En donde terminaba el asfalto y comenzaba el camino de tierra había un perro muerto. Los vecinos no recordaban un momento en que no estuviese ahí tirado el animal amarillo e hinchado, con los ojos en blanco y rebosante de moscas y gusanos.
En ese lugar me encontré a la Negra y al Gordo, tapándose las narices por el hedor a muerto. También iban para la casa del Carmín, al final de la cuadra. Traían una botella de vino tinto barato y casi en ebullición. El Gordo caminaba resoplando a cada paso, agobiado por su obesidad extrema. La Negra era su contraparte, con una delgadez llena de vitalidad, saltaba en vez de caminar, dando pasos de astronauta sobre la tierra roja de la calle. Íbamos con fines diferentes, yo a cobrar dinero que el Carmín me debía, y el Gordo y la Negra iban para tomarse el vino y tratar de que le prestaran plata.
La casa del Carmín no resaltaba del resto del vecindario, salvo por los malvones en llamas que crecían entre la mugre, las cuevas de los pericotes y las jaulas de los gallos de riña, abandonadas en el jardín hacía años.
El fantasma de un gallo picoteaba granos de maíz invisibles.
El Carmín recién se había levantado de dormir la siesta y no estaba de humor para visitas y mucho menos para pagar o prestar dinero. De mala gana nos hizo entrar.

El interior de su casa era como el fondo del mar. Un ambiente pesado, con olor a cigarrillo y a alcohol derramado. Era una única habitación que oficiaba de sala de estar, cocina y dormitorio. El Carmín estaba cuidando a su hijo recién nacido. Tan nuevito era en la vida que ni nombre tenía.
El bebé estaba durmiendo sobre la única cama, era un angelito del No-Rococó, flaquito y feo. Su rostro reflejaba la inocencia de su sueño, La Negra lo alzó al tiempo que decía que el niño estaba muerto de hambre. Se levantó la remera e intentó darle de mamar con sus tetas de gata preñada. La Negra no tenía hijos pero se le activó un instinto maternal desquiciado e irreal. Ni el Carmín ni yo podíamos creer lo que hacía la Negra. Por su parte el Gordo, ensimismado, intentaba descorchar la botella de vino con sus gruesos pulgares.
El Carmín era un hombre enorme, conocido por su fiereza para pelear, macizo como un tractor, de greñas desprolijas y un bigote imperial con canas. Pegó un alarido gutural. El niño, que no reconocía el pezón en su boca y le sabía extraño, desconocido, se puso a berrear con todas sus fuerzas. La Negra seguía empeñada en darle de mamar mientras le cantaba «vamos remar en un botecito… rápido, rápido, rápido que viene el cocodrilo…».
El bebé lloraba, exigiendo volver a la placenta.
El Gordo intentó interponerse entre la mujer y el Carmín. Este le propinó un golpe en la cara que hizo que el Gordo cayera lentamente al piso, como sino hubiese gravedad.
La Negra intentó escapar por la ventana. El Carmín la tomó de un brazo y dulcemente rescató a su niño, mientras que la mujer gritaba que el bebé necesitaba comer de ella, porque era más pura que la madre.
Opté por salir sigilosamente y me alejé por la calle de tierra.
Los gritos de la Negra se escuchaban desde el otro lado del mundo.
En la distancia se escuchó un sonido seco, contundente. Un disparo.
Las llamas de los malvones se extinguieron, el fantasma del gallo siguió comiendo maíz invisible.
Cuando pasé por la esquina el perro, que no terminaba de convertirse en osamenta, me movió la cola.
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