HIKIKOMORI: LA NUEVA AMENAZA VINCULAR

Hikikimori es el nombre que, en japonés, tiene el aislamiento social extremo. En principio es una patología mental, pero después del confinamiento en 2020 empezó a tomar otra dimensión.

No hace falta enumerar lo que sucedió con el confinamiento de 2020, pero el mensaje institucional caló hondo: “El enemigo es invisible. El contacto estrecho mata. Quedate en casa”. El Hikikomori dejó de ser una situación de salud mental extrema, y empezó a ser la cotidianidad.

Los psicólogos no daban abasto con las sesiones on line y en los medios empezaron a tomar relevancia dos grupos: los médicos y los “expertos” en cuestiones esotéricas. Apareció entonces el auge de “terapias” que ya existían pero que, al tener mayor tiempo libre, mucha gente se animó a probar. La industria de de las terapias, cursos y contenidos new age, explotó. Las consignas originalmente destinadas a ayudar a las personas se convirtieron en banderas del empoderamiento espiritual en aras del «soltar» y el «vibrar alto».

Medicina natural basada en plantas para reforzar el sistema inmune, respiración consciente para bajar la ansiedad, meditación como herramienta para la regulación emocional, lecturas de autoayuda, música zen para equilibrar ambientes, silencio activo.

Todo muy bien, excepto por el hecho de que, puertas afuera, había una batalla campal oculta en calles desiertas. Una visita al médico por una tos era ir a la guerra de hisopados. Si el vecino te escuchaba toser en el patio, fumigaba la medianera con lavandina, o te escrachaba en redes si salías a barrer la vereda sin barbijo. Si querías ir a comprar huevos te tenías que vestir como astronauta o la gente cruzaba la vereda para no pasar al lado tuyo, si salías a la calle a trabajar tenías que tener un permiso de circulación, y si te acercabas a alguien más de dos metros eras considerado un asesino.

La aparición de vacunas en tiempo record activó alarmas en los naturalistas y en los explicadores seriales de manipulaciones Illuminatti, que hacían todo tipo de teorías y relaciones por las redes.

La casa se convirtió en refugio, la soledad en seguridad vital, el celular en herramienta vincular. Para muchos, el encierro fue un remanso ante el caos externo. Las comunicaciones digitales prendieron y se quedaron. La ausencia de mensajes con las personas cercanas se vivía como la antesala de la tragedia.

Parece que todo eso quedó atrás, pero no. Cuando empezamos a volver a «la normalidad” las heridas del trauma colectivo empezaron a notarse y hablar de salud mental entró a la agenda pública en serio.

Las personas tuvimos que volver al contacto social y ya no éramos los mismos: pérdidas de todo tipo, angustia, ausencias, inseguridad, incertidumbre, abusos intra-hogar, habían hecho mella en la psiquis y habían transformado nuestras prioridades.

Nos empezamos a encontrar con gente que hace escándalo si uno no contesta un mensaje inmediatamente; personas que no van a reuniones con desconocidos, otros que dejaron de saludar con un beso.  El mate, en soledad o sólo con los conocidos. Una llamada por teléfono sin previo aviso se vive como una invasión. Una visita inesperada es un abuso.

La sensibilidad escaló a niveles impensados. Tanto el que marca un límite como el que no da bola son etiquetados de violentos, el que piropea es un abusador, el que come carne un asesino de animales y el que pone insecticida para los mosquitos o aplasta una araña, un desconectado de la madre naturaleza y sus criaturas.

Los adultos empezaron a ser diagnosticados con neurodivergencias, la depresión juvenil alcanzó niveles dramáticos y el suicidio infantil encendió alarmas. Para muchos, “volver a la normalidad” era volver al bullying escolar, al acoso laboral, a la inseguridad de las calles, a las peleas familiares (en muchos casos por herencias de recientes fallecidos), o a buscar trabajo.

La soledad se convirtió, así, en mecanismo de defensa ante las pérdidas y en armadura contra el exceso de sensibilidad. Pero no sólo eso. También apareció la “sanación” y la “elevación de conciencia” como justificación al quiebre vincular. Paradógicamente, para sanar un vínculo había que tener «contacto cero».

