EL SALTO

Desaparición de persona en espectáculo de entretenimientos.

A Rubén el presupuesto le resultaba oneroso, no le alcanzaba lo que tenía ahorrado,  por más que usase publicidades y  que lo auspiciase la Municipalidad, el proyecto no era factible. El viaje desde su pueblo, San Andrés, ubicado en el centro de la Argentina, hasta la población del Niágara, en Canadá, era largo y cansado. 

Debía pagar la estadía, la comida, los pasajes y algún que otro capricho. Hizo las cuentas mil veces, calculó para él y dos ayudantes, para él y un ayudante, para él solo y no… No alcanzaba.

Había planificado el acto durante años, él mismo diseñó el barril con el cual se lanzaría por la caída de las Cataratas del Niágara. Era un tonel insumergible, reforzado por clavos de acero, con un interior acolchado y con el ardid de un tubo de oxígeno por si el azar causaba un accidente.

Desde pequeño sentía una fascinación por las cataratas. En un libro de viajes observó la foto, en blanco y negro y quizás trucada, de una persona que se arrojó por la catarata dentro de un barril y algo lo sacudió. Después de eso, se imaginaba siendo llevado en andas por una multitud, después de haberse arrojado por la peligrosa corriente.

Tenía todo para lograr la epopeya: el barril refaccionado, la práctica lograda por tirarse infinitas veces por la ladera de un cerro, el apoyo popular y familiar. Solamente le faltaba la caída de agua. 

Una noche, sentado en la cocina de su casa, Rubén recordó que se había prometido arreglar la canilla que goteaba. Fijó su vista en las gotas contumaces y pronto la imagen tomó forma de epifanía. Del grifo comenzó a salir agua que formó en el piso un mar tempestuoso. Pestañeó y volvió a la realidad, sabiendo qué tenía qué hacer.

Al amanecer se dirigió al río que corría cerca del pueblo, era un hilo de agua borrosa y  huérfana que transitaba lento. Comenzó a cavar sin pausa pero tomándose el tiempo.

Estuvo por años cavando, sacando miles de cubos de tierra, haciendo un canal secundario, luego un acantilado sin fondo.

Los del pueblo tenían la certeza de que había perdido la razón y que lo único que lo mantenía en esta tierra era el trabajo desopilante que hacía. Rubén, esforzándose lo indecible trabajaba por horas bajo el peso del sol y el olor de los inviernos.  Su cuerpo había envejecido y le dolía horrores por tanto trabajo manual hecho en solitario, pero estaba afiebrado por la búsqueda de gloria así que no le importaba. Un día concluyó la labor y nadie pudo creer que la catarata estuviese terminada.

Estaba listo el espectáculo.

La mañana elegida para lanzarse por la caída de agua  había una niebla profunda y contundente. El rugido del agua cayendo hacía que la gente hablara en un tono elevado y aún así no se escuchaban entre ellos, aunque nunca lo hacían.

El barril fue acercado al borde de la cascada y Rubén se introdujo en su interior. La tapa fue asegurada con el respeto que se cierra un ataúd. Entonces fue lanzado a las fauces del cauce y surcó las olas gruesas.

El barril fue devorado por la espuma carnívora ante el estupor general y desapareció. Los presentes le dedicaron vítores por su valentía. En la base de la cascada lo esperaba una partida de rescate.

Ni Rubén ni el barril aparecieron. Las fuerzas del orden tomaron cartas en el asunto e iniciaron un rastrillaje por la zona pero fue inútil. Se barajaron muchas teorías: que el tonel se desarmó por la fuerza de la corriente, que fue abducido por unos extraterrestres traviesos, que un pez monstruoso lo había devorado. Todas opciones posibles pero no comprobables. Para facilitar los procedimientos legales se creó una causa caratulada como “Desaparición de persona en espectáculo de entretenimientos”. Más no se podía hacer. Pasó el tiempo y la ausencia se convirtió en leyenda.

Entonces llegaron noticias de que el barril fue visto, por un barco ballenero, en el Oceáno de las Rosas. Los avistajes se sucedieron. La barrica fue vista en las islas Modables, en el Golfo de Lancay, en el Remolino del Marenostrum, en el Oasis de Tremenbal, en el Mar Invisible… Nunca nadie se pudo acercar, así que no se sabe del destino de Rubén. Su visión fue tomada como buen augurio por los navegantes. En San Andrés tienen la esperanza de que Rubén aparezca para reclamar su gloria.

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1 comentario en “EL SALTO”

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