Las estadísticas son durísimas. Desde 2017 hasta ahora, el suicidio en Argentina ha aumentado un 24% y la franja de edad está entre los 15 y los 35 años con mayor impacto en los varones.
El 10 de setiembre es el Día Mundial de la Prevención del Suicidio. El tema en sí es difícil porque es profundo, porque hay dolores que no se ven y porque en una sociedad que compra el mercado de la felicidad que aparece en las redes sociales, no nos preguntamos qué batallas está peleando alguien que sonríe para la foto.
El suicidio en Argentina dejó de ser un tema para mirar de lejos, es una herida social que está diezmando una generación y que ya no se trata de preguntarnos qué le está pasando al de al lado sino qué nos está pasando a nosostros, qué le pasa a una sociedad cuándo tantos jóvenes no encuentran una salida o no encontraron un sentido para seguir viviendo.
La generación agotada
Atrás de esa generación que no se compromete, que es hipersensible y que es profunda defensora de la ecología, compenetrada en términos tecnológicos y defensora de las libertades individuales, hay una generación de jóvenes que crecieron atravesando crisis ecoómicas, pandemia, incertidumbre laboral, cambios familiares y una vida en donde las redes sociales determinan el status de existencia.
La salud mental dejó de ser un tema de «ricos», de gente que como no tiene problemas reales se los inventa, de gente que no sabe qué hacer con su vida y complica la de los demás. La salud mental es algo presente en todas las familias de todos los estratos sociales: ansiedad, depresión, ataque de pánico, consumos problemáticos y aislamiento forman parte de una realidad cotidiana que muchas veces se esconde porque todavía existe vergüenza para hablar de estas cosas.
A todo esto, en Argentina le sumamos un punto extra de nuestra idiosincracia: somos especialistas en aguantar. Y algo mucho más peligroso: la tristeza pareciera ser un defecto, pedir ayuda suena a derrota y el mensaje new age más perverso: si no estás bien, algo está mal con vos, tenés que sanar, vibrar alto, cortar vínculos tóxicos.
Quizá uno de los grandes problemas es que el individualismo se ha transformado en una virtud, nos convencieron de que cada uno debe resolver su problema, armarse solo, producir, competir y no quejarse.
Las adicciones como escenario
Alcohol, drogas y otras formas de «escape», muchas veces no son recreativos sino una manera desesperada de anestesiar un dolor que no encuentra palabras. Pero la sustancia no siempre es el origen del problema, sino el síntoma de algo mucho más profundo: soledad, falta de proyectos, violencia, abandono, desesperanza.
La adicción es una puerta que parece ofrecer alivio al vacío existencial y debemos preguntarnos qué vacío estamos dejando como sociedad para que alguien necesite desaparecer de sí mismo.
La salud mental como política pública
Frente a otras situaciones, esta parece no tener la visibilidad ni el presupuesto necesario porque hay una realidad cruda, real y tangible: el suicida desaparece.
Centros de atención accesibles, acompañamiento escolar, prevención, asistencia a familias van de la mano a los casos consumados y a los que llegaron a tiempo para ser evitados.
En Mendoza, sólo en lo que va de 2026 se han producido 56 suicidios. Si uno piensa en términos de presupuesto, la estadistica no es relevante. Pero no existe la otra estadística: cuántas personas consultaron, cuántas familias pidieron ayuda, cuántos informes escolares advirtieron, cuántos casos llegaron a los hospitales y pudieron revertirse, cuántos cambiaron de idea al recibir ayuda.
Cuando hablo de ayuda no me refiero a un tratamiento con psicofármacos para equilibrar el sistema psíquico de una persona desbordada. Me refiero a si esa persona pudo «volver a la sociedad» y ver de otra manera aquello que lo desbordó: una deuda, un desamor, una vergüenza pública, un domingo sin compañía, un lunes incierto.
Siempre hay señales: un mensaje sin respuesta, una reunión a la que dejó de ir, un cumpleaños que evitó, una frase que parecía broma negra, un presagio fatalista.
