Hace mucho tiempo que no escribía terror. Volver a hacerlo tiene algo especial, como reencontrarse con una parte olvidada de uno mismo. Siempre fui bastante escéptico con lo paranormal; nunca creí demasiado en esas cosas. Pero hubo una vez… una sola vez en la que pasó algo que todavía hoy no puedo explicar.
Hay momentos en la vida que quedan guardados con llave en el fondo de la memoria. Los olvidás. Vivís años en automático hasta que, un día cualquiera, en una charla casual en el trabajo, alguien empieza a hablar de sucesos extraños. Y entonces salta el resorte. La memoria te sacude. Y te acordás de todo. De cada maldito detalle.
Esto pasó de verdad. Es la única experiencia paranormal que tuve en mi vida, pero fue lo suficientemente intensa como para marcarnos para siempre. Después de esa noche, nada volvió a ser igual.
Todo empezó un día completamente normal.
Después de almorzar, cerca de las dos de la tarde, nos fuimos al río con Nico, Tito, mi primo y yo. Pasamos la tarde bañándonos, molestándonos entre nosotros y tratando de pescar sin demasiado éxito. Como el plan nos había gustado, decidimos volver esa misma noche.
Regresamos al barrio, dimos unas vueltas y, cerca de las siete, ya con mochilas cargadas con comida y gaseosas, emprendimos nuevamente el camino. Caminamos bastante río arriba, alejándonos de todo.
Serían alrededor de las diez de la noche cuando la vimos por primera vez.
Íbamos por un caminito entre cañas cuando Nico la vio, oculta en la oscuridad. Nos quedamos paralizados.
Era una muñeca.
No tenía ningún sentido que estuviera ahí. Pero estaba. Y parecía mirarnos desde la sombra.
Intentamos calmarnos. Restarle importancia. Convencernos de que no era nada. Pero, como éramos preadolescentes, necesitábamos una explicación.
Nico dijo que debía haber caído de un camión. Como siempre, se ganó un coscacho. No recuerdo quién se lo dio, pero entre todos le explicamos lo obvio: ahí no había calles. No había nadie. Estábamos solos. Completamente solos. Rodeados de oscuridad y con el río sonando a lo lejos.
La dejamos ahí.
Y seguimos.
Nos instalamos, tiramos las líneas de pesca, sacamos la coca y la mortadela. Hablábamos de cualquier cosa, boludeces… hasta que mi primo se quedó callado.
Algo venía flotando por el río.
La muñeca ya no estaba en el cañaveral.
Estaba en el agua.
Venía directo hacia nosotros, moviéndose de una manera antinatural. El aire se volvió frío de golpe. En un impulso de nervios y orgullo —porque yo era el mayor del grupo— me acerqué, la agarré y la lancé con todas mis fuerzas río abajo.
Intenté sacarla de nuestro mundo.
Ese fue nuestro peor error.
Diez minutos después ocurrió la tercera vez.
La muñeca volvió.
Pero no venía con la corriente.
Venía en contra.
Avanzaba río arriba, lenta, firme, hasta detenerse otra vez frente a nosotros.
Como si nos desafiara.
El miedo fue inmediato. Brutal.
Mis amigos gritaron y salieron corriendo. Yo me quedé un segundo paralizado. Quise reaccionar, hacer algo, enfrentarla… pero no pude.
El cuerpo no me respondió.
Me di vuelta y corrí.
Ese kilómetro de regreso, en plena noche, fue el trayecto más largo de mi vida. Yo, que siempre había sido el más rápido, quedé atrás. Intentaba alcanzarlos, pero las piernas no me respondían.
Lo único que veía adelante, moviéndose en la oscuridad, era la camiseta de Tito.
Esa camiseta.
Como un faro.
Corríamos con la sensación de que algo venía atrás. Pegado a nosotros. Respirándonos en la nuca.
No paramos hasta llegar al camping Martín Pescador.
Recién cuando vimos luces, bajamos el ritmo.
Temblábamos.
Caminamos en silencio hasta el barrio. Nos despedimos sin mirarnos. Cada uno se metió en su casa.
Esa noche no dormí.
Al día siguiente intenté convencerlos de volver a buscar las mochilas. Sobre todo la mía, la que usaba para la escuela. Pero ninguno quiso volver.
Y yo… tampoco fui.
Ni siquiera de día.
La mochila se perdió para siempre.
Con los años, muchas cosas cambiaron. Pero lo que más me inquieta no es lo que vimos, sino lo que vino después.
Aquella noche fue un quiebre.
Como si algo se hubiera roto entre nosotros.
Nico empezó a juntarse con otra gente. Tito también. Yo entré en la secundaria y me alejé. Mi primo, que ya era reservado, se volvió todavía más distante.
Si hoy me preguntan cuándo fue la última vez que estuvimos todos juntos como antes, puedo responder sin dudar:
Fue esa noche. Huyendo de la muñeca que nos seguía.