La continuidad de la impermanencia

¿Qué fue primero el deseo o la soledad? ¿La soledad desea o el deseo aísla?


Dicen que Deseo nació mucho antes que los amantes. Antes de las cartas, antes de las manos buscándose en la oscuridad, incluso antes del primer nombre pronunciado con temblor. Pequeño, luminoso y obstinado.
Soledad apareció después. Silenciosa, envuelta en un abrigo gris que parecía hecho con los silencios entre una palabra y otra. Nadie supo exactamente de dónde venía. Solo se sentó junto a Deseo, como quien comparte un banco de plaza y ahí quedó.
Desde entonces no volvieron a separarse.


Deseo, contrario a lo que muchos creen, no era impaciente. Había aprendido, observando las estaciones, que las cosas más profundas no llegan corriendo. Así que esperaba, sin relojes, como las olas que llenan de espuma la orilla.


Una tarde de Otoño, en un café cerca de la Biblioteca Nacional, dos no amantes están prontos a conocerse. Están pidiendo lo mismo y cada uno lleva un libro: ella llevaba «Los días de la Sombra» y él, «Los días del fuego». Aún no se habían visto. Desde su plano volátil y etéreo, nuestras dos entidades Deseo y Soledad acechaban.
Para que me entiendan cómo es que los veo, lo más parecido en términos biológicos sería decir que les corresponde una forma periostial, pero no es un periostio tangible sino «fantasmal», una secuencia de partículas de luz ordenadas en bordes casi definidos.


—¿Por qué no te vas? —preguntó Deseo a Soledad, mirando un horizonte que parecía dibujado por alguien indeciso.
Soledad sonrió. —Porque me necesitan para confundirte.
—¿Quiénes?
—Los, aún no, amantes.
Deseo no entendió.
Soledad, paciente, apoyó la cabeza sobre sus rodillas.
—Creen que vos sos hambre, urgencia, conquista, posesión. Pero yo sé tu secreto.
Deseo la miró por primera vez con verdadera atención.
—¿Qué secreto?
—Que no deseas cuerpos.


Un viento atrevido cruzó el paisaje, golpeando la celosías y movió la solapa del saco de paño que él llevaba puesto. Nadie lo notó porque Ruido se llevó la atención.
—Vos deseas la versión imposible de las personas. La música que imaginas atrás de sus voces. El jardín que construís con dos palabras, una sonrisa y una flor. Deseas lo que no existe.


Era cierto.
Los amantes le echaban la culpa de demasiadas cosas. Pero él jamás había querido tocar a nadie, de hecho, lo suyo era distinto. Él habitaba las distancias. Crecía en las cartas no enviadas, en los nombres pronunciados hacia adentro, en las ciudades lejanas y en las promesas que nunca tuvieron fecha. Vivía de imaginar.


Y Soledad lo sabía. Por eso nunca se apartaba. Ella entendía algo que el resto tardaba años en descubrir como que ciertos deseos no sobreviven a la cercanía. Que la presencia rompe el hechizo y existen amores que respiran mejor en la separación.
Ese día Deseo se fue con el viento y los lectores de los confines se consumieron en soledad.


Siguieron Pasando los años.
Los amantes nacían y morían.
Se encontraban y se perdían.
Volvían. En otras vidas, en otros cuerpos.
—¿Nunca te cansas? Preguntó Sole.
Deseo tardó mucho en responder.
—No.
—¿Por qué?
Él sonrió.
Y por primera vez se sintió viejo.
—Pff, porque hay personas que uno ama mejor mientras llegan. Que manera de hacer preguntas vos, Soledad.


¿Esa es la verdadera continuidad de la impermanencia? ¿El deseo convertido en espera serena de algo que nunca termina de irse, aunque nunca termine de llegar, o el constante cambio?


Esa noche se encontraron D. y S., en una mesa de bar del centro, invocados por dos potenciales amantes, que aún no se habían amado jamás en otras vidas.
Esta sería la primera vez, almas nuevas del amor.
Y no lo harían hasta que sus miradas se cruzaran. Y no se cruzarían hasta que nuestros dos dejaran de hablar.
En su plano, tienen una copa de vino cada uno. ¿Qué vino? … Él un Tannat y ella un
Carmenere.

En el bar, un partido, las emociones e el aire… los no amantes piden lo mismo para tomar y alentaban al mismo equipo. Era el mundial de fútbol.
Ella tenía una laptop en la mochila, y el un libro en la mano, para salvaguardarlo, le ofreció guardar el libro en su mochila. El accedió amablemente.

Solo bastaba la mirada fatal de las entidades sobre ellos para que se descubrieran en fuegos, que ya traían barajados de otros partidos.
Soledad giró lentamente la copa entre sus dedos. El vino se movió como una pequeña galaxia oscura, violácea y azulada.


—Te están usando otra vez.
Deseo ni siquiera levantó la vista.
—Buenas noches para vos también.
—Lo digo en serio.
—Y yo hago un esfuerzo enorme por ignorarte.
Soledad sonrió. Con una sonrisa que no ocupaba la boca sino los ojos.
—Hoy escuché a una mujer decir: «lo deseo tanto». Eras vos, claro.

