Soy la peor visita del mundo. Si me invitás a tu casa y tenés mascotas, agarrate, porque hay cosas que no puedo evitar. Si veo que tiene hambre o sed y su tazón está vacío, te lo voy a decir, y si te hacés el desentendido, me voy a levantar a servirle yo misma enfrente tuyo.

Si veo a tu mascota llegar de la calle rengueando o con dolores, también lo voy a decir, si tu respuesta es “que se joda por salir”, no dudes en que voy a saltar a revisarlo.

Si tenés un cachorrito que te pide atención o quiere estar a upa y no le das bola porque te parece “pesado” o “intenso”, tampoco dudes de que voy a terminar mimándolo y teniéndolo en brazos diez horas si es lo que necesita.

Para la mayoría soy la metida, la pesada, la “Lisa Simpson” que arruina los asados. La gente no me quiere cerca, no siempre me invitan a sus casas y a veces me agota cargar con esa coraza. Pero he aprendido a no mirar hacia otro lado, y decidí no tener hijos porque prefiero canalizar todo ese amor y cuidado en mis gatos, a quienes considero y cuido como madre con sus crías, aunque a muchos les cueste entenderlo o lo vean mal.

Sé que no encajo y que mi personalidad molesta. Con el tiempo aprendí que la terquedad tiene grietas, y que a veces esas paredes se rompen en los lugares más inesperados. En mi propia casa, por ejemplo, pasó con mi novio y con mi mamá.

Mi novio se crió con la idea rígida de que “el animal es animal y punto”, por ende cuando nos fuimos a vivir juntos y llegó Chayanne —un gatito bebé, rebelde y un verdadero remolino—, al principio se arrepintió y me dijo que no toleraba sus destrozos ni mi forma de cuidarlo. Pero algo cambió en él cuando lo llevamos a castrar, porque le tocó usar el “cono de la vergüenza” durante dos semanas para proteger su herida, y esa vulnerabilidad, el verlo chocar contra los muebles y mirarnos desorientado, hizo lo que mis discursos no habían podido. Una tarde entré a la pieza y lo encontré durmiendo la siesta con Chayanne acurrucado en su pecho, rodeándolo con el brazo para que no se asustara, mientras le hablaba en susurros y le prometía que pronto le sacarían ese coso.

Cuando creí que ya había logrado un milagro, llegó Camila: una gata de personalidad fuerte y temperamental que no vino a pedir permiso, sino que simplemente se adueñó de él. Hoy, aunque de la puerta para afuera él siga sosteniendo su personaje de tipo duro, de la puerta para adentro la imagen es otra: me los encuentro a los tres viendo videos o durmiendo juntos en la cama.

Después está mi mamá. Ella jamás había tenido un vínculo especial con los animales, pero cuando se mudó se encontró con el techo minado de gatos callejeros que lloraban de hambre. Rezongó, pero la culpa le ganó: les armó un refugio casero, les dio de comer y, aunque logró dar a varios en adopción, le quedaron tres gatas adultas, dos de ellas embarazadas, sin corazón para dejarlas parir en la calle. Por mi recomendación, llevó a castrar a la que no estaba preñada y esa noche me llamó desesperada, con las manos marcadas de rasguños y los dedos latiendo por mordidas; la gata bufaba, se encogía en un rincón y se sacaba la faja postquirúrgica a puros tirones mientras mi mamá intentaba curarla sin entender el terror de una gata feral. A los siete días, la gata se sacó la faja y se escapó. Hoy mi mamá no puede atraparla, pero se pasa los días pegada a la ventana, mirándola con preocupación y dejándole la comida cerca, dispuesta a llevarse más mordidas si hace falta.

Ninguna de estas historias tiene un moño de regalo. Cambiarle la cabeza a alguien es un proceso lento, incómodo y puede dejarte heridas, algunas más grandes que otras. Pero quizá las paredes no siempre se derrumban de un solo golpe; a veces solamente aparece una grieta. Y cuando me siento cansada de ser la pesada, prefiero cargar con las miradas de reojo antes que volver a mirar hacia otro lado.

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