EL PUEBLO DE LAS MOSCAS

Las moscas parecían ser las únicas habitantes

El calor era un puñetazo.

El hombre, vestido de negro con una corbata roja, arrastraba unas enormes maletas de cuero, que contenían su tesoro particular. Se llamaba Hernán Balader, su cara estaba signada por un bigote mostacho imperial desprolijo, se peinaba hacia atrás con una gomina vencida y la marca de la viruela en sus mejillas profundizaba el brillo azul de sus ojos sagaces. 

Balader era vendedor callejero de un artículo especial, vendía ilusiones en frasquitos ambarinos. No tenía mucho éxito, por las características banales de su producto. Esa creencia de que la ilusión no era considerada una práctica de gente de bien, era más bien considerado de gentes con pobreza material y, además, un acto de cobardía y de capitulación. Las ventas no eran buenas y Balader estaba cerca de la inanición, además se tenía que esconder. Ese pueblo fantasma le pareció un buen lugar para dejar de huir.

Balader tuvo un carromato, con ornamentos barrocos, con el cual se movía por el mundo y en donde vivía y fabricaba sus pociones de ilusiones. Los costos no le permitieron usarlo y tuvo que venderlo, así como a sus dos caballos, ambos bayos. Los amaba, con ellos desplegaba la empatía que no sentía por las personas

Lo que le llamó la atención del pueblo polvoso fueron las moscas. Antes de llegar se escuchaba el zumbido indefinido, de a poco los insectos iban llenando el universo. Hacían sus cosas de moscas con impunidad; se metían en las narices, en los oídos y en los sueños ajenos. Las moscas parecían ser las únicas habitantes.

El poblado tenía una sola calle, que servía de entrada, de salida y de calle principal; varias casas descascaradas, llenas de jardines con flores en llamas. Todas las cortinas estaban cerradas y nadie espiaba detrás de ellas.

La desolación se manifestaba como una continua sorpresa.

Balader buscó con la mirada algún lugar idóneo para comenzar con la venta. De repente un asomo de vida, una figura esquelética se aproximaba, con pasos titubeantes y arrastrando una silla de totora, una anciana se acercaba a regañadientes. La rodeaban millones de moscas, se llamaba Doña Gracia y no tenía dientes pero sí arrugas como el mar; chiquita como un átomo aunque tan vital como el sol. Sin mediar palabra se sentó y la silla crujió, eso despertó a más moscas que se arremolinaron en su derredor. Doña Gracia se quedó mirando a Balader, como esperando algo, tenía el cuello erguido como el de una iguana y estaba envuelta en un chal negro, a pesar del aire ardiente.

Las moscas son mi venganza— Dijo la recién llegada, bucólicamente.

Balader no supo si era una aparición o un ser vivo; decidió ignorarla y preparar su puesto de ventas. Este consistía en una mesa plegable y unas pocas botellas con ilusión líquida y lista para ser consumida en gotas. La voz aguda de Doña Gracia se introdujo a la fuerza en la maraña de moscas, viajó entre ellas y sobresaltó a Balader.

Ya véndame un frasquito, pues… Quiero tener la ilusión de que esta tortura de ver el porvenir se termine de una vez por todas.

Él se sorprendió ante  la requisitoria, miró nuevamente a Doña Gracia y se rascó la barbilla, siempre lo hacía cuando estaba confundido o cuando tenía migrañas.

Veo más allá de las cosas, por eso sé que vende frasquitos de ilusiones—  Le dijo Doña Gracia, mientras se reía complacida, ante la confusión de Balader. Las moscas no daban tregua. El vendedor intentó preguntar, pero ella lo interrumpió levantando una mano con n movimiento enérgico. Un centenar de moscas se asustaron y salieron desperdigadas, pero pronto llegaron otras para ocupar su lugar.

Me llegan imágenes sin sentido, que no puedo, ni quiero, adivinar…Tienen un significado oculto que se puede ver cuando ya las cosas han pasado —Dijo la anciana con un tono cansado—. De mucho no me sirve —continuó—, sólo me ayuda a no estar tan desprevenida frente al futuro…Por ejemplo,  a usted lo vi cuando yo era niña, junto al río, antes de que se me ocurriera llamar a las moscas…  Estaba lavando ropa y zas…usted apareció en una bruma, caminando de frente al sol, arrastrando penas y bártulos; escuché su perorata de vendedor y supe que sería mi salvación

Balader no daba crédito y retomó la idea de que era una aparición, aunque era bien sólida, contundente en su vejez. Él tomó un frasquito con una poción que se llamaba “Ilusión de noche fresca en pleno verano”,  un brebaje fuerte que inducía a una sensación de alegría y satisfacción que producía una esperanza sincera de que algo se concrete sin mayores contratiempos. Aunque en realidad la fórmula era romero bien molido, aguardiente y unas gotitas de extracto de jazmín, para darle aroma de misterio.

Doña Gracia sacó del puño de su blusa de seda blanca unos billetes arrugados, los contó tres veces, muy lentamente ante la mirada paciente de Balader —Ya sé que no me alcanza, pero es todo lo que tengo —Dijo la anciana, él recibió la plata y se la guardó.

Doña Gracia masculló unas palabras que intentaron ser un secreto, un desahogo, pero que  el vendedor de ilusiones alcanzó a escuchar. —Espero que esto me saque esta maldición de poder ver el futuro—. La anciana abrió el frasquito con esfuerzo y se tomó todo el contenido de un sorbo. Doña Gracia se llevó las manos al cuello,  emitió un quejido que se transformó en un estertor y cayó muerta al piso. Sus ojos se tornaron blancos y un hilo de espuma brotó de su boca.

El vendedor conjeturó que no era tan certera en sus visiones. De haberlo sido hubiese sabido que el frasquito contenía ricina. Balader, cada tanto, vendía un frasquito con el veneno por diversión. Decidió usarlo con Doña Gracia porque no se convencía de que era humana y no un espectro. Supo que debía abandonar el pueblo.

Recogió sus cosas y se dispuso a partir. Entonces sintió que no se podía mover, las moscas no lo dejaban. Comenzaron a cubrir su cuerpo, Balader intentó desprenderse de los insectos, pataleó, sacudió los brazos, se tiró al piso y dio vueltas sobre si mismo, pero era infructuoso. Las moscas se metieron en sus oídos, en sus ojos y dentro de su boca. Balader murió asfixiado entre convulsiones. Su cadáver quedó tendido en el piso.

Entonces las moscas tomaron delicadamente a Doña Gracia y la levantaron, como si la anciana levitara, y se la llevaron rumbo al horizonte que estaba de rodillas.

Los habitantes del pueblo salieron de su letargo de años, de sus escondrijos de cobardía; las mujeres se persignaron y los hombres lloraron de alegría, la Bruja por fin se había ido y se llevó sus moscas.

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1 comentario en “EL PUEBLO DE LAS MOSCAS”

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