Deseo suspiró.
—¿Y?
—Y era mentira.
Él levantó la mirada.
—Ah ¿sí? Ilumíname.
Soledad tomó un sorbo.
—No te deseaba a vos. Deseaba una escena. Un futuro inventado. Una conversación repetida cien
veces en su cabeza. Le ponen tu nombre a cualquier cosa, ya deberías saberlo.
Deseo hizo girar su copa.


—Qué oficio ingrato el mío. Siempre me culpan por los incendios y casi nunca estuve en el lugar.
—No exageres —dijo ella—. Te encanta, D.
—¿Qué cosa?
—Que te confundan.
Deseo se quedó pensando un instante.
—Un poco.
Soledad soltó una breve risa.
—Un poco, dice.
Él sonrió de costado.
—¿Y a vos qué te molesta tanto?
Ella apoyó el codo sobre la mesa y lo observó en silencio.
—Que después llego yo a juntar los pedazos.


Por un momento ninguno habló.
Mientras tanto, los no amantes, sacaron unos segundos la vista de la cancha y se miraron sin ver. El destino no hizo foco.
Del otro lado del umbral, la noche parecía estar esperando algo.
Deseo rompió el silencio:


—Seguís creyendo que apareces después de mí.
Soledad arqueó una ceja. —¿No es así?
Él negó lentamente.
—No. Yo llego cuando alguien imagina a otro. Pero vos…
—¿Yo qué?
—Cuando vos llegás, es porque ya imaginó demasiado. Sos dañina. Y nadie te lo quiere decir porque les da miedo el solo hecho de pensar en vivir con tu «compañía». Yo soy la inspiración con la que buscan ahogarte.
Soledad sostuvo la mirada unos segundos. Sonrió con una mueca que bordeaba el peligro.
—Cuidado.
—¿Con qué?
—Con hablarme así entre copas.
—¿Por qué?
Ella bebió el último sorbo y dejó la copa vacía sobre la mesa.
—Porque hace siglos que convivimos y podrías empezar a confundirme con compañía. Yo restauro, sabés. Vos crees que creás.


Lo pronunció. Soledad se declaró compañía. Eso fue lo único que escuchó de todo lo que dijo.
Había dejado atrás su antigua hambre de horizontes y ahora él giraba la copa, con la lenta gravedad de un astro que finalmente encuentra aquello que lo desvía de su órbita. Él si crea cuando cree y ella… le creía a él.

Fusión: el instante que permanece

La materia pertenece a los cuerpos y ellos eran anteriores a la materia. Simplemente comenzaron a atravesarse. Deseo penetró la transparencia de la Soledad como la tinta entra en el agua. Mientras que Soledad ocupó cada resquicio del Deseo como la noche ocupa una habitación. Durante un instante imposible coexistieron en el mismo espacio, confundiendo sus naturalezas y entonces ocurrió: las fronteras que parecían separarlos, empezaron a encenderse en la forma más antigua del fuego consumidor de símbolos.

Él ardió primero. Ardieron sus expectativas, sus espejismos, sus infinitas versiones de lo que podría haber sido.
Soledad ardió después.
Ardieron sus muros, sus distancias, su orgullosa costumbre de sobrevivir intacta.
Y mientras se consumían, ninguno desaparecía. Se volvían otra cosa. Como mensajes escritos en papel de arroz que una chispa transforma en luz antes de concederles el derecho a ser ceniza.


Durante un segundo eterno ya no existieron el Deseo ni la Soledad. Solo una claridad, una presencia desnuda de nombre.
Y cuando el universo recuperó el aliento, ambos reaparecieron separados otra vez, sentados a una distancia infinita y mínima a la vez, observándose con la melancolía de haber viajado ida y vuelta al interior de una estrella.

En simultáneo, este plano tangible tenía a los no amantes en la barra del bar cuando encontraron la ruta de su mirada. Le preguntó si había entendido la jugada y se la explicó con un beso. Y de sus ojos a sus pechos, de su cintura a su cadera. De sus pies hasta el baño de discapacitados.
De la cerradura en ocupado, a la rodilla que maneja un muslo, que absorbe presencia desde el claro fuego entre el portal y el iniciado. Desde el beso que busca ser impresión en el botón de la camisa y se pierde en el contorno turgente, a esa mano que se hunde suroeste y se pierde en el
mar.

Le corrigió el flequillo antes de salir. Y en un tiempo prudente, salió ella. Con una sonrisa delatadora. Pero no lo vió. Ya no había partido, las chicas habían salido a fumar.
En su laptop encontró una hoja, arrancada del libro que él traía, con un número de teléfono y el siguiente párrafo subrayado:


«Todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido
nuestras desdichas; esa teleología individual nos revela un orden secreto y prodigiosamente nos confunde con la divinidad». Página 111

Continuará…

Lee la historia del bar aquí:

https://elmendolotudo.com.ar/falso-nueve/: La continuidad de la impermanencia

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8 comentarios en “La continuidad de la impermanencia”

  1. «Qué hermoso relato. Al final entendí que el Deseo no siempre busca encontrar, y que la Soledad no siempre viene a perder. Gracias por escribir con tanta belleza.»

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