La sociedad no puede vivir en modo supervivencia. Cuando una familia no sabe si llega a fin de mes, cuando un joven no ve futuro, cuando un trabajador siente que su esfuerzo no alcanza, la angustia empieza a formar parte del paisaje y el peligro es real. Esto no significa que una crisis social explique por sí sola un suicidio, pero en 2001 la cantidad de personas que se suicidaron por no poder hacer frente a las deudas de una crisis inesperada fue enorme.
Las crisis son eso, crisis. Una situación repentina detona un cúmulo de consecuencias que, cuando no se pueden enfrentar, la única salida que algunas personas ven para terminar con eso, es terminarse. Y hay problemas que no aparecen de golpe, sino que se acumulan. Las familias conversan poco, los chicos se aislan en su habitación, los padres llegan agotados de dos o tres trabajos, terminan más agotados de malabares domésticos, facturas por pagar, cuentas por cerrar y tarjetas que ya están al límite. No hay plata para juntarse con los demás, para salir, para disfrutar.
En las escuelas, la situación es dramática. Los chicos llegan cansados, ansiosos, con problemas de conducta, con angustias que drenan con violencia. Padres y madres que trabajan jornadas interminables necesitan que los chicos estén en la escuela, o en el club, o en algún lugar. Las escuelas contienen, alimentan, escuchan, detectan problemas emocionales y sociales; pero en esas escuelas también trabajan personas que tienen esos mismos problemas.
El tema es social, estructural, institucional. Los políticos que deben atender estos temas, están en redes, mostrando su hostilidad de cartón, su pantomima para la tribuna, su emocionalidad teatral mientras hay generaciones enteras que no están viendo un futuro esperanzador.
No alcanza con una línea gratuita o un psicólogo en la escuela una vez por semana. Hay que construir redes de atención, no sólo en los chicos sino también en los que están con los chicos. Centros culturales en donde los chicos puedan construir lazos con el arte; centros deportivos en donde se fomente la vida sana, espacios para disfrutar sanamente de esparcimiento y una política de formación y comunicación social eficiente en donde se hable claramente de salud mental como se habla de educación sexual. Si existe la ESI (educación sexual integral) tiene que existir también la Educación Mental Integral.
Una política pública seria en temas de salud mental tiene que ser abordada por profesionales y empezar con la detección temprana a través de examenes psicológicos severos, con escuelas adecuadas para que chicos con problemas sean abordados de manera específica para su posterior inserción, con docentes capacitados en esas problemáticas y con funcionarios también mentalmente equilibrados.
El lector podrá decir que es una exageración, que todos tenemos algún tipo de problemas emocionales y que separar a los chicos con problemas es estigmatizar. Déjeme decirle que por pensar así, terminamos con adultos violentos, psicópatas y asesinos y con adolescentes que se suicidan porque media ciudad vio un video de ellos en una situación vergonzosa, o jóvenes que se desviven porque no pueden pagar la cuota de la universidad, o porque se quedaron sin trabajo y no pueden pagar el alquiler.
Muchas personas que hoy tienen 35 años, vieron a sus padres quedarse sin nada en 2001, siendo adolescentes. Vivieron la experiencia de quedarse sin casa, de cambiar de escuela, de vivir prestado, de comer en el comedor de la unión vecinal. Muchos.
Muchos jóvenes que hoy intentan insertarse en el mercado laboral se quedaron sin 5º año por una pandemia, perdieron abuelos, padres, vecinos; se vieron con amigos sólo a traves de las pantallas en las que se mezclaban videos creativos con premoniciones tremendistas de manipulación iluminatti y vacunas transgénicas.
Empecemos a hablar sin vergüenza, sin estigmas y sin miedo de algo que a todos se nos puede pasar por la cabeza ante una situación difícil. Y empecemos a exigir a quienes nos gobienrnas que dejen de mirar estadísticas y abran la conversación para tratar leyes que obliguen a los Estados a prestar atención integral a la salud mental de las personas como un tema de agenda que tiene mucha más relevancia social que la causa Malvinas.
Los que no volvieron y están enterrados allá todavía nos duelen. Y los que se nos están yendo ahora, tampoco van a volver y deberían doler igual.
Te la sigo el lunes que viene…
102: línea de atención y ayuda al suicida en Mendoza.