las inclemencias del tiempo, vacunarlo, desparasitarlo, hacerlo ver cuando se enferma, no tenerlo en la calle, castrarlo y tener un veterinario de cabecera.
Todos estos cuidados, que serán POR AÑOS, cuestan dinero. Entonces volvemos a lo básico: sin dinero y compromiso, es mejor no tener un animal que tenerlo MAL y luego responsabilizar a terceros por lo que le suceda.
Muchas veces, como veterinaria y tutora, he tenido que responsabilizarme de la irresponsabilidad de los demás, como con Wachín, que padece las consecuencias de gente inconsciente. Él hoy está cuidado, pero lamentablemente su caso es la excepción y no la regla de lo que sucede con los animales que están en la calle.
También muchas personas adoptan animales adultos que traen consigo su bagaje callejero. Adoptarlos implica asumir un compromiso con ese animal, con su historia, sus miedos, sus enfermedades y sus necesidades. Algo similar sucede con las personas que adoptan niños o jóvenes: no siempre es fácil, pero el deseo, la elección y el compromiso prevalecen ante todo.
No seamos irresponsables y no les deleguemos a los demás las consecuencias de serlo.
Nosotros decidimos domesticarlos. Nosotros decidimos llevarlos a nuestras casas. Nosotros decidimos hacerlos parte de nuestras vidas.
Ellos no tienen la culpa.
Los animales tampoco.
1 comentario en “La responsabilidad de domesticar”
Me gusta tu forma de escribir. Es amable.
Y con los perros tengo una especie de adoración: por lo que generan en los humanos. No nos merecemos a los perros.