Y claro, cada uno fue superando como pudo, con lo que tenía a mano o con lo que le resultó, aquella situación extrema. No es de extrañar que muchos definan como una época hermosa aquel tiempo en el que el espacio personal parecía el paraíso.

La consecuencia psíquica es aún peor: sobreviví porque me aislé, y ahora me aislo para seguir “sano”. ¿Sano de qué? De los vínculos tóxicos con personas violentas que no se trabajan a sí mismas y que tienen un nivel vibratorio denso que me baja las defensas. (¡¡¡Ufff!!!) Y de verdad nadie lo cuestiona y no sé si es porque adhieren al mensaje o porque deciden directamente apartar al “elevado” de su círculo.

El lado B de la espiritualidad

Biodecodificación familiar, Reiki, Terapia transgeneracional, retiros “espirituales” con sustancias psicoactivas, Tarot, alineaciones de chakras, viajes astrales, canalizaciones variopintas, pastillitas de todos los colores, sahumerios transmutadores, música de gong en los auriculares, recitales de música electrónica en donde cada está en su mundo. La oferta es abrumadora.

¿Qué pasó con los vínculos? Se explican desde el karma, se entienden desde la historia familiar con coincidencias en fechas de nacimiento o signos zodiacales, se trasmutan con elevación de conciencia o se cortan para no enfermar. Ya nada es negociable a cambio de la “paz mental”, «regulación psíquica” y la “elevación de conciencia a la Quinta dimensión”.

Y acá pienso: ¿qué es del humano sin vínculos? Un ser sin sentimientos, sin empatía, un sociópata, me respondo. E inmediatamente freno. Porque considerar el otro un ser sin sentimientos, sin empatía o con trastorno sociopático es pararme en el pedestal de estar exenta de eso.

Aunque las redes sociales no lo muestran, los vínculos nunca son pacíficos. No hay familias perfectas, el trabajo nunca es un espacio de comunión, la pareja siempre nos confronta, en todos los grupos hay un amigo pelotudo, hay conductas que no se pueden explicar y los conflictos son inherentes a la condición humana. Porque existimos en la visceralidad, somos humanos en la experimentación de “ser con otros”. Así aprendemos los límites, así conocemos lo que nos gusta (o no), así somos: en grupos, en familias, en sociedades, en entornos comunitarios.

La búsqueda de consenso ante el conflicto nos mantiene vivos, activos, y esto no nos convierte en tóxicos. Tenemos que negociar siempre, vamos a tener que renunciar muchas veces, vamos a invertir en algo en lo que podemos perder.

Es así, no salimos vivos de esta experiencia: algo o alguien nos va a matar. No vamos a evitar el dolor, la enfermedad  o el fin de una relación haciendo terapias sanadoras, elevando nuestra conciencia y viendo los tránsitos astrales. No vamos a evitar la muerte por quedarnos tranquilitos en casa sin que nadie nos joda.

El Hikikomori no es sólo el agorafóbico que no sale de su casa; hoy define a los ostracistas voluntarios. Pero ya no es sólo una cuestión de depresión o de soledad elegida, es la consecuencia del narcicismo espiritual. “No me junto con gente tóxica porque me drena la energía”, “mi paz no es negociable”, “si me condiciona la libertad, lo dejo”, “el caos no va conmigo”, “yo ya sané”, «todo lo que necesito está en mi interior», «la realidad es una proyección, cuando yo cambio todo cambia», «elijo priorizarme», «estoy en otro plano, eso ya no me afecta». La peor de todas: “es así, (o te pasa eso), porque estás repitiendo la historia familiar”. Y la más nueva: «Farmear aura» como nueva forma de pertenencer a la tribu de los sin tribu.

La vida moderna como jaula

También hay otra explicación nada desdeñable: la vida moderna no nos permite parar y el nivel de ingresos muchas veces no nos permite gastos extra. La ausencia de billetes físicos es también un arquetipo de la intangibilidad económica, quedarnos sin celular es prácticamente un exilio y no tener redes sociales equivale a no existir.

Vacaciones, viajar, una escapada de fin de semana, convivir con alguien, tener hijos, un asado con amigos o ir al cine, implica un nivel de ingresos que la mayoría no tiene; o, para alcanzarlo, tiene que tener un trabajo presencial, uno virtual (en lo posible remunerado en dólares) y un emprendimiento personal. Y por eso, también, deja de tener tiempo y ganas para la vida social y para vínculos comprometidos. El sueño se acorta, el cortisol sube, la paciencia baja, nos intoxicamos de bilis y la soledad aparece como el ideal a alcanzar.

Entonces nos separamos, decidimos no tener hijos, nos compramos un caniche en el que depositar el afecto, achicamos el alquiler a lo mínimo y nos pasamos los fines de semana viendo series on demand o jugando virtualmente con desconocidos, solos, con el celular silenciado y los grupos archivados.

También pasa en países de altos ingresos, en donde está en auge un mercado insospechado: personas que se ofrecen en alquiler para acompañar al cine, para festejar el cumpleaños, y hasta para hacer de los trámites de muerte de alguien sin familia ni amigos. Parece que es más barato, en términos económicos pero también psíquicos, alquilar compañía agradable y complaciente, que lidiar con la humanidad de los demás. Y cierra mucho más alquilarse un amigo, pagar un terapeuta new age o interactuar con una IA que te diga que cortar con el intenso es sano si te hace sentir mejor, antes que tomar una terapia profesional para ser un poco más abierto y tolerante con las diferencias.

Pregunta al filo del flash: ¿Cuánto dinero y tiempo de más tenés para comer asados con tus amigos y compartir en familia, si dejás de pagar internet y las plataformas de entretenimiento, y cerrás tus cuentas sociales, borrás las apps de juegos on line, te inscribís en una escuela de idiomas en vez de aprender con Duolingo, borrás Tinder y te exponés al cara a cara para seducir? La respuesta incomoda: te va a sobrar la plata y el tiempo, pero te van a faltar amigos.

El Hikikomori como fenómeno está llegando a Occidente desde distintos frentes: el económico, el social, incluso el religioso, en donde la experiencia con la divinidad ha dejado de ser compartida, budismo mediante.

La eucaristía, para los católicos, es la forma más concreta de acercarse a Dios. Pero desde lo simbólico y humano el significado es mucho más fuerte. El Sacerdote parte el pan para compartirlo. La comunión, más allá de lo que se enseña en el cristianismo, es eso: compartir el pan, que es también una manera de compartir-se.

No estoy haciendo proselitismo religioso, estoy diciendo que no hay experiencia con la divinidad alejada del contacto humano. No la hay. Quien proclame que Dios está en su interior y excluye de esa verdad al Dios que está adentro de los demás, es un fraude.

La verdadera comunión es ser-con-otros, que también tienen heridas, conflictos, historias complejas, traumas sin resolver. No hay que sanarlas, no hay que salvarlos, no hay que volvernos inmunes a eso.

Hay que compartir con ellos y dejar que ellos se compartan con nosotros, sin juicios. No juzgar la experiencia ajena es, quizá, mucho más difícil que alejarnos de ella cuando nos confronta.

No hay conciencia elevada en el ostracismo y el retiro social. No hay sanación en la soledad. No hay libertad en ser solo con uno mismo.

Estamos a tiempo de parar el aislamiento y la indiferencia. No dejemos que el Hikikomori avance hacia occidente como el virus de 2020.

La mejor vacuna para esto es la comunión con los demás en el sentido más humano del término: juntarnos por lo que sea, y hacer del encuentro una fiesta, alegrarnos en el compartir aunque sea el bajón, sacarnos una sonrisa aunque no tengamos ganas de sonreír, dejarnos abrazar aunque nos suba la ansiedad.

Nota final:

*Si estás en una situación de violencia, abuso o manipulación vincular, buscá ayuda profesional y judicial. Aislarse más o buscar sanación propia, con terapias new age, ante la violencia y el abuso de otros es prolongarlo y justificarlo.

*Si alguien de tu entorno está aislado, no abandones el vínculo, insistí y buscá ayuda.

*Todos tenemos momentos bajón y podemos ponernos insoportables, pero nadie sale de ahí solo.

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